Redefinir la cultura y la política cultural

Muchas veces cuando nos ponemos a pensar en la justicia social, se hablan de políticas redistributivas, educación gratuita, apoyos gubernamentales, etc; estos son los puntos de partida de cualquier política que pretenda hacer algo para cambiar la injusta situación que se vive en México y el mundo, pero algo no menos importante es la política cultural.

Cuando surge en el debate público, la agenda progresista puede llegar a hablar hasta con desprecio de la cultura y la agenda conservadora la defiende por las razones e ideas erróneas. Sin embargo, hay que reflexionar sobre qué entendemos por cultura. Por un lado, se puede tomar la concepción más clásica de que la cultura son las manifestaciones humanas más excelentes a través de las bellas artes. De esta definición surge la otra idea de la cultura como un privilegio dado todo el bagaje cultural elitista que debes de tener para poder incursionarte en ella. Entonces, el argumento dice, como es un privilegio, hay que rechazarla como parte del cambio social deseado. Por otro lado, se puede rechazar este concepto y simplemente ver a la cultura como manifestaciones humanas creativas y conscientes. 

Una juntada de raperos haciendo freestyle en Bellas Artes, la reflexión que escribiste enojadx en tu diario, los grafitis de la colonia o los pasos de cumbia que se aprenden mejor con cada boda son todas manifestaciones de cultura. Asimismo, también lo son las composiciones de Silvestre Revueltas, los libros de Kafka, las pinturas de Remedios Varo o el ballet ruso. Porque la cultura no es otra cosa que una exploración curiosa y ociosa de algo más allá del consumo inmediato e inconsciente (que también plaga nuestra ociosidad). Puede estar más o menos institucionalizada y generalmente aceptada como algo valioso (el canon), pero la esencia sigue siendo la misma cuando no es kitsch.

Redefinir la cultura y la política cultural
Ilustración vía nuanz

Cuando nos concientizamos del valor que le podemos dar a nuestra creatividad ociosa y a otras es cuando estamos saliéndonos del influjo del poder que, como lo definió alguna vez la directora argentina Lucrecia Martel, simplemente es “naturalizar algo que es arbitrario”. Es decir, la cultura permite salirnos de nuestras empaquetadas personalidades por las cuales nos define el sistema imperante. Obviamente, la cultura también puede resaltar características particulares de nuestra clase social, nuestra nacionalidad, color de piel, etc, pero la diferencia es que cuando hacemos o vivimos cultura en realidad estamos haciendo lo más humano del humano: curiosear y crear

Bajo esta definición, la cultura puede generar empatía y despertar consciencia humana sin que eso signifique ni homogenización ni exclusión. Esto exactamente es el punto más importante de la cultura como parte de una política de cambio. Como dice Jeff Winger en la serie Community: “La pureza que demanda exclusión no es pureza de verdad”. De manera que al salirnos de los esquemas de pensamiento sistémicos mediante una irracional entrega a la creación podemos ser más libres, humanos y empáticos.

Quiero recalcar que esto no le resta importancia a las políticas de justicia materiales que son de lo más urgente en el mundo y en México, pero sí apunta hacia algo bastante fundamental.

La política cultural debe ir orientada hacia apoyar a que la población en general se tome una pausa para salirse de un esquema de híper productividad y de apatía social. La clase alta, la clase media y la clase baja podrán dejar de tener un antagonismo opresivo solo cuando se solventen las excesivas desigualdades sociales, de acuerdo. Pero si la sociedad de consumo sigue condenada a predominar, el cambio material se vuelve efímero y solo genera más resentimiento. La mayoría de la gente vive en una esclavitud doble: una material y una espiritual. 

Este artículo no es simple palabrería, sino que tiene aplicaciones fundamentales respecto a lo que debe ser la política cultural de cualquier país. Esta no debe ser paternalista: es importante evitar que el Estado decida las manifestaciones culturales apropiadas y estas se impongan respecto a alternativas. Si no se parte de la pluralidad, simplemente se va de una imposición a otra. La política cultural debe hacer un esfuerzo por rescatar a los productos culturales de la lógica del mercado. Claro que pueden ser valiosas una serie de televisión, álbum o película estadounidenses, pero que estas acaparen toda la escena mediante los monopolios de las productoras gringas en los cines nacionales es un tipo de imposición cultural. Por las mismas razones, la política cultural no debe ser centralista, sino su alcance y apoyo debe estar distribuido por todo el país. Por ejemplo, es pésima idea que 1/4 del presupuesto asignado para la Secretaria de Cultura de México sea utilizado en un solo proyecto de la capital del país, como sucedió con el proyecto Chapultepec-Los Pinos.

Finalmente, la política cultural tiene que expandirse. El 43% de los mexicanos nunca ha ido a un museo, el 35% de la población no cuenta con algún museo en su municipio y un 60% de la población nunca ha ido a eventos ni a ferias culturales o artísticas. Esto refleja una desigualdad en el acceso a productos culturales que son muy importantes para potenciar manifestaciones creativas. Menos gasto centralizado de la cultura ayuda en todo esto como también lo hace el fomento a la cultura popular, sin que esto tenga que ir acompañado de un ataque a las bellas artes, ni mucho menos.

Esta redefinición de cultura no significa que despreciemos mucho de lo que nos puede gustar y es parte de la hegemonía cultural: superhéroes, series de Netflix, hasta reality shows, Don Quijote, etc. Simplemente hay que ser conscientes para que la cultura la vivamos y no solo la consumamos con cerrazón a nuevas propuestas. En este mismo tenor, me gustaría acabar este artículo con otra cita que reflexiona sobre la esclavitud cultural invisible de la cineasta Lucrecia Martel, quien sin tapujos le dice a su entrevistador: “Mira, cuando la gente tenga más tiempo libre, se va a hartar de lo que pasa en los cines. Mientras no tengamos tiempo libre, estemos tan agobiados y el cine sea una manera de ponerse un ventilador, va a seguir triunfando ese modelo [de cine-consumo]”. La misma reflexión aplica para todo medio cultural.

Proselitista de que lo humano es crear. Me gusta Juan Rulfo, el ruso, el cine y el blues. La política (me) importa y escribir también. “Al que obra mal, se le pudre el tamal”.

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