No siempre puedo salvarme sola

-Atina

En marzo del año pasado fui víctima de sextorsión y violencia digital. Me contactaron para intentar conseguir dinero y/o contenido sexual íntimo mío, a cambio de no subir mis fotos íntimas a páginas de internet o hacerle llegar a mi familia. Al no acceder, evidentemente y sin mi consentimiento, reprodujeron dicho contenido; siendo esto el principio de un proceso duro y muy complicado.

 Ninguna mujer está lista para atravesar algo así y lo digo con toda seguridad; porque afortunadamente tenía algunos conocimientos en violencia digital, quiero decir que sabía qué hacer, los pasos a seguir, si algún día me topaba con ser yo la víctima. Tenía claro que nunca somos las culpables, que no deberíamos sentir vergüenza por haber ejercido nuestra sexualidad y que unas fotos no nos definen, pero cuando llegó el inesperado momento de aplicar lo que sabía, lo único que mi cuerpo me permitía hacer era llorar y esconderme del mundo.  Pasaron por mi mente muchas cosas y se convirtió en una guerra interna con lo que sabía que no debía de sentir y con lo que en realidad me estaba atravesando.

Me gusta pensar que fue el inicio de un camino por una carretera que al principio se hundió y se llenó de baches, que estaba llena de curvas, unas más cerradas que otras, y que con el paso de los días me aproximaba a mi primera parada: hacer mi denuncia. Tomar esta decisión implicó entre otras cosas: el reconocimiento del privilegio que en ese momento tuve, la posibilidad de que lo que me pasó fuera considerado delito, pues me tocó vivir de cerca con amigas que también pasaron por esto y que en su momento tuvieron que enfrentarse con la equívoca idea de que no había nada que hacer y nadie a quien responsabilizar. Denunciar fue mi primer choque de realidad, sentirme expuesta y vulnerable cuando tuve que soltar por primera vez entre lágrimas las palabras que armaría mi versión (y la única) de los hechos. Al haber estado un par de horas explicando que nunca di razones para que me hicieran esto, y al terminar de firmar lo que tenía que firmar, recuerdo salir ese día de la Fiscalía y pensar ¿Ahora qué? y pues ahora tocaba lo más importante: yo.

La fiscal que atendió mi denuncia me había recomendado asistir a una sesión de terapia que además ayudaría a la investigación, pues serviría para medir mi nivel de daño y afectación, y este fue mi primer encuentro con el acompañamiento psicológico. 

Haber entrado y haber salido de ese lugar me dio la sensación de que a la carretera rocosa, de la que les hablaba, le habían echado un poco de cemento y aplanado; y me permitía caminar tranquila por unos días. Y así seguí avanzando, no contenta ni orgullosa, pero con mucha más calma que los primeros días en que la rabia y la tristeza eran más fuertes que yo y no me permitían dar pasos con claridad.

Iban pasando los días sumamente lentos y me tocaba hacer frente a situaciones de ciberacoso: mis solicitudes de amistad en varias redes pasaban los números 80 al día, mensajes y en algún momento hasta un desconocido que hablaba por teléfono. De pronto, en un encuentro (suficiente irritable) donde una de tantas personas se acercó a preguntarme por la situación o ponerme sobre aviso (como si no supiera), exploté. Salí corriendo de donde me encontraba y me fui a casa a sacar mi frustración y en esos minutos de crisis, de sentir que ni yo misma reconocí como estaba actuando, que estaba fuera de mí y que no tenía control sobre lo que estaba sintiendo y de mi reacción ante ello; me llevó a pensar que la carretera se me estaba cerrando y yo me quedaba atrapada ahí…

Entonces en un segundo de cordura, recurrí a mi persona segura, la que más calma me da cuando las cosas van mal, quien prendió el foquito que me recordaba que la terapia podía ser un lugar certero para entender que estaba pasando. Y así sucedió el paso más importante que he dado en este proceso. Decidí no caminar sola, y acompañarme por una psicóloga, quien desde el día uno fue quien me ayudó a encontrar en mí misma las herramientas para ir aplanando mi carretera, y conseguir dentro de mí los amortiguadores que necesitaba para soportar las caídas.

Cada sesión ha significado descubrir fortalezas que no sabía que tenía, ha implicado conocerme, aprender a identificar cada una de las emociones que me calan, dejarlas sentir por difíciles que sean y hacerme cargo de ellas. 

Ir a terapia ha sido sentirme imparable, fuerte y vulnerable simultáneamente, ha comprendido mirarme en mi espejo y ver algo más que esas fotos, ha sido admitir este suceso como algo real que es y seguirá siendo parte de mí, aceptar y perdonar a quienes no reaccionaron como yo hubiese querido y además agradecer su esfuerzo, se ha convertido en una autoreconstrucción en seguridad, confianza, y la autoestima que destruí, ha sido ir acompañada, entendida y cuidada. Cada reunión con mi psicóloga ha requerido redibujar un panorama que yo misma pinté negro y oscuro, pero, sobre todo, ir a terapia ha comprendido reconocer que no soy mi super heroína y que no siempre salvarme sola, que la compañía adecuada crea soportes firmes sobre los cuales podemos seguir creciendo, y hoy por hoy, siguen sin alcanzarme los días para agradecer(me) a quienes fueron impulso de haber tomado esa decisión, y por supuesto a mi psicóloga. La terapia me salvó de mí misma.

Mi intención no es hacerles creer que el panorama puede ser muy desastroso o, por el contrario, muy tranquilo. Mucho menos que tiene que ser igual al mío. Lo que espero es transmitirles a otras mujeres que no tenemos que pasar solas por situaciones difíciles, haber sufrido violencia en cualquiera de sus vertientes es lo suficientemente amargo y doloroso como para cargar con ello solas. Que es importante dejarnos ayudar, y elegir el camino del autocuidado para sanar integralmente de las cosas que nos hacen daño.

Hoy sigo teniendo miedo a algunos qué dirán, pero el qué dirán más importante siempre fue el mío y lo empiezo a ignorar.  Así que sigo caminando en esta carretera y aunque el camino sigue siendo desconocido y difícil, supe pavimentar un poco las calles, agarré una linterna y me preparé para seguir viviéndolo, llevando la terapia como bandera.

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