Sobre las “primeras veces” que vinieron después de ir a terapia

Durante las últimas semanas, una constante en las sesiones que he tenido con mi psicóloga ha sido el ejercicio de reflexionar sobre todas las acciones y decisiones que —actualmente, a diferencia de lo que hubiera podido atreverme en el pasado— he sido capaz de hacer y tomar. Aunque quizá en el día a día una se va sintiendo un poquito más valiente y libre de lo que era antes, no es lo mismo detenerse y ponerse a prestarle suficiente atención a todos nuestros pensamientos y sentimientos para poder analizar cuántos cambios nos hemos atrevido a hacer. Antes, para mí, el reconocer el esfuerzo detrás de mis decisiones resultaba casi imposible, pero ahora, cuando volteo hacia atrás, constantemente termino con una sensación de satisfacción que abraza todas mis emociones; desde el miedo y el enojo, hasta la alegría y la ilusión.  Así que hoy —para seguir reflexionando sobre todo esto y para honrar un poquito todo lo que el proceso de atender mi salud mental ha implicado— quiero escribir al respecto, poner en letras lo significativo que ha sido reconocerme diferente y hablar sobre mis nuevas primeras veces, aquellas que han venido desde que comencé a ir a terapia y las que han sido parte de la construcción de un camino mucho más bonito y justo conmigo misma.

 Para empezar y para poder englobar en una sola acción muchas otras más chiquitas que pertenecen a un mismo conjunto, puedo decir que mi nueva decisión favorita en este proceso (y la que, siendo honesta, más disfruto presumir) es la de atreverme a apostar —siempre y en cada paso— por el amor propio, por aquel que te pone en primer lugar y que hace que todo se trate sobre relaciones más justas y acciones que buscan, antes que nada, el bienestar personal. No se trata de ser egoísta ni nada similar, sino de saber diferenciar cuando una acción es congruente con los procesos de responsabilidad afectiva que sostenemos, primero que nada, con nuestra persona y, después, con la de quienes nos rodean.

Siguiendo esta línea, muchas nuevas decisiones han sido tomadas; desde el hecho de establecer límites en los lazos que voy formando —y, con ello, distanciarme de quien no tiene la disposición de respetarlos, sin importar, incluso, si se trata de un vínculo familiar, amistoso o romántico— hasta el hecho de reconstruir toda mi autoestima abrazando mis inseguridades, respetándolas e intentando cambiarlas a través del amor, la ternura, la paciencia y la comprensión.

Así, la reconstrucción de esta autoestima también ha traído muchos momentos que, aunque al principio sólo sonaban como retos costosos llenos de riesgo, ahora resultan en decisiones que disfruto tomar, que me divierten, que me brindan aprendizajes y que me dan calma por la forma en la que me van quitando de encima muchos gramitos de miedo. Por ejemplo, antes no me hubiera atrevido a estar aquí dando a conocer textos que narran mis vivencias y emociones y, si me hubieran invitado a compartir  un poco de lo que soy y pienso en este espacio, solita hubiera rechazado la oportunidad por pensar que lo que tengo para decir no es lo “suficientemente bueno”. Sin embargo, ahora sé y entiendo que mi voz tiene un valor que vale la pena compartir y que, al hacerlo, voy obteniendo aprendizajes que, a través de cada palabra, me sanan un poquito.

Ilustración: marmarmaremoto

Otro ejemplo de un escenario que se ha permeado de emocionantes primeras veces es el de las relaciones sexoafectivas y es que —después de tener el corazón hecho pedacitos y de reconocerme destrozada por haber sobrevivido a relaciones románticas sumamente violentas— ha habido pocos retos más complicados que el de deshacerme de la angustia, los miedos y las inseguridades. Cuando todo este conjunto me inundó, se volvió normal pensar que todo lo negativo estaba enraizado en mí y en mi insuficiencia, que el problema enterito podía explicarse por mis defectos y que nunca podría volverme suficiente para ser receptora de un amor bonito.

