Reflexiones de un homosexual en cuarentena

-J.

Probablemente, una de las experiencias más relevantes en la vida de cualquier hombre homosexual sea su primera incursión en algún espacio gay. Yo, por ejemplo, recuerdo perfectamente la mía. Entre mentiras blancas y medias verdades a mis padres, poco presupuesto y mucha improvisación; mis amigues y yo logramos llegar a un pequeño antro en el centro de la Ciudad de México. Siendo sincero, en aquel lugar apenas se podía bailar y respirar; sin embargo, toda la noche me cobijó la calidez de una empatía que desconocía y me otorgó una protección para ser yo mismo — sin tapujos o precauciones — que hasta entonces solo había imaginado.

Muchas veces, estos lugares significan para nosotros una introducción a lo “público”, además de que nos posibilitan capturar espacios y desarrollar prácticas que tradicionalmente se nos han prohibido. Nos permiten adentrarnos a una cultura que, como explica Michael K. Schuessler en su libro “México se escribe con J”, la heterosexualidad ha relegado históricamente a lo clandestino y subterráneo. Una cultura que es nuestra y que, tal vez porque compartimos algunas experiencias durante nuestro periodo de autodescubrimiento, nos pertenece desde antes que estemos conscientes de ello.

La historia de los hombres gay siempre ha dependido significativamente de estos pasajes urbanos, sumamente centralizados, en donde pretendemos desafiar la confinación de la homosexualidad en el ámbito de lo privado. Se observa, por ejemplo, en lo que se conoció como el Baile de los 41 en 1901, por el cual, como indica Miguel Ángel Barrón Gavito, el periódico Popular publicó una nota que describía que hombres “que estaban vestidos con ropas de mujer, pretendieron huir para quitarse los vestidos del sexo contrario al suyo”. Asimismo, se advierte en el clásico y pionero de la literatura gay mexicana “El vampiro de la colonia Roma” de Luis Zapata, en el que Adonis García, su personaje principal, se introduce en el mundo de las personas “de ambiente” y liga a plena luz del día en lugares como la esquina de Niza y Reforma, aquella de Insurgentes y Baja California o en los baños de Sanborns, por ahí de la década de los setenta. También se detecta en los años ochenta con el famoso bar El Nueve, fundado por Henri Donnadieu y ubicado en la Zona Rosa, como describe Guillermo Osorno en su libro “Tengo que morir todas las noches”.

Es indudable que, considerando esta tradición de encontrar en el exterior nuestro verdadero interior, la cuarentena que estamos viviendo nos perjudica gravemente. Especialmente, afecta a aquellos que encuentran en espacios gay un lugar al cual recurrir cuando la homofobia inunda la mayoría de los hogares de México. También aflige a quienes inevitablemente se han visto separados de aquellas personas en quienes han edificado un espacio seguro. Adicionalmente, impacta negativamente a nuestra lucha política cuando se vuelve necesario cancelar las Marchas del Orgullo a nivel nacional— una de las pocas maneras en las que se ha resistido contra la centralización del movimiento en la Ciudad de México— en las que, como explica Martín H. González , salimos a marchar desde 1979 junto con nuestres hermanes del colectivo LGBTTTIQ para reivindicar que “no hay libertad política si no hay libertad sexual”. 

Autor: Christian Palma.

Claramente, dentro de la comunidad de hombres gay, tenemos demasiados problemas. Y es justamente ahora, ante la imposibilidad de momentos de recreación homosexual— que aunque no son menos importantes, cada vez contribuyen menos a la agenda LGBTTTIQ en política nacional— cuando podemos reflexionar y cuestionarnos sobre por quién, por qué y cómo estamos luchando. A veces, desde la distancia no dejamos de hacernos daño a nosotros y a otres con la replicación de dinámicas de poder que caracterizan a la heterosexualidad y a las masculinidades hegemónicas. Tampoco hemos podido deshacernos de la repugnante discriminación que impide que derechos y representación mediática puedan ser gozados plenamente por minorías raciales. Frecuentemente hemos olvidado e invisibilizado a minorías dentro de esta minoría, como son las personas migrantes, los adultos mayores, las personas con discapacidad, las personas indígenas y las personas en situación de pobreza cuya lucha por la dignidad tiene varios frentes y quienes no tienen acceso a, o quienes se les han negado, estos espacios gay. Ante la llegada de una crisis económica sin precedentes, que posiblemente se traduzca en importantes cambios sociales o políticos, no podemos dejar de luchar junto a ellos hasta que la dignidad y la libertad sean para todes y no solo para algunos cuantos hombres homosexuales.

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