“Se me llenó el vaso”: Hombres y salud mental

– Sergio A. Moreno Cabrera

Uno de los motivos de atención más comunes que he escuchado en hombres que asisten a psicoterapia es el control de su ira. “No sé qué me pasa… todo el tiempo estoy molesto”, “había logrado manejar mi enojo pero ya se me está saliendo de control”, “me molesto fácilmente y me desquito con todos, hasta en el trabajo… me da miedo que me despidan”, y “se me está llenando el vaso… traigo cargando muchas cosas”. Estas son algunas de las explicaciones que se escuchan en las sesiones, y son también algunas de las sensaciones que yo mismo he transitado y que me han llevado a pedir y recibir ayuda.

¿De dónde viene esa ira? No puedo responder a nombre de todos los hombres de Yucatán ni de Mérida, pero sí puedo compartir –con mucho respeto y confidencialidad– algunas de las pistas que he recogido a lo largo de casi quince años investigando y trabajando con hombres en temas de género, masculinidad y violencia, pero también, de las pistas que he encontrado en casi cuarenta años de vida “intentando ser hombre”, y sobre todo, intentando “dejar de serlo”. 

Sin obviar las críticas que por plagio y otros defectos se le han hecho a Jorge Bucay, retomo uno de sus cuentos ya que me permite ejemplificar lo anterior. En “La tristeza y la furia”, Bucay describe a esta última –sinónimo de ira– como: “apurada (…), urgida sin saber por qué”. Después de narrar los motivos por los que estos personajes se encuentran e intercambian accidentalmente sus “ropas”, termina diciendo, “(…) muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es solo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad, está escondida la tristeza”.

Antes de continuar quiero ser claro con tres ideas: a) no hablo por todos, no podría; b) no obstante, y aunque cada experiencia es personal y distinta, también es cierto –como lo muestran la sociología y antropología de las emociones– que la forma en la que experimentamos y significamos lo que sentimos tiene un importante componente cultural, por ello, la relación ira/tristeza puede también comprenderse desde cómo aprendemos y asumimos el ser hombres y mujeres (el género); c) por último y más importante aún, plantear que detrás de la ira puede existir una profunda tristeza no nos excusa de nuestras acciones como hombres, más aún, su conciencia nos demanda una mayor responsabilidad para dejar de dañarnos y dañar a otras personas.

¿Qué tristezas hay detrás de nuestra ira y enojo? ¿Qué tristezas “venimos cargando”? Quizá es la tristeza y frustración que experimentamos cuando vimos o escuchamos a nuestro padre violentando a nuestra madre, o cuando esa violencia se dirigió contra nuestros hermanos, hermanas o contra nosotros mismos; qué difícil cuando se es un niño y no hay nada que podamos hacer para impedirlo. O tal vez sea la tristeza que experimentamos con el abandono de nuestro padre, así de la nada, o con su presencia pero siempre ausente, distante o agresiva.

Tal vez sea la frustración que sentimos cuando otros niños –y niñas, pero más los primeros– nos enseñaron, a través de los códigos y símbolos culturales de nuestra sociedad, que éramos “suficientemente hombres” cuando respondíamos a los golpes con golpes, al insulto con insulto, y a la provocación con competencia, pero que no lo éramos cuando llorábamos, pedíamos ayuda o mostrábamos compasión. O quizá parte de nuestras frustraciones e inseguridades se remontan a nuestra juventud cuando estábamos entre amigos –o tal vez ya de adultos–, y pretendíamos saber todo sobre el sexo, cuando en realidad y en el fondo, lo que teníamos eran más dudas que certezas –como todos nosotros.

O será también que nuestra frustración y enojos se relacionan con la preocupación de no poder dar dinero en casa, de no poder comprar suficiente comida, ropa o “lo mejor” para nuestros hermanos/as, para nuestras hijas e hijos o para nuestra pareja. ¿Será la frustración y la molestia de trabajar mucho y ganar poco, de “aguantar” tanto y apenas sobrevivir? ¿De hacer todo lo que se supone que debíamos hacer para algún día ser hombres respetados y de éxito? ¿O será también un enojo contra nosotros mismos por sabernos frustrados, agresivos y hasta violentos, que tememos que nos abandonen? ¿O una profunda necesidad a ser queridos?

