Un cuento de libertad

A veces me parece que nos enseñan a enamorarnos del amor y creo que las personas, en especial las mujeres, tendríamos una vida más libre y feliz si esto no fuera así.

El modelo de “amor” que nos enseñan o del que nos rodean es el llamado “amor romántico”, que parte de la idea heteronormada y alosexual de una pareja conformada por una mujer y un hombre, quienes tiene roles distintos desde el “cortejo” hasta en la relación misma y parte de la idea de que el “amor” entre una pareja se compone de tres elementos principales: afecto, compromiso y sexo.

Como muchas niñas, escuchaba sobre aquel príncipe con el que algún día formaría una familia y tendría hijes. Conforme llegaba a la adolescencia, ese mismo discurso se transformó en otros: “no corras”, “date a respetar”, “el sexo es hasta que te cases”, “aunque tengas muchas ganas es mejor aguantarse”; y al mismo tiempo, aunque más escasos, estaban los: “no es que no lo hagas, pero protégete”, “si te sientes segura, está bien”, “todas tenemos derecho a vivir nuestra sexualidad”.

Y no digo que no concuerde con esto último, creo en que todas las personas tienen derecho a vivir su sexualidad, pero la problemática en ambos discursos es que en ambos se asumía que quería tener sexo o que iba a querer tenerlo, como si fuera un deseo inevitable.

Implícitamente, se asumía que sentía o sentiría atracción sexual por un hombre, pero principalmente, que sentiría algún tipo de atracción sexual. En algún punto de mi adolescencia, conforme iba conociendo y conviviendo con personas no heterosexuales, cuestioné mi orientación sexual: ¿Me atraen las mujeres? La respuesta fue no. Pero me faltaba una pregunta que en ese momento no llegaba ni a imaginar: ¿Me atraen los hombres? No, pero una respuesta negativa era inconcebible, algo me tenía que gustar, ¿correcto? Tenía que ser heterosexual, lesbiana o bisexual, pero tenía que ser algo.

Fue de esa manera que asumí mi heterosexualidad, si no sentía atracción por otras mujeres, entonces me tenían que atraer los hombres. Durante los años de “heterosexualidad asumida” hubo cosas que nunca tuvieron sentido para mí. Comencé a relacionarme afectivamente con hombres, e incluso me llegué a enamorar, pero no pasaba por esa experiencia en la que conocía a alguien y sintiera atracción, nunca sentí esa atracción tan mágica y maravillosa que muchas personas describían, y que yo solo conocía a través de los libros.

En una ocasión me llegó a gustar una persona. Cuando le conté a mis amistades, en ambos grupos las conversaciones iban más o menos así: “A ver”, les mostraba alguna foto y manifestaban que era una persona atractiva físicamente, lo que me comenzaba a incomodar y sentía la necesidad de aclarar “pero no me gusta para tener sexo, me gusta como persona”, me miraban unos segundos y venía la pregunta “Pero, ¿y si te dice que quiere sexo?” a lo que venía mi silencio. Y no es que odie el sexo, simplemente para mí no es relevante.

Esa misma incomodidad la sentía cuando mis amigas enviaban fotografías de hombres “atractivos “o cuando las conversaciones eran sobre cuán “atractivas” eran estas personas. Y no es que me incomodara hablar de sexo, nunca he tenido problema de hablar sobre sexualidad, esa incomodidad se generaba porque no entendía la emoción, no sentía conexión y me desesperaba no entender porque no me interesaba algo que parecía ser tan importante para todo el mundo.

Nunca olvidaré la falta de respuesta y miradas de sorpresa que recibí la primera vez que le dije a unas amigas que podría tener una relación sin tener relaciones sexuales, y tras ese silencio vinieron los “yo no podría”. 

A lo largo de mi vida, había escuchado la palabra “asexual” como algo dentro de la biología que clasificaba a las estrellas de mar, pero cuando la asexualidad como orientación sexual fue visible para mí, muchas cosas comenzaron a tomar sentido.

La asexualidad es la orientación sexual en la que hay poca o nula atracción sexual, y es un espectro en el que hay personas grisexuales, quienes solo sentimos atracción sexual pocas veces y bajo circunstancias muy específicas; también hay personas demisexuales, quienes solo sienten atracción sexual por personas con las que hayan establecido un fuerte vínculo afectivo.

Ser asexual no significa no tener sexo, quizá para algunas personas asexuales sí, pero que no haya atracción sexual no significa que necesariamente no exista el deseo sexual. Tampoco significa no enamorarse, y justo por eso es tan necesario hablar de orientaciones sexoafectivas.

