Sobre la no-violencia

Por: Daniel De Gyves ( @gyvesdaniel )

Un posicionamiento ético se va constituyendo con mayor fuerza en la política. A pesar de ser una práctica situada y con principios filosóficos dispuestos a oponerse a las desigualdades justificadas históricamente, siguen sumándose aportaciones vigorosas para pensar en las resistencias y el uso del cuerpo como principal arma, su intención es un aliciente para los grupos contraculturas que han sido expuestos y al mismo tiempo criticados por sus manifestaciones impetuosas. Y con esto me refiero a la no-violencia.

Pensar en esta propuesta conlleva a confusiones sobre sus presupuestos, lo cual me parece atinado intentar responder en este texto: ¿Cuáles son sus principios?  ¿Es equiparable pensar la no-violencia con la ausencia de violencia? ¿Es justificable la agresión que se ejerce por parte de grupos vulnerables contra las prácticas punitivas? ¿Qué papel psíquico tiene en lxs sujetxs estos planteamientos? ¿Podría pensarse en esta ética como un remedio para el fin de la violencia?

En primer lugar, es importante dilucidar la acepción de la no violencia estriba a la sentencia que impresiona en un primer momento; para esto, es imprescindible recurrir al tema de la violencia lo cual se convierte en un reto al poseer matices y coyunturas que nos atraviesan de una u otra manera, no obstante y con la finalidad de no desvirtuarme del tema, parto de aseverar que la violencia es un medio desafortunado en la elaboración de un conflicto, aunado a esto, una de sus características es que es proteica y su mutabilidad busca nuevas formas de operar para apropiarse psíquicamente del imaginario social.

Siguiendo con esta ruta, existen muchas formas de tipificar la violencia, sin embargo, quisiera centrarme en la simbólica e institucional al ser prácticas que se reditúan de una desigualdad a nivel estructural, entre ellas destacan la misoginia, el racismo, la homofobia, la transfobia, la xenofobia, el clasismo, entre otras. Estas formas de violencia, legitiman prácticas discursivas con un respaldo histórico acercando a muchas personas a dinámicas exacerbadas de violencia, acaeciendo en varias ocasiones que grupos interpelados se manifiesten con agresividad e incluso con medidas similares a las técnicas estatales para combatir estas lógicas.

Personajes legendarios como Gandhi, Martin Luther King, León Tolstoy, Franz Fanon, Walter Benjamín y recientemente la contemporánea Judith Butler, versaron en varios de sus escritos sobre esta ética como modo de emancipación psicosocial y al mismo tiempo como mediación de conflictos, empero, hay toda una confusión relacionada con la ausencia de violencia como podría parecer en sus inicios, en cambio, va direccionado en aglutinar la agresividad con la que puede empeñarse una resistencia.

Entre muchos de sus presupuestos, podemos inferir que se trata de una ética en la cual la no-violencia es una intervención en los conflictos y un método de lucha sociopolítica, esto con la intención de humanizar la política complejizando e incluyendo a todas las vidas posibles, conllevando a una introspección y búsqueda de manera personal al plasmar una filosofía contra el individualismo y una cosmovisión sobre las relaciones sociales.

Entonces, para entender la práctica de la no-violencia es importante mencionar que el conflicto es algo inherente en todxs y es imposible su inexistencia en cualquier vínculo social; sólo que, a diferencia de esta ética, este conflicto marcará una diferencia en la construcción al momento de resistir a la violencia imaginando un futuro donde la igualdad social sea posible.

Entre sus variadas confusiones se encuentran la utopía de pensar un mundo sin violencia, la asociación a la pasividad, una forma de impotencia, su ineficacia y su impracticabilidad al momento de asentir políticamente. Cabe destacar que un desafío grande no sólo es tener una acepción homogénea de violencia, por lo contrario, como plantea Judith Butler, no se trata de imaginar un escenario de estar en una guerra espantosa ni la idea de una paz perfecta, sino contar con la dimensión de creer en un mundo que sea habitable para todes.

Por esta razón, la no violencia no sólo hace frente a la violencia, sino que exige formas de plan afirmativas, aunque a veces de forma agresiva. Por lo cual, se convierte en un compromiso constante y un impulso de resignificar la agresión con el objetivo de constatar los principios de libertad e igualdad, haciendo frente a las formas biopolíticas de racismo y las lógicas que tienden a diferenciar las vidas dignas de duelo con las que no.

En este contexto, hemos visto grupos en oposición a las diferentes formas de violencia estructural: Fascismo, nacionalismo, autoritarismo y sistemas que subyacen de la lógica capitalista heteropatriarcal supremacista blanca al seguir fomentando un estilo de pauperización a ciertos grupos históricamente oprimidos, incluso a tal grado de causar muertes. Ante esta justificación y desdén por las vidas no consideradas dignas de tener una vida vivible, hay un reclamo impetuoso que puede trasgredir las nomenclaturas de la agresión y la violencia al no ser prácticas estáticas, llevando a comparaciones tácitas y descalificaciones por dichos reclamos.

¿Si hay grupos de han sido expuestos al ostracismo, la vulnerabilidad, la ignominia y el trato punitivo lidiando constantemente con prácticas estatales belicosas, no se convierte la no-violencia en un pronunciamiento ético válido para manifestarse con la fuerza necesaria para dejar un antecedente histórico? Si se parte de una estructuración subjetiva intencionada en la internalización de estas lógicas dejando huellas psíquicas en los individuos, ¿no es la no-violencia un recurso en sí para posicionarse desde la agresión y el ímpetu necesario para visibilizar las inequidades sociocuturales?

Como respuesta ante esta práctica política, hay discursos provocativos y detractores por varios sectores sociales, en los que se encuentra el hecho de que no podemos habitar un mundo sin violencias. Lo cual es complicado si todavía no tenemos una definición clara y unívoca sobre ella, quizá valdría la pena hacer otro escrito para hablar sobre los alcances, límites y estratificaciones sobre un tema del cual puede abordarse de manera multifactorial.

Por el momento me gustaría partir de la idea que hay una pluralidad y es menester entender las diferentes lógicas de violencias para combatirlas. Asimismo, entender que la agresión es algo idiosincrático y tanto su reconocimiento como la canalización al momento de lidiar con los conflictos puede evitar que un acto violento se consuma, aunque a veces pueda recurrirse a prácticas vehementes, lúdicas y creativas para su manifestación como recientemente lo han hecho grupos antirracistas y antipatriarcales.

Antes de finalizar me gustaría resaltar que la no violencia no hace uso de la ausencia de violencia, ya que es el principal elemento al que se opone y puede incluso recurrir a resultados similares en su defensa, quizá convendría pensar en modos de habitar resistencias en un mundo donde la violencia es el principal instrumento para mantener un orden social, de ahí la importancia de distinguir la agresión de la violencia para evitar confusiones someras y descalificaciones innecesarias.

Por último, quisiera especificar que no sólo la no violencia como principio filosófico es un pronunciamiento ético y que difícilmente podría llevarse acabo si no hay una postura radical para combatir los diferentes tipos de opresión, sino también una búsqueda personal de concientización sobre la construcción de lo humano, por tanto, una herramienta valerosa para poner en cuestión los ejes identitarios que la sociedad ha creado.

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