Pensar la salud mental de las niñas y niños en este tiempo

Por: Rosa Castillo (psicóloga)

Por circunstancias distintas tuve la “oportunidad” de observar de forma directa cómo el trabajo en casa, las dificultades personales, la falta de empatía, tal vez incluso el desamor, pueden generar que una persona adulta, hombre o mujer, responda ante la necesidad de un niño negándolas y violentándole.

Reaccionar ante una situación así es complejo. No entraré en detalles de lo que siguió a ese evento, pero me hace tener conciencia de lo importante que es hablar de esto una y otra vez. Se debe generar ideas que sirvan como organizadores para regular nuestro actuar cuando somos testigos o estamos siendo protagonistas de una relación violenta con una niña o niño dentro de la familia.

Preguntaré e intentaré responder lo obvio. ¿Por qué hablar de eso si el tema es Salud Mental Infantil en la situación actual Pandemia? Porque no podemos hablar de salud mental infantil sin referirnos al tema básico que la provee: relaciones seguras, amorosas, confiables entre las niñas y niños con sus cuidadores y cuidadoras.

LAS NIÑAS Y NIÑOS REQUIEREN PODER CONFIAR EN LA CAPACIDAD DE CUIDADO, SOSTÉN, RESPUESTA Y GUÍA DE SUS CUIDADORES. Perdonen que use mayúsculas, es para enfatizar, para que “suene” más fuerte.

Fuente: https://www.samitivejhospitals.com/en/self-quarantine-for-covid-19/

Esta capacidad de cuidado y sostén debe poder hacerse mirando las necesidades de ellas y ellos, tomando en cuenta su momento de desarrollo, las circunstancias que nos rodean y no solamente las necesidades del cuidador.

¿Qué pasa cuando el trabajo y las circunstancias de vida hacen que las frustraciones se sumen en un adulto? Aparece uno de los factores que favorecen el maltrato, maltratos de todo tipo y todos niveles.

La capacidad de mirar a Otros y Otras, de tratar de entender su mundo emocional, su sentir y sus necesidades implica poder hacer una pausa momentánea de esas frustraciones y de las circunstancias para poder mirar las circunstancias y las necesidades de esa persona, en este caso, de la niña y niño con quien estamos pero que es vulnerable en comparación con nosotros.

La maternidad y paternidad implican la posibilidad de poner por momento en pausa nuestras necesidades para poder contactar con esa otra persona que nos requiere y que nos llama.

Hay autores de la filosofía que dicen que cada vez que nos encontramos con alguien, ese o esa alguien “nos llama” en el sentido de que nos hace responsables de lo que hacemos para con él o ella porque, de alguna manera, siempre, siempre estamos, con nuestra mirada, construyéndole.

Si lo reflexionamos, ojalá lo hagamos, esto es más cierto que en ningún otro lado cuando hablamos de nuestra relación con las niñas y niños.

Si en este tiempo las presiones sociales nos hacen exigirle que “esté atento o atenta a la pantalla” (lo pongo así porque no estamos seguras de que ahí esté aprendiendo, sólo que se ocupe), que cumpla con la tarea, que no nos moleste, que no interrumpan nuestra lectura o nuestro trabajo, que no me pida leche, que no me pida “ven a jugar” porque estoy ocupada, cansada, frustrada, harta, independientemente de que debamos o no satisfacer todas esas necesidades, podemos hacerle sentir que somos incapaces de mirar su vulnerabilidad y, esa respuesta, muy probablemente, dejará huella.

Estaremos, entonces, perdiendo la posibilidad de ayudarle a construirse como un ser humano saludable. Antony Talarn dice que “nos hacemos personas con otras personas”. No somos hoja en blanco, pero los vínculos nos dan el terreno para construirnos. ¿Cómo es el terreno, el espacio, que brindamos a las niñas y niños en estos momentos? Tenemos que hacernos conscientes de eso.

