Pensar en las emociones justas.

Este texto está inspirado en el libro La Política Cultural de las Emociones de Sarah Ahmed.

Pensar en las emociones no había sido tan insurreccional fuera de los marcos de la Psicología tradicional como lo es actualmente. Anteriormente, hablar de ellas era de manera unilateral al contemplar el papel de la singularidad al relacionarse desde las sensaciones y el comportamiento individual, no obstante, desde la llegada del giro afectivo en los estudios críticos de género y de la publicación del libro La política cultural de las emociones de Sara Ahmed,  devino una perspectiva sobre las corporalidades  inmersas en los fenómenos sociales, y sus implicaciones políticas, al aseverar que la sociedad construye objetos de sentimientos.

Desde la intervención de esos criterios revolucionarios, hay planteamientos interesantes que convendría intentar responder ¿Son las emociones del todo nuestras como tanto creemos? ¿Cómo se relacionan los sentimientos con las emociones? ¿Cómo puede el cuerpo ser tocado de manera diferente ante discursos de diferentes Otres? ¿Cómo los discursos trastocan los cuerpos erigiendo emociones espontáneas? ¿Podemos hacer un mejor uso de las emociones? Finalmente ¿Cómo es posible pensar en las emociones justas?

Para empezar, conviene destacar que las emociones son poderosas, y no sólo en el plano individual, el cual nos permite situarnos y desenvolvernos al ser características inherentes en nosostres; por tanto, hablar de manera aislada y pensarlas monolíticamente como rasgos psicológicos es acotar y eludir el papel que tienen ante el cariz de la corporalidad social, específicamente desde la construcción de discursos políticos. Por esta razón, Sara Ahmed menciona que pensar las emociones como política cultural es un estímulo a entender los acontecimientos que surgen al embestir procesos corporales de los cuales involucran afectos.

Cabe destacar que los afectos, como comienza a nombrarse ante las tesituras, hacen referencia a la capacidad individual de afectar y/o ser afectade por algo o alguien, sin embargo, ¿cómo se puede entender el papel y la fuerza de las emociones en las retóricas? ¿Cómo puede un discurso sacudir y hacer que las personas sientan sensaciones ante Otras?

Siguiendo un poco con la distinción entre emoción y sentimiento desde varios planteamientos desde la psicología, podemos evocar que las emociones son reacciones psicofisiológicas espontáneas; en cambio, los sentimientos parten de la interpretación que pueden ser regulados por los pensamientos y las emociones, las cuales son encarnadas por medio de las sensaciones y la experiencia.

Continuando con Sara Ahmed, las palabras se hacen pegajosas y los sentimientos se adhieren ante las personas en encuentros cotidianos, sin olvidar cómo se entreveran los discursos consensuados para la descripción de fenómenos o grupos de personas que han sido criminalizadas, caricaturizadas y dirigidas al ostracismo bajo una perspectiva del “extraño” al normalizar las injusticias sociales; de acuerdo con esto, es así como logran generar objetos de sentimientos como lo ha sido el racismo al ser un encuentro vivido y corporizado históricamente.

Por esta razón, el alcance de las narrativas forma parte de una discursividad. Recordemos que, para Foucault, el discurso no se remite únicamente al habla, sino a las condiciones históricas que la posibilita. Asimismo, se aglutina nuestra transición cultural por medio de las palabras, ya que la gramática, al ser heredada, posee contenidos simbólicos que, al atravesarnos, nos adjudican sensaciones asociadas a eventos que terminan por moldear la superficie de nuestros cuerpos al entrar en contacto con los objetos y las personas.

Un ejemplo claro es cómo la emoción del miedo opera en el imaginario social ya que uno puede temer aprendiendo a qué temer: Mientras más borrosa, ambigua y temerosa se presente la figura de “la persona extraña”, más cuerpos quedan atrapados en ese discurso. Así, el miedo se evoca por medio de una afirmación ontológica para asegurar la relación entre los cuerpos. No obstante, a pesar de que todos los cuerpos sienten miedo, existe una diferencia debido a la organización del discurso del miedo, asociada a la vulnerabilidad: la peligrosidad o la estratificación política, la cual hace que el miedo funcione para segregar cuerpos a través de movimientos o expansión hacia otros.

Para esto, Judith Butler habla sobre la relación entre vulnerabilidad, (in)justicia y los cuerpos precarizados al no ser considerados dignos de duelo. Por esta razón, el tema de reconocimiento y representación tienen un papel en las subjetividades, al hacer que la figura de algunas personas genere sensaciones ante los encuentros ¿O no fue lo que también le sucedió al “monstruo” de Frankenstein (el eterno prometeo) al enfrentarse a las caóticas consecuencias de vivir en un mundo donde las condiciones de supervivencia subyacen a partir de las sensaciones relacionales sobre la materialidad de los cuerpos? ¿Qué nos ha hecho creer que el “monstruo” fue el ser creado por el científico Víctor y no él mismo con sus pretensiones científicas?

La propuesta de Sara Ahmed versa sobre la manipulación emocional que se encuentra en las representaciones sociales de algunos cuerpos, a partir de mensajes políticos que se infiltran desde una ganancia, ya sea económica o simbólica, al convertir los sentimientos intangibles en armas poderosas, como pueden ser el discurso de odio, la repugnancia, la vergüenza ante les otres, la política del miedo, el amor al nacionalismo, etc.

Y para ello, ¿son las emociones del todo nuestras? Las emociones al ser intangibles nos dificultan su comprensión, sin embargo, sabemos que la tristeza, el miedo, la alegría, el asco, el miedo, entre otras, existen, y su apuesta por intentar apalabrar cada una de las sensaciones que generan es una forma de especificar los contenidos subyacentes y su extrapolación ante los encuentros con Otres.

Finalmente, la autora examina el papel de las emociones al responder a las injusticias considerando las políticas de duelo. Ya Judith Butler en Vida precaria (2006) había manifestado cómo operaban las emociones, al diferenciar las vidas legítimamente inteligibles —al ser consideradas dignas de ser amadas y lloradas— en comparación con las que carecían de representación simbólica y mediática. Sara Ahmed retoma este plantemiento desde un posicionamiento queer y feminista para aprender a recordar cómo les sujetes corporizados pueden estar herides y, al mismo tiempo, poder leerles sin ambages. Universalizar el dolor de cualquier pérdida, posiblemente, es un reto y revertir esta mirada y propuesta interseccional puede ser un aliciente desde los vínculos queer y (trans)feminismos críticos.

 

 

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Escribo por aquí y escribo por allá. Soy psicologue y a veces intento hacerle de activista. Tengo una mente curiosa, por eso me gusta el psicoanálisis, la filosofía y la teoría crítica. En las mañanas escribo y edito textos en una comunidad de psicologxs diversxs y en la noches me dedico a la clínica.

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