Patria, no: el país que ha hecho a un lado a las mujeres

“No amo mi patria. Su fulgor abstracto es inasible”, inicia José Emilio Pacheco con estos versos su poema Alta traición, seguramente tantas veces citado en estos días por quienes no se juntaron a beber disfrazados de bigote y sombreros, sino a degustar de los sinsabores reflexivos de verse “hijo” o “hija” de un país a veces difícil de amar.

Hace 25 años, el 18 de mayo de 1994 y unos meses después de la insurrección zapatista en el sur, México se convirtió en miembro de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE). Lo anterior debía suponer una importante mejora en políticas públicas y reducción de las desigualdades. Sin embargo, según el informe comparativo emitido por dicha organización “¿Cómo va la vida?” (2017), nuestro país se posiciona como el que tiene los mayores índices de desigualdad en el ingreso familiar. También, de los 34 países miembros, somos quienes tienen la tasa más alta de homicidios y la mayor percepción de inseguridad en la población, nuestra tasa de empleo es menor que el promedio de la OCDE al igual que la vivienda en sus tres indicadores y la esperanza de vida al nacer. En el mismo sentido, se muestran resultados bajos en educación y competencias.

En definitiva, estos datos son poco alentadores, pero ¿qué sucede cuando colocamos el lente de la perspectiva de género en ellos y le hacemos zoom?

Según el mismo documento, las mujeres en México tenemos una mayor desventaja que las mujeres de la zona de la OCDE en promedio, en cuanto al empleo, logro educativo y tiempo libre, en comparación con los varones.

Según el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) en su Global Gender Gap Report 2018 (GGGR 208), México se encuentra justo a la mitad del ranking de América Latina y el Caribe, es decir en el lugar 12 de 24, atrás de países como Nicaragua, Barbados, Cuba, Bolivia, Bahamas o Jamaica.

Para 2017, solo el 48% de las mexicanas en edad laboral (esto es entre los 15 y los 64 años de edad), participaba en actividades económicas. En cuanto al tiempo que hombres y mujeres le dedican al trabajo, se reporta que las mujeres invierten en promedio 10.10 horas al día y los hombres 9.6, esto sin tomar en cuenta el trabajo doméstico, donde las mujeres destinan un promedio de 29.8 horas semanales, mientras que los varones solo 9.7 horas, lo anterior según la Encuesta Nacional del Uso del Tiempo de 2014, que fue el último año en que se realizó. Además, el 57% de ellas desempeñan empleos informales en contraste con el 49% de los hombres que están en esta situación.

Hasta aquí, solo he presentado cifras que hacen referencia a la participación económica y oportunidades laborales de las mujeres en contraste con los hombres. Sin embargo, es importante recalcar que aspectos como la salud, los derechos sexuales y reproductivos, la violencia y la participación política también son significativos.

La violencia de género es la expresión más extrema de la desigualdad entre hombres y mujeres. Afortunadamente, en los últimos años, se han ido transformando las perspectivas de análisis y diseño de políticas públicas, que han dejado de considerarla como un problema de índole privado para vislumbrarla como un problema de salud pública.

Las mujeres son las principales víctimas de la violencia al interior de los hogares. De acuerdo a los resultados de la Encuesta Nacional sobre las Dinámicas de las Relaciones en los Hogares 2016 (ENDIREH), en México el 66.1% de las mujeres de 15 años o más, sufrió algún incidente de violencia emocional, física, económica, sexual o discriminación a lo largo de su vida: estamos hablando de más de la mitad de las mujeres a partir de 15 años. La violencia que tiene lugar en los espacios públicos o comunitarios, es sobre todo de índole sexual, que va desde frases ofensivas de tipo sexual y acoso, hasta abuso sexual. Uno de los principales problemas que enfrentan las mujeres ante estas problemáticas es la falta de diligencia de las autoridades para atender sus denuncias, la revictimización y por supuesto, la impunidad, musas inspiradoras de las pasadas protestas en las últimas semanas en nuestro país.

Cuando hablamos de la vida política nacional, aún se percibe poco protagonismo por parte de las mujeres. Esto no es menor, dado que en la esfera política se toman las decisiones que nos afectan a todas y todos. Por lo anterior es que la política ha sido culturalmente más relacionada y ocupada por varones y negada en muchos aspectos a las mujeres.

Según afirma la CNDH, en su Diagnóstico de la Participación Equilibrada de Mujeres y Hombres en los Cargos de Elección Popular en México (2017), continúan existiendo las brechas de género en la participación político electoral entre mujeres y hombres, para muestra, algunos ejemplos: ninguna mujer ha ocupado el cargo de presidente de la república; de 1979 a la fecha, solo se han registrado 8 mujeres gobernadoras; actualmente, la presencia de mujeres en las alcaldías es de 39 alcaldesas en contraste con 86 alcaldes. Actualmente, el gabinete de la presidencia de la república que consta de 27 secretarías e instituciones, es ocupado solo por 8 mujeres.

Es necesario enfatizar que cuando las categorías de género, raza, etnia y clase social se entrecruzan, las condiciones se vuelven aún más desiguales y la brecha más amplia.

Si bien, es justo reconocer que en México hay ciertos avances en materia de acceso a la educación y derechos civiles, así como en la mayor parte de América Latina, las condiciones de pobreza, violencia, corrupción y exclusión social acentúan las brechas de desigualdad ya existentes.

Como decía al principio de este texto, a veces resulta difícil amar y celebrar este país, más siendo mujer. Desde hace algún tiempo, estas fechas invitan a cuestionarme sobre el significado de esa palabra tan gastada: patria.

Me gusta quedarme con las palabras de la poeta Carmen Boullosa en “Ya no le echen tierra”: “Patria no: Tierra mía./ Hermana que sólo en ti cumplió mi cuna./ Sangre de mi sangre, padre de mi padre,/ madre de mi madre y de mis abuelas,/ amiga y enemiga,/ el escorpión y su nido de que habló Paz”.

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Soy psicoterapeuta, docente universitaria, cantora, feminista y mamá.

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