“Terapia”

Es junio y he regresado al clóset. No literalmente, pues nunca podría volver a encerrarme allí (y reconozco que decirlo me coloca en una situación dichosa y también privilegiada). La prolongada permanencia en casa y su consecuente reacomodo de muebles, ropas, libros y otros enseres me ha llevado a poner las manos sobre cuadernos viejos; libretas de notas que ya acumulaban lustros sin abrirse. Curiosamente, guardo esa papelería en el armario vestidor. Es sólo una cuestión de espacio, pienso, aunque reconozco que el confinamiento me ha hecho ver que desconozco por qué motivos he distribuido las cosas de cierta manera, en determinado lugar. Para mi sorpresa, he vuelto al clóset, y no me gustó lo que encontré.

En una agenda antigua, que data de cuando salieron los últimos libros de Harry Potter, apunté alguna vez mis propósitos decembrinos. Releí. En primer lugar, la meta más importante, en una caligrafía que antes era más alargada: «dejar de ser gay». Incluso escribí únicamente la letra G, por si alguien descubría mi secreto (spoiler: nunca hubo secreto). Me enternece la memoria de esa vergüenza; me da rabia la historia de esa culpa. Año tras año, pedía con fuerza que se me quitara, que mi deseo fuera redirigido. A su vez, en esa época, para mí era más verosímil creer en un dios que podía curarme que confiar en la remota llegada de un mundo más libre. De nuevo releí: ese pequeño David pensaba, además, que él podía reemplazarse, que lo conseguiría si se obstinaba.

En uno de los últimos ciclos de primaria, viví una situación de abuso sexual con un familiar adolescente. No sé todavía si el término es correcto para lo sucedido, pero afortunadamente no es el tema central de este texto. Cuando mi mamá y papá se enteraron del asunto, me llevaron con un psicólogo. Esa tarde llovía mucho. No los juzgo, en lo más mínimo, porque su intención fue resanar el daño, que yo hablara de lo ocurrido. Querían comprender. Sin embargo, no sé si las técnicas que dicho señor empleó conmigo fueron ni las más éticas, ni las más seguras. En comparación con otras personas, viví muy poco bullying escolar por mi afeminamiento, pero si en la escuela alguien me decía “marica” o imitaba mi meneo al caminar, no era tan incómodo como las tardes en el consultorio.

Cada vez que hago memoria, regresan las gotas de lluvia sobre la ventana. El hombre, llamado M.A.B.M, sentado en un sillón negro, me ordenaba cerrar los ojos y narraba escenas que seguramente resultaban eróticas para él: «Estás en una amplia piscina, rodeado de mujeres… Todas visten prendas de baño pequeñísimas…» Me sentía invadido, como si me arrastraran contra mi voluntad hacia una butaca del cine. «Poco a poco se quitan la ropa… se echan agua sobre el cuerpo…» Las pocas líneas que aquí comparto no hacen justicia a la imaginación del susodicho. Por miedo, porque los veía esperanzados por entender, nunca conté a mis familiares lo que pasaba. Él les entregaba carpetas con reportes en los que decía que yo estaba, literalmente, «confundido».

En otra ocasión, la sesión consistió –el símil anterior no fue gratuito– en sentarme a ver una película para adultos. Hoy las imágenes se me escapan, pero tal vez era parecida a Bliss (o El amor es éxtasis) de 1996. Como había poco tiempo, decidió que sólo viéramos las secuencias de sexo. Después de cada una, él me preguntaba «¿quién de los dos te atrae más?, ¿qué partes de su cuerpo te gustan?» (Esperen. Aún se pone más creepy). Para agregar unos detalles a su sombría personalidad, se vendía –carísimo– como un psicólogo que practicaba hipnosis, y muchas tardes pausaba su monólogo masturbatorio para contestar la llamada de una paciente que, según me contó, vaticinaba los números de la lotería. Así, tal como dijo, había ganado varios premios. Afortunadamente esos días lluviosos se interrumpieron por el huracán Isidoro, que afectó con fuerza a Yucatán en 2002, trajo otras preocupaciones familiares, y nunca más volví frente al oscuro sillón. Hace unos días, el jueves pasado exactamente, me atreví a rastrearlo en Facebook. Se mudó a Playa del Carmen y da terapia de pareja. Ver su sonriente foto de perfil me provocó taquicardia.

Ahora, dos décadas después, sostengo la libreta desgastada con la seguridad de que mi niñez no debió pasar por esas tardes. Voy a la computadora para afinar los últimos párrafos de esta colaboración, y veo que Emiliano Contreras ha publicado un doloroso texto en la revista Rolling Stone, titulado “Cuando mi papá intentó modificar mi preferencia sexual”. Como bien señala el autor, los ECOSIG (Esfuerzos para Corregir la Orientación Sexual e Identidad de Género) NO ESTÁN PROHIBIDOS en ningún estado de la federación mexicana, y sus versiones más agresivas se disfrazan de retiros espirituales, campamentos de sanación o versiones poco sustentadas de los coachings. Y la lista se hace cada vez más escabrosa. Y SON UN FRAUDE. Y funcionan como fraude porque venden, porque tienen formas muy insidiosas de convencer a padres y madres que no están todavía bien informados sobre el tema. O muchos otros –no es mi caso– que saben lo que representa y aun así someten a sus hijos a esas torturas.

Por suerte, yo no viví tales métodos representados en películas como Boy Erased (2018) o tan mal retratados en series como La casa de las flores; y por los que aún en 2020 pasan millones de personas en el mundo. En lo que respecta a este texto breve, estoy preocupado por las tantas (y tan escurridizas) formas que adquiere la “terapia” en relación con la orientación sexual. Por aquellos procesos “terapéuticos” tal vez menos invasivos, pero no por ello menos violentos, en los que, tras bambalinas, continúan presentes y persistentes la certeza de la “confusión” y la garantía de la “cura”. En otras palabras, cuando sobre un acompañamiento psicológico aparentemente inocuo pesan la ignorancia, el prejuicio, la moralidad conservadora y la poca o nula ética profesional. Cuando alguien cree que puede lucrar con el miedo de padres y madres a que sus hijos e hijas sufran rechazo. Me da PAVOR imaginar la cantidad de niñas y niños que sufren de esas figuras ominosas en sillones oscuros.

El 17 de mayo, publiqué en mis redes sociales una frase que decía «Andamos en resguardo por pandemia, pero nunca más en el encierro del clóset». Como la entrada era pública, recibí comentarios como «Deberían tomar terapia» o «Necesitan un psiquiatra urgentemente». Aunque duela admitirlo, aún hay personas que son capaces de creer, con fervor, que la dirección de nuestro deseo está asociada con una enfermedad o patología y que puede (lo peor: que debe, que necesita con urgencia) ser modificada. Me gusta pensar que este mes del orgullo es una buena oportunidad para revisar nuestros antiguos armarios, hallar los vestigios de esas experiencias tenebrosas y hacer de ellas la fuerza para acompañar a otros y otras que están pasando por tardes lluviosas.

Para más información sobre los ECOSIG (Esfuerzos por Cambiar la Orientación Sexual e Identidad de Género): https://bit.ly/37oBRM5

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Soy zurdo, soy gay, y amo la ortografía. Soy partidario del lenguaje incluyente y estudio un doctorado en literatura.

2 respuestas a «“Terapia”»

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