Me he enamorado, por supuesto, pero el hecho de no sentir atracción no significa que no haya amor. También hubo momentos en los que estaba enamorada del amor y la idea del amor romántico que asumía que el amor es afecto, compromiso y sexo, la cual me decía que el sexo era una consecuencia inevitable de amar.

La sociedad juzga a las mujeres por vivir su sexualidad, pero al mismo tiempo nos pone un estándar en el que le debemos satisfacción sexual a nuestra pareja, en el que el sexo será el punto cúspide del amor. Conforme fui creciendo y deconstruyendo la idea que tenía del amor, entendí que esos tres elementos podían ir separados y en múltiples combinaciones. Claro, podía existir sexo sin amor, pero también amor sin sexo. Personalmente, tras descubrir(me) grisexual, he salido con personas alosexuales y asexuales, y en ambos casos este autoconocimiento me ha permitido conocer otras formas de relacionarme y de compartir(me) con otras personas.

Creo que una de las barreras que tuve para conocer la asexualidad es la falta de visibilidad que se le da en la Comunidad LGBT+ y en el feminismo. En la Comunidad LGBT+ se habla mucho de “diversidad sexual”, pero falta hablar de “diversidad sexoafectiva”, porque la asexualidad puede ser birromántica, homorromántica, heterorromántica, etcétera; y no basta con mencionarla en aislado, o querer agruparla dentro de otras orientaciones: lo que no se nombra no existe. La asexualidad no es bisexual, es birromántica, y así con otras orientaciones afectivas.

En el feminismo se habla de la liberación sexual, de mujeres que aman a otras mujeres y de consentimiento, pero, incluso dentro de estos discursos, se asume la alosexualidad (sentir atracción sexual). Es difícil entender sobre consentimiento si antes no hablamos de deseo y de atracción. La falta de esto invisibiliza a las mujeres asexuales, ya que se refuerza la idea de que lo “normal” es sentir atracción sexual, impidiendo la conexión y comprensión.

Es justo por la invisibilización y patologización, que la comunidad asexual se encuentra en un punto de mayor vulnerabilidad frente a los ECOSIG y frente a las violaciones correctivas, en especial las mujeres de la comunidad asexual. Ser asexual en un mundo donde el sexo es “lo normal” va desde que te manden a un médico por “falta de apetito sexual”, largos llantos por no entender que es lo que “está mal”, hasta parejas que humillan y golpean porque no quieres tener sexo.

La asexualidad, grisexualidad y demisexualidad son orientaciones tan válidas como todas las demás, nadie escoge o se vuelve asexual, ni por falta de sexo ni por violencia, y tenemos la misma capacidad de amar que todas las demás orientaciones. Y en todas las demás orientaciones sexuales también puede haber personas arrománticas (Que no establecen vínculos afectivos).

La educación sexual me dio herramientas, pero la visibilidad de la asexualidad me dio justo lo que la imposición del amor romántico, heteronormado y alosexual me había bloqueado por tantos años: posibilidades y libertad. Me dio la libertad de repensar el amor y como vivía mis relaciones, la autoconsciencia sobre mi cuerpo para permitirme identificar la ansiedad y estrés que me generaban muchas situaciones pero que creía normal; y al repensar el amor, me di cuenta de mi verdadera capacidad de amar, sin importar el género o el sexo.

Creo en la libertad como eso: posibilidades. Es a través de la visibilización que poco a poco vamos tirando esas barreras que la “normalidad” nos ha impuesto, pero que tanto daño nos hace y nos lastima. Si en algún punto de este texto te sentiste identificade, no olvides que no estás rote, no te falta nada, y como diría la Dra. Jean de Sex Education: “La sexualidad es fluida; el sexo no nos hace estar completos. Entonces, ¿por qué estarías rota?”.

Fondea el contenido joven

YucaPost es un proyecto autogestivo y sin fines de lucro. No recibimos patrocinios privados ni fondos públicos, pero tú puedes ayudarnos suscribiéndote a nuestro Patreon o haciendo una donación por PayPal. Tu apoyo será destinado exclusivamente a pagar costos de dominio, mantenimiento y alojamiento.

Estudiante de décimo semestre en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Yucatán. Miembro del Colectivo Más Derechos Humanos y de Amnistía Internacional Yucatán.

Escribo de temas de interés social con perspectiva de derechos humanos.

"Cada quien necesita viajar a su propio tiempo por su propia distancia".

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *