Transformadoras de rabia

Los últimos días han sido muy pesados para quienes nos nombramos feministas y, de manera general, para quienes día a día luchamos por hacer que la dignidad humana se haga presente en todos los aspectos y procesos que nuestra sociedad vive. Llevamos nueves meses de este caótico 2020 y, sacando cuentas, todo lo que tiene que ver con cuestiones de violencia de género ha ido de mal en peor.

Cada noticia resulta más desesperanzadora que la anterior y hay días (como los que hemos vivido esta semana) en los que toda nuestra energía se ve drenada a través de los comunicados oficiales del Estado, de la prensa que tergiversa los hechos, de las opiniones llenas de odio a cargo de personas que hablan desde el prejuicio, la falta de información y desde una falsa superioridad moral. A todo esto, como si fuera poco, se le suman peleas entre feminismos y si bien es cierto que siempre hay mucho que aprender de todas (y entre todas), también es real que muchas veces resulta abrumador y frustrante no entender del todo, tener dudas y callárselas por miedo, leer comentarios agresivos y sentir que, en vez de unirnos para alcanzar nuestros objetivos con mayor fuerza, en ocasiones nos vamos dividiendo.

Lloramos desapariciones, gritamos por nuestros derechos humanos, peleamos con los puños apretados y a pesar de tanto dolor aquí seguimos aguantando, acuerpando y buscando que la lucha no se detenga. Es por esto último que hoy, a través de este texto, me gustaría crear un espacio de reflexión que abrace lo que sentimos y que nos haga saber que no estamos solas, que aquí nos tenemos para acompañarnos en el enojo, la rabia y la tristeza.

Hace tres días, en distintas ciudades del país, se llevaron a cabo marchas por el Día de Acción Global para el Acceso al Aborto Legal. Y una vez más, en la CDMX, el gobierno decidió que la mejor estrategia ante estos eventos era la represión y que la policía debía actuar para encapsular, gasear, y violentar a aquellas que salieron a gritar por todas las mujeres y cuerpos gestantes del país, no sólo por quienes tenemos la fortuna de pertenecer a la capital.

Sin importar lo que hace poco más de un año se nos prometió —después de las protestas de agosto 2019 en las que gritábamos no me cuida la policía, me cuidan mis amigas— el Estado volvió a violentar. Así, el decir que en la Ciudad de México no existen granaderos, que las marchas están permitidas, que no se investigan identidades y que hay libertad de expresión, es de las mayores mentiras que esta administración ha tenido; además de los hechos más cínicos, irresponsables y violentos que puedan existir. Al hacerlo, se intenta borrar todo lo que se ha tenido que aguantar: el enojo, la rabia y las heridas físicas y emocionales causadas por un sistema que nos pone en eterna desventaja, por un Estado macho y opresor que no ha dejado de fallar y por un gobierno incompetente que, de la manera menos coherente, se declara feminista.

Ilustración: @mrmugg

Aunque es cierto que nos atraviesan distintas desigualdades importantísimas (la de clase, por ejemplo) nadie puede borrar el hecho de que, en este país y en el mundo entero, el ser mujer es una lucha constante, una resistencia ante el miedo, la inseguridad y la injusticia. No importa si te declaras feminista o no, es bien sabido que estamos en desventaja en este sistema que le cobra factura a nuestro físico, a nuestro tiempo, a nuestra seguridad y a practicamente todo lo que nos interesa. Del mismo modo, tampoco se puede borrar el hecho de que el Estado es quien tiene el monopolio del uso legítimo de la violencia y que, por lo tanto, no es coincidencia que las ateneas sean las primeras en aparecer cuando se trata de contenernos; es una estrategia política más que sólo refleja que el patriarcado está presente en todos los ámbitos y que, sin importar cuántas seamos, nunca estaremos en igualdad de condiciones frente al cuerpo policiaco.

El camino en el feminismo es sumamente triste y difícil de muchas maneras. Una vez que nos adentramos en él, no podemos dejar de ver violencia en todos lados y de notar injusticias en cada ámbito. Vamos renunciando a muchas cosas (entre ellas, relaciones) con enojo y con frustración. Sobrevivimos al miedo de andar por la calle, de perder a nuestras amigas, de vivir sabiendo que nuestro cuerpo es constantemente sexualizado y que, sin importar el sector, siempre nos encontramos en desventaja: con salarios más bajos, con menor poder de decisión e incluso con menor oportunidad de ser dueñas de nuestro tiempo. Aún así, no nos detenemos. Seguimos acuerpando, seguimos exigiendo justicia y seguimos ideando formas de hacer esto más llevadero. Aunque cada vez tengamos más enojo acumulado, aunque cada feminicidio duela más que el del día anterior y aunque cada respuesta del Estado indigne más, aquí seguimos dándonos fuerza y sosteniéndonos con el cuerpo, con la voz, con los sentimientos y con prácticamente todo lo que somos.

Cuando comencé a escribir este texto no sabía muy bien por dónde iba, sólo sabía que quería que funcionara como un ejercicio de desahogo por todo el dolor, enojo y frustración que día a día siento respecto a estos temas. Ahora que ya está redactado y que yo ya me siento mucho más tranquila, puedo ver que, una vez más, todas estas palabras van encaminadas a agradecer y a reconocer a todas las mujeres que están entregando su energía, tiempo y persona entera a esta lucha.

Es cierto que entre nosotras no siempre logramos ponernos de acuerdo, que podemos llegar a ejercer comentarios agresivos, que a veces tanta información resulta abrumadora y que la idea de seguir construyendo no siempre parece muy alentadora. Sí, todo eso es cierto y sin duda alguna nuestro movimiento es perfectible y todas tenemos mucho que (re)aprender, que cuestionar y que mejorar. Pero más allá de todo eso y a pesar de todo el dolor que implica el vivir en un país feminicida, a mi parecer resulta esperanzador saber que no estamos dispuestas a bajar la guardia, que en el camino seguimos coincidiendo con mujeres que nos enseñan, cuidan y protegen todo el tiempo; en las alegrías y en el baile; en las tristezas y en las decepciones; en el grito de consigas y  en las pintas encapuchadas; en el aborto y en los partos; en nuestras decisiones libres y también en aquellas que se hacen con mucho miedo y bajo varios riesgos. El no estás sola para mí se ha vuelto una realidad, pues, a pesar de constantemente sentirme vulnerada, siempre he sabido que cuento con muchísimas mujeres que —sin importar que conozcan, o no, mi nombre— están dispuestas a luchar conmigo y por mí.

Ilustración: @taaaaroooo

Como sobreviviente de un país feminicida, no hay nada que agradezca más que saber que la rabia y la ternura se hacen presentes en nosotras. Aunque esta pelea contra el sistema patriarcal no sea lineal, es bueno recordar que estamos manteniendo viva la lucha de nuestras ancestras y que, al mismo tiempo, vamos avanzando y construyendo un mundo más justo en el que ya no permanecemos calladas. Gracias por apropiarse del espacio público, por seguir siendo la voz de todas las que ya no están y por seguir transformando la tristeza en rabia que exige justicia.

Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

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