Otra obviedad: no hay una única situación de pandemia en la experiencia de las niñas y niños. Vemos a niñas y niños que están sufriendo ahora, más que nunca, pobreza y dificultad para para para acceder al mínimo de necesidades básicas.

Sabemos que hay familias en las cuales trabajaban cuatro personas y tres perdieron el empleo y, ahora, la paga que recibe una, mala paga muchísimas veces, está siendo la única fuente para resolver las necesidades de 7 u 8 personas.

Entonces, tenemos que poder mirar más allá de la sola idea de que ese niño o niña tiene que estar en la escuela. Ojo, no estoy diciendo que no atendamos la importancia de la educación, sino que tendríamos que poder mirar cómo favorecer la situación total de la familia para que ese niño o niña al menos pueda jugar sin ser castigado. Porque desempleo, pobreza, frustración y hacinamiento son factores potencialmente disparadores de maltrato. No condicionante, disparadores potenciales.

Sabemos también de niñas y niños en situación de privilegio: ese privilegio económico que no necesariamente es emocional en todos los casos.

Ahora que escribo pienso que ya vivir una estabilidad mínima que permita a los padres y las madres no estar excesivamente angustiados por el futuro inmediato ya es un privilegio, aunque usemos este adjetivo en otras situaciones mucho más favorecidas en lo económico.

En alguno de estos casos, las familias reportan que para las niñas y los niños estar en pandemia ha sido una oportunidad de contacto. Incluso he escuchado a madres y padres contarme que las niñas y niños dicen no querer que acabe porque mamá regresará a la oficina, papá también y ahora han estado obligadamente cercanos, sin embargo, cuando el estrés aumenta, resulta difícil para las niñas y niños seguir manteniendo esto como un espacio de disfrute. Se vuelve un espacio de fricción. Ojalá podamos ver qué necesitan ellas y ellos.

En algunos casos, las circunstancias más favorables en lo económico han traído formas sutiles de abandono en el que las niñas y niños están entretenidos con la computadora, tableta, televisión y tienen poco contacto con esas otras personas significativas que le pueden ayudar a entender significados que les pueden ayudar a relajarse, a manejar la incertidumbre que también ellas y ellos experimentan.

Una persona me decía: “Sotanita tiene mucho miedo del COVID, tiene miedo de que se enferme y muera su abuela, llora cuando ve mucha gente en la casa, ya hasta la castigaron por amargarnos la tarde”. El temor a la muerte es una fuente importantísima de ansiedad en las niñas y niños cuando no se habla con cuidado de ella en el ambiente familiar. Ahora, ellas y ellos están escuchando noticias, algunos perdiendo personas cercanas o conociendo de gente querida por sus amigas y amigos que han caído enfermos cuando no ha sucedido en su misma familia.

Necesitamos ayudarles a procesar esto. ¿Cómo? Primero clarificando nuestros propios temores y cómo los enfrentamos, y simultáneamente, validando los temores de las niñas y niños. ¿Qué es validar? Reconocer que no son exageraciones, que su angustia es real, dejarle hablar de ella y ayudar a tomar acciones que generen la sensación de que hay algo que puede protegerle aunque no evite por completo el riesgo.

Además de poder generar conversaciones que le ayuden a clarificar significados, a procesar lo que estamos viviendo, las y los niños necesitan jugar. Jugar es un espacio en donde los niños pueden recrear su ansiedad, reconstruirla, entenderla, procesarla, cuando el estrés debido a la exigencia académica o a la exigencia paterna ante otras actividades genera que ellas no puedan tener sus espacios lúdicos, aumenta la ansiedad y con ello vendrán los síntomas.

Hay algo importante a recordar: en la infancia no se ha desarrollado la capacidad para autorregular el estrés y ansiedad, neurológicamente, madurativamente, no pueden contenerla. Las y los cuidadores somos quienes fungimos como auxiliares para eso, si acaso lo hemos desarrollado.

