Reflexiones del poniente

La primera vez que vi Las niñas bien, lo primerísimo que le dije a quien en aquel entonces era mi pareja al salir del cine —Cinépolis Plaza Carso— fue una verdad que me cayó como agua fría desde que comenzó la película: “son nuestras mamás”. Debí haber agregado: “y nuestras amigas”. No fue sino hasta recientemente que pensé que tal vez lo que quería decir (o una de las tantas cosas) era “somos nosotres”.

 He visto y vuelto a ver la película un millón de veces (no literalmente, pero sí unas veinte o veinticinco) desde entonces. A veces me arriesgo a discutirla. En retrospectiva, es curioso (irónico, tal vez) pensarme hablando en casa de mis amigas en Bosques, las Lomas, Polanco o Santa Fe; en las áreas comunes de mi universidad privada, sentado con mi abuelo en un bar de Nueva York. Princesas hablando mal de otras princesas. Las hijas de Las niñas bien (vueltas Las reinas de Polanco) hablando de la nueva generación de niñas bien como si no perteneciéramos a ella, como si toda nuestra existencia no viniera prefabricada para que solo nos encontremos con lo que nuestras antecesoras aptamente nombraron geceú: gente como une. Hablando dentro de cámaras de eco dentro de cámaras de eco dentro de cámaras de eco.

Poco después de Las niñas bien, el internet tuvo a bien cruzarme con Hilda, de Andrés Clariond. No la disfruté tanto, pero no pude sino ver en Susana Lemarchand otro tristísimo retrato de aquello en lo que parecemos destinades a convertirnos quienes pertenecemos a la nueva camada de niñes bien.

Como la anterior y la anterior a esa, nos desgarramos las vestiduras y nos damos golpes en el pecho criticando y maldiciendo este mundo bien, la jaula de oro en la que nacimos y crecimos. El fervor juvenil pronto se va, ahogado por la imperiosa pero inconveniente necesidad de comer tres veces al día y la lenta pero segura degeneración de las princesas y los condes revolucionaries en reinas y duques colgades en las sacrosantas paredes de la memoria dinástica, desesperades porque las cosas no se muevan, no se cambien, por lo menos no en lo que nos concierne. Desencanto, cansancio, conformismo.

No creo que sea casualidad que representaciones como Las niñas bien e Hilda tengan su origen dentro, en el mundo bien. A veces solo el comal le puede hablar a la olla, y Guadalupe Loaeza y Andrés Clariond lo tienen muy claro. Son sátiras, son burlas, son críticas, pero deberían ser, además, advertencias. He visto a las mejores mentes de mi generación, las más deseosas de cambio y revolución, sucumbir ante el peso del apellido.

No pretendo de ninguna manera que este texto sea ninguna clase de tratado ni manifiesto. No busco encontrar el hilo negro de la consciencia y el antagonismo de clase ni pretendo erigirme como mártir ni tampoco como héroe. Soy un chavito bien que siempre ha vivido en una colonia bien, de una familia bien y con amiges bien, he estado en escuelas bien y voy a divertirme a lugares bien. Si en casa hace falta algo, se compra. Si hay que ir a buscarlo, voy en mi coche. Si no lo encontramos, no pasa nada, en unas semanas tengo que salir del país, te lo busco. Estoy lejos —lejísimos— de romper el pacto de clase. Probablemente nunca lo logre del todo. Yo busco desesperadamente alejarme del poniente de la ciudad, pero el poniente de la ciudad es más que solo una ubicación geográfica, más que un cúmulo de colonias. Puedes sacar a la chica del poniente, pero no puedes sacar al poniente de la chica, bromeo a menudo. Más que broma parece profecía, una de esas que se cumplen solas. A veces lo digo y me parece sentencia.

No podemos evitar ser niñas bien. Va —y siempre ha ido— mucho más allá de nosotres. Es un diseño, una construcción que lleva años y años formándose. Tal vez lo mejor que podamos hacer sea vaciarlo, dejarlo como un cascarón sin significado ni contenido, como un abrigo heredado que no nos podemos sacar de encima pero que fácilmente podemos guardar en un clóset para que se pudra y decaiga. Con mucha suerte, algún día las niñas bien seremos solo un recuerdo, fotos decoloradas y casas decadentes pertenecientes a otra época. Las niñas bien aspiramos, ante todo, a ser recuerdos.

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Chilango apasionado y chavito bien empedernido. Me gusta mucho la política y creo que a veces un puro es solamente un puro pero también a veces no. Me gusta irme a dormir con más dudas que con las que me desperté y despertar con más que con las que me fui a dormir. A veces cuestiono más de lo que me gustaría.

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