Ahora, afortunadamente, con todo el aprendizaje que el entender y abrazar esas emociones me dio, reconozco que hay motivos estructurales que moldean todo, incluyendo en gran medida la forma en la que nos relacionamos con quienes queremos y nos quieren. No ha sido fácil, claramente, pero ha valido toda la pena del mundo el detenerme a entender estos procesos, el llorar en cada sesión con mi psicóloga y el dejarme apreciar cada sentimiento.

Hoy en día voy construyendo relaciones mucho más justas, tanto emocional como sexualmente, y lo disfruto más porque me quiero más, porque amo con mis propios límites y con el de las personas con las que establezco vínculos. Ahora, me atrevo más a reconocer lo que realmente quiero en una relación con un hombre, no me hago chiquititita ni me escondo cada que siento atracción por alguno, ni mucho menos permito que me roben el poder de decisión. No busco decir que ya soy una experta y que tengo todo bajo control, porque dudo que eso se pueda en este sistema patriarcal que tanto daño nos hace con las ideas del amor romántico, pero sí pienso que me siento más lista para saber querer mejor, para llevar a cabo procesos más responsables y para disfrutar con menos miedo, estando consciente de todo lo que implica el compartirse con alguien más, pero, primero que nada, con una misma.

Ilustración: hanibaniworld

 Por otra parte, más a nivel profesional, todo me daba pánico; no me sentía capaz de externar mis propias opiniones, ni aunque supiera que tenía un buen respaldo de información y de argumentos construidos a través del tiempo y el estudio. No, ni de broma podía reconocerme como una estudiante que constantemente está intentando aprender y que es capaz de compartir conocimiento, de abrazar lo que ya sabe y de debatir con otras personas. Ahora, por supuesto que me siguen atravesando inseguridades personales y estructurales que el patriarcado siembra en todas las mujeres, sobre todo en espacios como la Economía que constantemente se ven permeados de machismo y misoginia, pero, al menos, ya me atrevo un poco más a intentar romper estas barreras, a luchar contra ellas y a no permitir que me definan. No busco volverme una persona que pueda opinar de todo pensando que cuenta con el eterno conocimiento (porque me parece un pésimo extremo), más bien intento validar cada vez más todo lo que he ido aprendiendo y a defender que una mujer, por más joven que sea, también tiene mucho que aportar.

Todo lo anterior (y muchísimas cosas más) ha venido gracias al proceso que empecé hace año y medio yendo a terapia y hoy me atrevo a decir que nada en mi vida ha resultado tan esencial como el tener junto a mí a alguien que es capaz de recordar con tanta atención y comprensión los momentos por los que he pasado, traerlos a colación, relacionarlos con lo actual y presentarlos ante mí para recordarme todo lo que hemos avanzado. Mi psicóloga ha sido quien me ha recordado que esa personita del pasado de la que tanto solemos hablar —tan diferente, pero a la vez tan cercana y conocida— también soy yo, que me construí con su presencia, que fuimos caminando juntas aprendiendo de nuestro pasado para hacer más llevadero el presente y mejorar nuestro futuro. Así, hoy en día, sobre todo teniendo en cuenta lo duro que ha sido aguantar la cuarentena, no hay nada que agradezca más que saberme acompañada y respaldada por una mujer a la que admiro profundamente, por una profesional que ha cuidado y apapachado a todas mis emociones y por reconocer que mi salud mental se encuentra en tan buenas manos. A M., mi psicóloga, le debo mucho y creo que nunca bastarán los textos para agradecerle todo lo que su trabajo ha logrado en mí.

Ilustración: 72 kilos.

Este escrito tan personal no sólo es para auto-brindarme palmaditas por lo recorrido y para hacer un brindis por lo bien que me siento (a comparación de hace unos años en los que sólo quería dormir y llorar), sino también para crear un espacio que brinde un poquito de esperanza sobre los procesos que implica el voltear nuestra atención a la salud emocional. No es fácil ni es un proceso lineal, pero tomar la decisión de buscar ayuda profesional siempre vale la pena, pues significa aceptar que no estamos en soledad, que podemos estar mejor, que hay maneras de compartir nuestro día a día sin sufrimiento y que existen posibles alternativas para todo el ruido interno que procesos como la depresión y la ansiedad (por mencionar algunos) implican.

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Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

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