Un feminismo ¿para todas?

Lisseth Flota

El movimiento feminista a lo largo de la historia ha sido representado y encabezado por mujeres blancas, de origen europeo y pertenecientes a la clase media o media alta.

Podemos mencionar a Olympe de Gouges, por ejemplo, mujer francesa y con ideas provenientes de la ilustración y la recién acontecida revolución francesa, pensadora y escritora que nos regala ‘’La Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana’’. También podemos mencionar a Mary Wollstonecraft, mujer inglesa que luchaba por los derechos civiles, políticos, laborales, educativos y matrimoniales de las mujeres.

El feminismo estaba hecho a medida para las mujeres blancas y burguesas de buena educación y fuertes aspiraciones en cuanto al tema del sufragio femenino. Las mujeres que eran sujeto político del movimiento, tenían las necesidades básicas cubiertas, tiempo y acceso a un cuarto propio (como diría Virginia Woolf) para leer y pensar en un mundo distinto para las mujeres.

¿Pero existe un feminismo universalmente válido para todas las mujeres en todos los contextos sociales y ubicaciones geográficas existentes? La respuesta es no y, ante esto, en 1851 Sojourner Truth, mujer afro y esclava recién liberada, pronuncia un discurso durante la «Convención de los derechos de la mujer de Ohio» en donde cuestiona las diferencias entre las mujeres blancas y las mujeres afro al no tener los mismos derechos. Sojourner exclama: ¿acaso no soy una mujer?

Con esta pregunta nacería el feminismo afro, que reclamaba igualdad de derechos entre mujeres (entre ellos el del sufragio) y el no ser consideradas mujeres de segunda, así como la adecuación de un feminismo que considerara las necesidades y los contextos de las mujeres distintos a los de las mujeres blancas.

Muchos años después, en 1984 Audre Lorde publicaba su libro ‘’La hermana, la extranjera’’ que pondría sobre la mesa los conceptos de interseccionalidad y el privilegio blanco,[1] Lorde nos dijo que ‘’lo que nos separa no son nuestras diferencias, sino la resistencia a reconocer esas diferencias y enfrentarnos a las distorsiones que resultan de ignorarlas y malinterpretarlas’’.

Si bien el feminismo afro se ocupaba, justamente, de mujeres afro, fue el primer paso para reconocer que el feminismo no podía ser realmente funcional sin antes cuestionarse, deconstruirse, reconstruirse y acoplarse a las mujeres diversas de la vida real en contextos y situaciones reales.

En América Latina, las ideas feministas fueron también propias de las mujeres pertenecientes a clases privilegiadas. A pesar de tener ubicaciones geográficas y contextos sociales e históricos diferentes, quienes tenían acceso a ideas revolucionarias eran, una vez más, quienes tenían tiempo  para pensar en un mundo diferente: las mujeres de clase alta.

El feminismo latino adoptó por completo el ideal de feminismo blanco; esto como consecuencia de la conquista española y del posterior proceso de colonización que se produjo en toda América Latina. Nació un nuevo patrón de poder global que cumplió con el mandato de mundialización que trajo consigo la ‘’modernidad’’ europea,[2] imponiendo ideales provenientes de dicha latitud y que, con el tiempo, adoptaríamos como propios.

Como consecuencia, el feminismo latinoamericano quedó impregnado de paternalismo, eurocentrismo y colonialismo. Sin embargo, en la actualidad, las mujeres de latinoamerica intentamos deconstruir la occidentalidad[3] que nos atraviesa debido al colonialismo interno impuesto a nuestras ancestras como sinónimo de progreso y desarrollo, mientras que lo indígena y lo negro se les presentó como sinónimo de subdesarrollado e ignorancia.[4]

A pesar de los intentos por dejar atrás la herencia de la imposiciones, entre ellas el deseo de colonizarnos las unas a las otras, seguimos repitiendo los patrones que nos fueron internalizados y que tanto deseamos erradicar. Hace un tiempo, en el mundo feminista se popularizaron ‘’las salidas de campo’’ al mundo de las otras, las subalternas,[5] las visitas para ‘’enseñar’’ a las mujeres menos privilegiadas y tan alejadas de la modernidad y globalización.

Tenemos que dejar el deseo paternalista atrás, ese que nos dice que debemos salvar a otras mujeres que ni siquiera han pedido ser salvadas y que ni siquiera se encuentran en un peligro mas que el de nuestra mirada que no puede entender y aceptar la otredad en la que viven y se desenvuelven. Tenemos que dejar de establecer jerarquías basadas en un feminismo paternalista, colonizador y jerárquico donde nosotras, mujeres urbanas, con acceso a la educación y al mundo de la cultura (todo esto bajo el modelo occidental), nos creemos con el deber autoimpuesto de ir a ‘’enseñarles’’ a mujeres que consideramos necesitan aprender de nosotras y de nuestro mundo, cuando ellas ya aprendieron de sí mismas y ya tienen su propio mundo.

No quiero decir que entonces debamos quedarnos solamente en la ciudad a teorizar; necesitamos salir, pero dejando de lado la labor de profesoras, para pasar a un rol de escucha e intercambio con las mujeres que viven realidades distintas a las nuestras; conectar con ellas y escuchar lo que tienen para decir e intercambiar con nosotras, ya que, al final, quienes han habitado nuestra América y han resistido a todas las imposiciones han sido, precisamente, ellas.

Cuidando el no apropiarnos de su lucha y sus identidades, respetando lo que para ellas es importante, sus cosmovisiones y su cultura, siempre sirviendo como plataforma para que su voz se haga escuchar y no intentando hablar por ellas.

Los privilegios son reales, y bajo este contexto se entienden no como una medida que nos exenta de la opresión del sistema patriarcal, sino, como un plus con el que nacimos y que nos da otras opciones para hacer la vida menos ‘’pesada’’ aun siendo parte del bando oprimido. Estos son, en cierta manera, irrenunciables y entonces, nos toca entonces aprender a vivir con ellos, ser conscientes y adaptarlos a nuestro proceso de autoconocimiento, deconstrucción y decolonización, para así poder practicar un feminismo efectivo, empático y realmente interseccional para con las demás mujeres.

 

 

 

[1]   Gargallo Francesca,  Feminismos desde Abya Yala. Ideas y proposiciones de las mujeres de 607 pueblo de Nuestra América, 2013.

[2] Quijano Anibal, Colonailidad del poder, eurocentrismo y América Latina, 2000

[3] La occidentalización/occidentalidad (europeización) es entendida como el proceso de aculturación que provoca cambios dentro de una sociedad o cultura cuando dos grupos sociales diferentes entran en continuo contacto y hacen cambiar los patrones culturales.

[4] Artazo Gabriela, Pensamiento feminista Latinoamericano: Reflexiones sobre la colonialidad del saber/poder y la sexualidad, 2017

[5] Termino acuñado por Gayatri Chakravorty Spivak filósofa de la India, experta en crítica literaria y en teoría de la literatura, autora de un texto fundamental en la corriente postcolonialista, ‘’¿Pueden hablar los subalternos?’’

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