Tratar de “ser hombres” a toda costa tiene siempre un costo. Lo tiene porque ser ese hombre es un ideal y nada más que eso: un ideal que pocos o nadie alcanzamos por su irrealidad y su insostenibilidad, es decir, a todos nos llega el momento en el que llenamos el vaso y lo rebosamos. Siempre rebosa, tarde o temprano, y en su desborde afecta a muchas personas. Ser ese hombre se vuelve un factor de riesgo, o sea, un problema de salud pública: afecta la vida y salud de mujeres, niñas y niños, la de otros hombres, y además la propia. Las dañamos a ellas a través de nuestras violencias psicológicas, físicas, sexuales, económicas, laborales y también feminicidas –por más que dijéramos amarlas. Dañamos a otros hombres a través del bullying, de la homofobia, de las confrontaciones físicas, de los homicidios (los hombres morimos más a manos de otros hombres y generalmente de formas violentas).

Pero también nos dañamos a nosotros mismos con nuestro silencio y “aguante”: padecimientos como la hipertensión, dolores de espalda, colón irritado, insomnio, abuso de sustancias, o la muerte por accidentes, suicidios y cirrosis hepática alcohólica, todas éstas ubicadas entre las primeras diez causas de mortalidad entre hombres yucatecos. Depresión disfrazada de ira. Ansiedad mal manejada con supuesto autocontrol. Agotamiento que suma más agotamiento. Consumos de alcohol que pasan del desestrés a la intoxicación, golpes o accidentes. Temores, soledad. A los 20 y 30 años nos sentimos en una especie de carrera de la que creemos no podemos ni debemos detenernos. Mientras más fuertes, rápidos, ruidosos y notorios, más se supone que ganaremos… ¿pero qué? He visto y escuchado a hombres de 40 años y más agotados por esta carrera; ello los agotó, los entristeció y les hizo perder personas a las que amaban.

¿Con quién hablamos de esto? Uno de los hombres a quienes vi en atención psicológica, y a quien le guardo un genuino aprecio y respeto, llegó a consulta por que no tenía con quién hablar de lo que sentía. Tenía 31 años en ese entonces y le preocupaba mejorar la relación con su esposa, estar más tranquilo, ser feliz, dejar de beber en exceso cada fin de semana. Decía tener un grupo de por lo menos 10 amigos (todos hombres), todos muy queridos, a quienes conocía desde la primaria, pero que ninguno sabría escucharlo. Decía: “si les cuentas estas cosas se ríen, no saben qué responder o hacen como que no es importante”; él mismo sabía que la mayoría de sus amigos pasaban por preocupaciones y problemas similares, pero nadie hablaba de ello. En cambio, cuando se reunían era para hablar de sus trabajos, de cuánto ganaban, de lo que habían comprado, de sus viajes, amoríos e infidelidades. Mi consultante decidió que necesitaba hablar y ser escuchado de una forma distinta.

Nuestro silencio, aguante, ira y frustraciones nos pueden consumir. Entonces, ¿por qué las seguimos “cargando”? ¿Por qué seguimos “llenando el vaso” y dañando a otras personas y a nosotros mismos sin pedir ayuda? Para ser claros: no solo es el sistema o la educación lo que “nos ha hecho así”, también son nuestras acciones y omisiones. Cuando elegimos ese ideal lo hacemos por los beneficios (privilegios) que supuestamente nos dará, como el estatus o poder, cierto nivel de vida, encubrimientos entre cuates para no ser cuestionados en nuestras violencias o manejos ilegales, reconocimientos, etcétera. Sea cual sea el privilegio, tarde o temprano nos cobra la factura en nuestra salud y vida, o en la de personas cercanas a nosotros.

¿Con quién hablar, a quién pedirle ayuda? No clamo que la única solución sea la psicoterapia, pero vaya que es útil. Puede ser un guía espiritual, un profesor o un buen amigo. Lo cierto es que para poder ayudarnos necesitamos que esta persona también se haga estas preguntas y cuestionamientos, de lo contrario, terminaremos “dándonos palmaditas” y justificándonos sin hacer cambios sustanciales. Nuestra salud mental no está solo en nuestra cabeza, está en lo que creemos, en lo que sentimos y en cómo nos relacionamos. El vaso no se nos llena, lo llenamos. Siempre valdrá la pena admitir que no estamos bien para poder estar mejor, pero ésta, ésta es nuestra responsabilidad. NO se la adjudiquemos a nadie y empecemos por hacernos cargo de nosotros, por pedir ayuda, por asumirnos y por responsabilizarnos. 

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