Sobre derivar y la ciudad

Pensar a la ciudad (cualquier ciudad en la que hayamos habitado) es deambular mentalmente a través de ella. Es caminar por trayectos que conocemos mejor que nuestra palma de la mano (siendo honestos, quién pasa tanto tiempo viendo su propia palma). Es hacer un recorrido a saltos en una especie de mosaico (o collage) entre los lugares afines, los lugares incómodos, los lugares desconocidos y los lugares visualmente atractivos. Estos últimos son, por lo general, los responsables de nuestra relación amor-odio con la misma ciudad, al construir aquel imaginario estereotipado y turístico a las personas de afuera. Y bueno, ¿cuándo somos ya las de adentro? Los centros y las periferias nunca son absolutos, y aunque en una ciudad quepamos muchas personas, las ciudades nunca son para todas. Esta disonancia nos hace, necesariamente, pensar en las posibilidades de una ciudad. De hecho, es esta tensión el motor de su propia historia, su única posibilidad de superviviencia y, paradójicamente, su principal amenaza. Si no se ve a qué me refiero, adóptese una actitud de sospecha buscando qué modelos nos imponen las ciudades como “normales” o “exitosos”.  Esta es una tarea relativamente fácil, aunque quizá lo era más antes. Bastaba apuntar a “Las Lomas”. Hoy en día, los planificadores urbanos y desarrolladores inmobiliarios, que pretenden rebautizar a las ciudades y limpiarlas de sus pecados, proponen nombres más sofisticados. La penitencia obliga a construir murallas que privaticen el horizonte, mientras se sofoca con desinversión, pública y privada, al pasado que se busca abandonar . En el caso de las ciudades del capitalismo tardío, la ciudad misma es un reflejo material y vivo de las fuerzas detrás de los modelos de vida dominantes.

Así lo proponía en los años 60 la Internacional Situacionista. Esta organización de artistas e intelectuales buscaba crear “situaciones” que rompieran las monótonas rutinas establecidas por aquellos modelos de vida dominantes. Entre sus miembros se encontraba el famóso filósofo francés Guy Debord (La Teoría del Espectáculo), quien proponía al simple acto de caminar como una poderosa herramienta crítica contra el paradigma de vida de las ciudades. La “deriva” (dérive) en palabras de Debord es:

(…) una técnica de pasos ininterrumpidos a través de ambientes diversos. El concepto de deriva está ligado indisolublemente al reconocimiento de efectos de naturaleza psicogeográfica y a la afirmación de un comportamiento lúdico-constructivo que la opone en todos los aspectos a las nociones clásicas de viaje y de paseo.

 Este deambular, que podría durar desde una hora hasta semanas, requería de sus participantes lanzarse al ambiente con el mínimo posible de cálculos o planeación previa, jerarquizando el carácter aleatorio de la caminata y el abandono de actitudes condicionadas por criterios utilitarios y económicos. En su lugar se adopta una actitud de apertura e inconformidad con la experiencia urbana. Aunque inicialmente fuese un método de exploración artística, su potencial como herramienta de investigación social continuó siendo vigente.  La deriva puede pensarse también como una oportunidad de reapropiación de lo que Marc Augé denominaba como los “no-lugares”, es decir, la reapropiación aquellos espacios de transición a los que las personas no les incorporamos nuestra identidad y que, por lo tanto, no son espacios de encuentro y no construyen referencias colectivas. Esta reapropiación permitía a las personas participantes construir una especie de geografía a partir de los recuerdos y las emociones.

La Internacional Situacionista veía en el derivar un gran potencial transformativo del mundo, al mismo tiempo que lo proponían como una forma de habitar y relacionarse con la ciudad fuera de la asignación lugar-propósito habitual. Piénsese en cómo materialmente las ciudades se organizan en torno a los “lugares para diversión”, los “lugares para trabajo”, los “lugares para educación y los “lugares para vivienda”. Incluso en una escala más pequeña, la existencia de conceptos como el de “áreas verdes” nos hablan mucho de la forma en que nos relacionamos psicogeográficamente con la ciudad. Creo que estas asignaciones son las que terminan dándole a las ciudades un aspecto articial y mecánico, como de parque temático. Romper ese orden es uno de los propósitos de la deriva, al darle una bocanada de espontaneidad a la vida diaria.

La deriva, como el resto de técnicas situacionistas, fueron una respuesta al escepticismo que se tenía sobre las bondades materiales de las ciudades capitalistas. Creían que las fuerzas económicas de los mercados propiciaban dinámicas que terminaban por reestructurar cognitivamente las aspiraciones colectivas sobre lo cultural, lo político y lo espiritual en aspiraciones individuales capaces de ser satisfechas a través del consumo de productos que tuviesen atada una mera imagen superficial de aquellas aspiraciones originales. Los procesos de gentrificación sólo son posibles en este marco de relaciones y creo que son un ejemplo inmediato de la existencia de estas dinámicas. Seguramente a más de una persona estas reflexiones le parecerían un cliché o un lugar común de las críticas al capitalismo. Debord consideraría que esta forma de rechazo, que son los clichés, no es sino el mismo sistema defendiéndose (fenómeno al que llamaba recuperación). Aún cuando sea un lugar común, ¿no están las ciudades, en gran medida, diseñadas para sostener este modelo de vida?

Guía psicogeográfica de París: discurso sobre las pasiones del amor: vertientes psicogeográficas de la deriva y localización de unidades atmosféricas.
Litografía sobre papel. Guy Debord 1957

El situacionismo inauguraría así a la psicogeografía, definida como “el estudio de las leyes precisas y los efectos específicos del entorno geográfico, conscientemente organizado o no, sobre las emociones y el comportamiento de los individuos”. Además de campo práctico de conocimiento, se consolidó como una postura política y un modo de juego, que ha influenciado fuertemente al arte y el urbanismo de las décadas posteriores.

Caminar, aún cuando no sea en los términos de la deriva, es una práctica vigente con el mismo potencial crítico para reflexionar sobre nuestras ciudades. No es casualidad que los romanos nos heredaran la frase solvitur ambulando (se soluciona caminando). Si se adopta un enfoque de interseccionalidad, nos encontramos con que caminar, parte elemental de habitar una ciudad, no ofrece las mismas dificultades y riesgos para todes (adoptar el enfoque de género nos dice demasiado de entrada).  Ambas herramientas de análisis, juntas, pueden echar luz sobre aspectos psicosociales urbanos hasta ahora poco articulados y darnos mejores herramientas para resistir ante los modelos de vida socialmente dominantes. Esta época, con una nueva dimensión digital y transformada por los efectos de la pandemia, plantea nuevos retos y oportunidades.

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En permanente desconfianza de las categorías. Para quien sirvan los títulos: estudiante de economía y filosofía. Busco aproximarme a la realidad con disposición crítica.

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