Las niñas y niños requieren cuidadores sensibles a las necesidades individuales matizadas por las circunstancias. No solamente que escuchen el discurso de lo normal en el desarrollo (y miren que soy docente en esa área), sino poder contactar con lo que necesitan para favorecer lo más importante de su desarrollo: la posibilidad de sentirse amados y ser felices.

No hay una sola historia de la infancia en medio de esta pandemia, cada una está matizada por circunstancias, pero está regulada por los padres y el grupo de apoyo que les rodea.

Por último, quisiera dejar algunas acciones concretas para favorecer el bienestar de las niñas y niños durante este tiempo.

  • Abrirles espacio para el juego libre.
  • Jugar con ellas y ellos, sin convertir el juego en un espacio de persecución o castigo, jugar por jugar.
  • Hablar, hablar, hablar. De la muerte si hemos perdido a alguien cercano, de la tristeza, de cómo nos estamos cuidando para protegernos. De las personas que extrañamos.
  • También podemos llorar y reír juntos y juntas. Debemos quitar la idea de que ser fuertes significa no mostrar que a veces lloramos y somos vulnerables. Justo para enseñar a las niñas y niños a mostrar sus emociones podemos modelarle que está bien sentirlas, nombrarlas, hablarlas. Obviamente, esto no significa ponerle nuestras emociones a ellas y ellos, si tenemos dificultades personales, de pareja, esas debemos procesarlas en los espacios de relación pertinentes, tratar de no depositárselas a ellos y ellas.
  • Acompañar los procesos de aprendizaje a distancia, pero tratar de no exigirles más de lo que su momento de desarrollo les permite hacer. También es importante dejarles experimentar su avance, que se sepan capaces, pero sin compararlos con ideales sin fundamento porque no tenemos parámetros en este tipo de enseñanza que estamos forzadas y forzados a experimentar.
  • Protegerles del maltrato, del descuido que les deja solas y solos sin poder procesar el momento que estamos viviendo y de las agresiones verbales y físicas.

Empezamos hablando del estrés de los cuidadores como un factor de riesgo. También hay que hablar que no está siendo fácil para nosotras y nosotros sobrellevar este tiempo, sabemos que los índices de violencia, separaciones, conflictos de todo tipo están a la alza. Tenemos entonces que pensar cómo ayudarnos. Y creo que algunas cosas dichas en favor de las niñas y niños nos pueden servir, así que para terminar, dejo algunas ideas:

  • Hablemos, hablemos y hablemos, para procesar esta situación necesitamos poder hablarla, pensar caminos, poder proyectarnos hacia el futuro pero identificar lo que nos pasa justo ahora. ¿Con quién?
  • Tengo en la imagen de un juego en el que participé con las y los estudiantes en la Universidad en la que soy docente.Brincábamos de sillas en sillas en la cancha de fútbol y, al final, yo no lo sabía, teníamos que dejarnos caer de espaldas en una red formada por los brazos entrelazados de algunos de ellos. Fue una experiencia que dejó huella. ¿Quiénes son tu red? Identifica con quienes te “puedes dejar caer”, puede ser nuestra familia, pareja, amigas y amigos o, si esto no es suficiente, una persona profesional. Pero busquemos esa red que nos puede sostener, que no nos regresa un “exageras”, sino que nos escucha, pregunta, incita a procesar y confronta si es oportuno.
  • Busca hacer algo que disfrutes, por tu cuenta o acompañada. Sería el equivalente de jugar, si es contacto con la tierra mejor, si es algo creativo estará súper bien.

Hay una última cosa que quiero decir en este artículo. Gracias. Gracias a todas las familias que, con todo el amor, están cuidando a las niñas y niños, que se están cuidando también entre sí y a Otras y Otros, porque al hacerlo están gestando una vida mejor para quienes les rodean pero, también, porque es gracias a ellas que puedo dar ideas de qué hacer para estar mejor. Son estas familias, muchas, las que nos enseñan cómo se cuida la salud mental.

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