Pues vemos…

Hace unas semanas, me enfrenté a una de las situaciones que menos creía que enfrentaría en un ambiente laboral como lo son los despachos de derecho, más particularmente, un despacho de derecho penal. No digo esto porque sí, lo digo porque une pensaría que después de toda la información que se tiene sobre las consecuencias de las prácticas abusivas o violentas hacia las mujeres –como lo son las diferencias salariales, el acoso laboral o el impedimento en el crecimiento profesional, por mencionar solo algunas– serían los despachos de renombre los que menos caerían en estas prácticas y, sin embargo, lo hacen. No creo que tenga caso enunciar lo que ha pasado en mi día a día en mi búsqueda de trabajo como pasante de derecho, pues la verdad han sido, por lo menos en su mayoría, gratas experiencias. Tal vez se deba a la burbuja de privilegio –mujer blanca de clase acomodada– en la que vivo o simplemente había corrido suerte, pero no me había pasado nada así hasta ahora y creo que ese día es importante redactarlo y plasmarlo en un lugar donde más de une pueda saberse acompañade en una situación similar.

Había hecho un examen de admisión y una entrevista con otres pasantes, todes jóvenes, amables y personas simpáticas. Además, todes eran, por lo menos en cuanto a su apariencia física, hombres. Claro que esto me intimidó un poco: de todas las personas en ese sitio había visto únicamente a una mujer aparte de mí, tenía su oficina aislada del resto en el piso de abajo, aunque también era una abogada y tal vez pasar eso por alto fue un error, pero bueno… es que la mayoría de los penalistas son hombres, ¿no? Por lo menos es lo que dicen, pues esta rama del Derecho es particularmente riesgosa y una mujer probablemente no aguantaría las injurias que se viven día a día como litigante de Derecho Penal. Quiero pensar que la auténtica falta de demás mujeres en esas oficinas se debía al poco aforo, recomendado por la Secretaría de Salud de la Ciudad de México, en lugares cerrados. Pues bien, de entre varias personas, solo quedamos cuatro aspirantes, tres varones y yp. Pasó el primer aspirante, quien estuvo ahí arriba más de veinte minutos. Finalmente bajó y era mi turno. Al llegar a la biblioteca donde me entrevistaron, el socio principal me vio de arriba abajo y rápidamente desvió la mirada a su celular, segunda red flag.

Imagínense la cantidad de sentimientos que me inundaron en ese momento, ¿me veía mal? No sé por qué lo primero que me preocupó fue que mi apariencia física no fuera del agrado de un empleador a quien probablemente –o eso espero– era mi apariencia lo último que consideraría para contratarme. No, tal vez era mi currículum que estaba un tanto incompleto, carecía de experiencia… lo dudo, pues aún habiéndolo señalado anteriormente, me habían dicho que no había problema. Es que soy mujer, fue lo único que pude pensar mientras respondía las preguntas banales – ¿En qué semestre vas? ¿sabes algo de penal? – de la persona sentada frente a mí y quien me sacó del trance diciéndome “bueno, eso sería todo”. No habían pasado más de diez minutos y esta persona ni siquiera había volteado a verme más de medio segundo durante ese tiempo. Estaba tan molesta y ofendida de haber pensado que yo era el problema, y de hecho, en parte estaba más inclinada a pensar eso, hasta que le comenté que a pesar de tal vez no tener tanta experiencia como las otras tres personas –todes varones– que estaban en la contienda final por el puesto, había hecho un examen igual de bueno que el de elles. Fue entonces que, finalmente, volteó a verme y clavó sus ojos incrédulos en los míos un tanto arrogantes y cansados de la situación. “Un excelente examen”, comentó el jefe de pasantes, sonriéndome. Fue entonces que empezó lo más tortuoso con una descripción de lo que haría si conseguía el trabajo.

Vía: temariart.

“¿Y estás segura de que vas a poder ir a los juzgados y todo eso?”, si pensaban que lo anterior había sido bastante humillante para mí, no saben cuán humillada me sentí con esto. Yo había destacado previamente mi trabajo con trata de personas, víctimas de violencia de género y desapariciones forzadas, escenarios bastante fuertes y que te dejan un huequito en el corazón de lo desesperanzadora que se vuelve la vida después de conocerlos. Contesté que sí casi de inmediato, alzando una ceja ante su pregunta sumamente llena de un tono de sarcasmo y una mueca a intento de sonrisa amable. Vino aquí el remate final, lo último que esperaba escuchar de una persona que se dedica a luchar por los derechos de les demás a través de la justicia, de medios alternativos, de casos pro-bono y demás… “PUES VEMOS”, esto acompañado de una risita por lo bajo y unas cejas alzadas como diciendo “desde aquí se ve que no vas a poder”. Tal vez lo que hizo me costó un trabajo, tal vez más allá de ser mujer verdaderamente no contaba con ese algo que estaban buscando. Sin embargo, no minimizaré ese trato machista y diré que no estuvo ahí, como tampoco negaré que el tono en mi “no hay nada que ver, si le digo que puedo, es porque sé que puedo” fue de molestia, mi sonrisa forzada, de hecho, hasta me dejó dolor en la cara. No es necesario decir que no trabajo en ese despacho, tampoco necesito decir que, de hecho, me da gusto no hacerlo.

No quiero contar esto a modo de crónica de uno de mis malos días, sé que hay cosas peores en esta vida, misoginias más violentas y machismos más sórdidos, pero sí quiero decirles a todes les que estén buscando un empleo que, no vale la pena ser tratades así. WSé que hay quienes no se podrán dar el lujo de rechazar un trabajo a pesar de estas situaciones, pero somos las personas que sí podemos quienes debemos hacer lo necesario para erradicar esta situación y que, desde la comodidad del privilegio, hablemos de esto que sucede hasta en los lugares donde la ética se maneja como lo primordial. Sé que habrá muches que me digan que me vaya preparando, porque así es el mundo de les abogades, pero yo lo único que les puedo decir al respecto es que me da muchísima tristeza que les parezca que permitir estas prácticas sea el remedio que queda, y más tristeza me da saber que hay para quienes esto es así innegablemente. De mi parte me queda decir que yo que he podido darme el lujo de no soportarlo, aunque no fuera con la braveza que me hubiera gustado, hablo por quienes tal vez no puedan quejarse porque la queja supondría no poder llevar un plato de comida a sus mesas. Hablo porque tal vez, esto sirva para cambiar de a poquito este tipo de prácticas y sí, así es el mundo de les abogades, pero ya no hay razones – de hecho nunca las hubo – para que tenga que seguir siéndolo.

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¡Hey! Estudio Derecho en el ITAM y tengo 23 años. Soy promotora de los Derechos humanos, y más particularmente de la salud mental. Me interesa mucho la filosofía, particularmente en cuanto a la formación individual del humano, tanto de manera colectiva como individualmente.

Siempre abierta al conocimiento de diferentes perspectivas de manera cordial y respetuosa. Nunca se sabe suficiente del mundo y siempre estamos construyéndonos.

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