Puedes amar a alguien (aunque no te ames a ti misme): Desmitificando una narrativa cuerdista

“Si no te amas a ti misme, no puedes amar a alguien más…”

Todes lo hemos escuchado en algún punto de nuestras vidas, seguramente más de una vez, probablemente hasta lo hemos dicho. Una frase aparentemente inocente, de la que se desprenden buenas intenciones. Sin embargo, es una frase que, en mi opinión, proviene de un contexto cuerdista y que a lo largo de los años ha producido un profundo daño tanto en neurodivergentes como en personas neurotípicas.

Hace algunos años, decidí abrirme respecto a mi neurodivergencia, mi constante batalla contra mi trastorno bipolar y mi vida en convivencia con la depresión. Lo hice porque ya estaba harto de aparentar y porque, para mí, resultaba terapéutico hablar abiertamente de lo bueno y lo malo de mi neurodivergencia. Un efecto secundario de hablar sin tabús y de forma mayormente positiva de mi vida con la depresión es que mucha gente se me acerca a contarme sus propias experiencias, a veces para pedirme consejo, a veces simplemente para ventilar.

Y me aventuraría a decir que, 9 de cada 10 veces, surgirá esa frase en algún punto de la conversación, se trate de una amistad, alguien de mi familia o incluso una persona que no conozco, casi nunca falta la mención de “¿Y cómo puedo esperar que alguien más me quiera si yo no me quiero a mí misme?”, a veces entre lágrimas, a veces entre risas nerviosas para enmascarar la seriedad de lo que se acaba de decir. Esa narrativa es una sombra omnipresente en la vida de las personas que padecen depresión. Una carga que contantemente amenaza con aumentar el peso de una condición que, ya de por sí, se siente inaguantable.

La idea de que solo somos merecedores de amor si ya nos amamos a nosotres mismes no solo es utópica, también raya en lo absurda. El amor es un proceso, no una meta. Nunca vamos a amarnos al 100%, así como nunca vamos a estar deprimides al 100%. Supongamos que conociésemos a alguien con quien de verdad sentimos que conectamos y con quien valdría la pena iniciar algo (amistad, noviazgo o cualquier tipo de relación) pero estamos en una depresión profunda, ¿no deberíamos entonces intentarlo?

Incluso si nos negamos esa oportunidad, ¿cuándo estaría bien permitirnos algo? ¿En qué momento sabríamos que ya cruzamos esa “meta” en la que ya nos queremos lo suficiente para poder ser merecedores del amor de les demás? Y si, por ejemplo, ya cruzamos esa línea hipotética en la que podemos permitirnos recibir amor, ¿qué haríamos entonces si tenemos una recaída en la depresión y de nuevo baja nuestra autoestima? ¿Terminar la relación? ¿Suspenderla? Una vez que nos alejamos de todes porque no podemos recibir su amor hasta que nos queramos, ¿con quién nos quedamos?

Y ahí radica el problema: No deberíamos buscar un permiso para recibir amor, ni siquiera de nosotres mismes. Eso es ponernos una limitante más en un proceso que ya de por sí nos quita amor propio y nos pesa, es una presión innecesaria por ser “funcional”, por “merecer amor.” Y es una presión que tiene raíces cuerdistas. 

@chuckdrawsthings

El cuerdismo es el prejuicio, discriminación u opresión hacia la condición mental (concreta o supuesta) de una persona. Dicho de otra manera, es discriminar a una persona por un trastorno mental o déficit cognitivo, así como mantener la normatividad de que el mundo está diseñado para las personas neurotípicas (también llamada neuronormatividad).

Esta idea de que el amor externo es condicional y está sujeto al amor propio asume que es igual de fácil para todes el trabajar en nuestra autoestima. Asume que todas las personas pueden desarrollar y mantener su felicidad de manera regular. Excluye a personas con trastornos depresivos, trastornos bipolares, trastorno límite de la personalidad, a autistas que sufren de depresión por vivir en un sistema neurotípico que no se siente diseñado para nosotres, incluso a personas que, si bien no tienen un trastorno, son genéticamente más propensas a deprimirse.

Incluso más allá de la comunidad neurodivergente, el privilegio inherente en este discurso surge cuando analizamos el hecho de que las personas que pertenecen a grupos vulnerados, tales como personas LGBTI+, mujeres, personas racializadas, personas con discapacidad, etc., son más propensas a sufrir depresión, por el simple hecho de que son más propensas a sufrir opresión. ¿Cómo puedes amarte a ti misme todo el tiempo cuando constantemente se te juzga y discrimina? No siempre podemos darnos el lujo de tener la autoestima al cien, porque no hay autoestima que resista este tipo de presión 24/7 sin tener recaídas.

Y algo muy importante que he aprendido luego de años de sufrir, batallar, y más tarde (luego de un largo y arduo proceso de aceptación) convivir pacíficamente con mi depresión;     es que, a veces, más frecuentemente de lo que creía, es precisamente el amor de otras personas lo que me lleva a darme cuenta de que vale la pena amarme a mí mismo.

Ese a amor es el amigo que me agarró de la mano en un parque a las 2 de la mañana mientras yo lloraba, o el amigo que me preparó sándwiches de helado solo porque quería recordarme que me quiere mucho, o la compañera que, sin conocernos tan bien, se sentó junto a mí mientras yo tenía un ataque de pánico en el suelo de un salón oscuro y vacío de mi universidad a las 6 de la mañana, porque no quiso dejarme solo; es mi madre que me levantó de la cama (en una época en la que yo pesaba 50 kg más que ella) cuando mi discapacidad me sumió en una depresión tan fuerte que yo no me podía mover y había pasado un día sin comer y una semana sin bañarme, y caminó conmigo hasta la regadera, cerró la cortina y se quedó parada del otro lado en el baño hasta que yo terminara y quien, cuando salí, me preparó sopa de pollo y gelatina (cosas ligeras, para no molestar a mi estómago vacío).

Darme cuenta de que tantas personas pudieron ver que algo valía la pena en mí, incluso cuando yo sentí que nada valía la pena en mi vida, me hizo poder levantarme y seguir viviendo. Porque, aunque no pudiese ver un valor en mí mismo, quería seguir vivo lo suficiente para ver, aunque sea, un fragmento de lo que elles vieron.

Y si estás en una situación similar, si también te recriminas el no poder amar a alguien porque aún no has llegado al punto en el que puedas decir que te amas a ti misme, considera esto una señal: Permítete ser amade y el amor propio vendrá por sí solo.


Nota: Sé que podrá sonar raro que use el término “autista”, pero como miembro de la comunidad neurodivergente (y autista), quiero aclarar que es el término preferible (por sobre otros términos como “persona con autismo” o “en el espectro”).

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Soy Rafael Abreu, psicólogo, autista y paciente bipolar que busca eliminar estereotipos negativos sobre la neurodivergencia. Clasificado legalmente como "Discapacitado, más no incapacitado." Me apasionan los temas relacionados a videojuegos, cine, neurodivergencia, discapacidad, la comunidad LGBT+ y DDHH.

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