Termómetros del dolor social

Desde la adolescencia yo tenía muy claro que lo que quería ser de grande era ser la psicóloga con títulos colgados en las paredes, un consultorio bonito y muchos pacientes a quienes ayudar escuchándolos mientras escribía el diagnóstico en una libretita. Hoy, han pasado casi 10 años desde que egresé de la carrera de psicología y 4 desde que terminé mi formación como psicoterapeuta, y mi panorama luce bastante diferente a lo que soñé.

Estudié la carrera en tiempos donde, al menos en Yucatán, se promovía una perspectiva y una práctica de la psicología sumamente “neutral” y “apolítica” (suponiendo que eso fuera posible). Siempre me ha parecido sumamente revelador en qué escuela las universidades deciden colocar a la carrera de psicología: en la escuela de humanidades, en la escuela de ciencias sociales o en la escuela de ciencias de la salud. Si bien es verdad que esta disciplina reúne un poco de todas las áreas, en mi opinión esto define mucho desde dónde se aborda su entendimiento, práctica y epistemología.

La creencia de que la psicología debe ser inherentemente “neutral” o “apolítica”, ha desembocado tanto en la formación de generaciones de psicólogos y psicólogas que se mantienen al margen de las problemáticas sociales, aparentemente enceguecidos ante la conexión entre lo estructural y las condiciones individuales, así como en la proliferación de una psicología más al servicio del sistema capitalista que del corazón de las comunidades: la psicología de autoayuda, del “si lo puedes soñar, lo puedes lograr” o de “el problema está en ti, flojo holgazán”, es decir, una práctica que no está logrando ser respuesta real para, por ejemplo, un país en donde el 43.6% de su población vive en pobreza y el 7.6% en pobreza extrema (Coneval, 2016), porcentajes que suman más de la mitad de habitantes.

Resulta imprescindible en estos tiempos, plantearnos lo que Charles Waldegrave (2009) apuntó de forma tan acertada: “Somos el grupo de profesionales que predominantemente escucha el dolor de las personas y de las familias y que trabaja en las instituciones que atienden el dolor de las sociedades”. Psicólogas y psicólogos, psicoterapeutas, trabajadoras y trabajadores sociales, somos termómetros del dolor social, en nuestros lugares de trabajo escuchamos todos los días los sentires de los individuos y con la suficiente imaginación sociológica, podemos vislumbrar el entramado estructural que genera estos sentires, que los sostiene y hace prevalecer. ¿Cómo se podrían relacionar la ansiedad o la depresión que viven muchas personas no heterosexuales en una sociedad profundamente homofóbica?, ¿Cómo podría estar relacionada la angustia de tantas mujeres que van a terapia y que enfrentan todos los días los efectos de vivir en una sociedad patriarcal?, ¿Qué pasa con la tensión y el estrés de una familia que vive al día con el salario mínimo? O ¿Cómo podría estar relacionado que existan deficientes prácticas de crianza con que padres y madres tienen que trabajar doble o hasta triple jornada laboral?

¿Será que las y los psicoterapeutas nos hemos acomodado a trabajar con las puntitas de este iceberg llamado violencia estructural? o peor aún ¿Psicólogos y psicoterapeutas estaríamos anestesiando el dolor de las personas que acuden a nosotros? Porque, si estamos de acuerdo en que vivimos en un sistema profundamente enfermo ¿por qué estamos tratando de reinsertar a la persona que se rebela contra ese sistema trabajando para que se adapte a él nuevamente? A veces puede ser devastador respondernos estos cuestionamientos, pero es urgente que resignifiquemos nuestras prácticas de ser necesario, redirigirlas al servicio de las personas, no del sistema que les oprime.

«Día del Niño» de Hugo Borges.

Justo ahora en que los grupos antiderechos pretenden tergiversar el conocimiento psicológico para supuestamente sustentar sus discursos de odio, psicólogas, psicólogos y psicoterapeutas necesitamos dejar la “neutralidad” y pronunciarnos en favor de los derechos, en especial cuando hablamos de grupos en situación de vulnerabilidad.

No existe práctica apolítica, menos cuando hablamos de la disciplina de la psicología o del arte de la psicoterapia, la supuesta “neutralidad” que a algunos nos vendieron cuando éramos estudiantes, no es sino otra postura a favor del sistema, el sistema violento que es urgente derrumbar.

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Soy psicoterapeuta, docente universitaria, cantora, feminista y mamá.

Una respuesta a «Termómetros del dolor social»

  1. Excelente reflexión! Creo que es un cuestionamiento súper importante y hace falta en todos los espacios de trabajo en los que nos encontramos. Desde la práctica terapéutica hasta los salones de clases y más allá. Somos al fin, animales políticos. Felicidades por tu artículo Regina!

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