No se olvida, no olvidamos

La semana pasada se cumplieron seis años de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, hecho que me llevó a recordar algo que hice —o más bien no hice— en secundaria, días después de lo acontecido: nos habían permitido en la escuela que llevásemos ropa negra en lugar del uniforme, siempre y cuando escribiéramos un texto explicando qué había pasado y por qué “estábamos de luto”. Yo, así como muchas otras personas del salón, nos emocionamos tras escuchar que podíamos no llevar uniforme un día; el ánimo se volvió casi nulo tras escuchar que para ello debíamos justificar —con tal de entender y dimensionar— la razón por la que lo haríamos.

Al final, sólo unas cuantas personas de mi generación lo hicieron, pero eran mínimas. Yo terminé no escribiendo nada. Me ganó la flojera, no estaba motivada para investigar y prefería llevar el uniforme a hacer una tarea “extra”. Ahora, pensándolo y repensándolo, me siento mal por haber tomado esa postura, por haber tenido como motivación no llevar el uniforme (y ni así investigué) en lugar de tratar de comprender los acontecimientos. Intento aferrarme inútilmente al hecho de que tenía quince años. No es ni era, para infortunio de esa Diana, una excusa válida. Es cierto que —con quince años— idealmente no me tendría que preocupar por cosas tan serias e importantes, pero quiera o no, queramos o no, es una realidad que nos toca vivir. Era una realidad que me tocaba vivir, aunque no fuera consciente en ese momento. La realidad es que el Estado mexicano violenta reiterada y constantemente a la población.

No pretendo hacer un recuento de los alarmantes acontecimientos ya mencionados, sino más bien una reflexión personal a partir de ello, porque esto sigue sucediendo y este periodo de represión y violencia se ha mantenido por más de 60 años —pues no empezó con Tlatelolco— y es imposible ignorarlo.

La criminalización de las protestas, la represión de las manifestaciones y en general, la violencia ejercida hacia la población, parece ser un sello fijo del Estado mexicano, sea cual sea el partido en turno. Pasó con Díaz Ordaz en el 68, con Echeverría en el Halconazo y, más reciente, con Peña Nieto en Ayotzinapa, los tres del PRI; sucedió en Atenco con Fox y la “Guerra contra las drogas” de Calderón, ambos del PAN; ahora lo vemos con AMLO, de Morena, y su insistencia del uso de la Guardia Nacional para todo, militarizando al país y protegiendo monumentos de pintas feministas mientras que les echan gas lacrimógeno a personas de la caravana migrante.

Hace apenas unas semanas, un camión de policía atropelló a un grupo de estudiantes en Tiripetío, Michoacán, quienes se manifestaban para exigir la liberación de presos políticos. El lunes 28, policías de CDMX utilizaron gas lacrimógeno contra feministas durante la movilización por la despenalización del aborto. La Guardia Nacional asesinó a dos personas en Chihuahua luego de un enfrentamiento por las protestas por el agua. Y estos son sólo unos ejemplos del último mes, que ponen en evidencia la postura del Estado ante concentraciones de la sociedad civil.

Fotografía: Quetzalli Nicte Ha

La investigadora y docente Eugenia Allier Montaño, en una conferencia, divide en periodos los distintos momentos de violencia que ha ejercido, permitido o fomentado el Estado mexicano, donde en cada etapa hay una forma de violentar los derechos humanos que se vuelve hegemónica. Es el segmento, violencia generalizada, cuyo inicio se marca en 2006, el que ella considera como el actual mencionando que “ya no se trata de distintos momentos o de formas específicas”, sino de abusos generalizados que han desembocado, entre muchas otras cosas, en miles de asesinatos y desapariciones a lo largo y ancho del país.

Me parece una clasificación acorde, y no es una cuestión que se haya detenido con la pandemia. Las constantes violaciones y abusos por parte del Estado permean a pesar de todo, y las exigencias de la sociedad se ignoran y deslegitimizan. No se proponen —y mucho menos se llevan a cabo— soluciones reales y factibles para acabar con la violencia contra las mujeres en el país; no se escucha a los pueblos originarios, se simulan consultas y atropellan derechos; se ignora la gran cantidad de agresiones cometidas contra personas LGBT+; se tacha de “delincuentes” a estudiantes, terminando en asesinatos como sucedió en Monterrey durante la presidencia de Calderón. Los criminales quedan impunes, tanto funcionarios como violadores y acosadores sexuales.

Hoy se cumplen 52 años de la Matanza de Tlatelolco. Hoy, día en que se conmemora este trágico evento, la marcha se suspendió debido a la contingencia sanitaria y solo se hará un mitin de acuerdo a lo anunciado por Comité 68, pero eso no significa que olvidemos esta y otras muchas represiones sistémicas por parte del Estado. Hasta hoy seguimos y seguiremos buscando y exigiendo respuestas, verdad, justicia y reparación; por los estudiantes y por todas aquellas personas que el Estado violenta día a día; por las madres y padres de familia que se organizan para buscar a sus hijos e hijas desaparecidas; por las personas activistas que son criminalizadas por su labor; por quienes ejercen el trabajo periodístico y terminan siendo silenciadas. Viven en nuestra memoria y no podemos permitirnos olvidarlos.

Estudio Comunicación Social y prefiero escribir antes que hablar. Considero que es muy importante realmente escuchar a las demás personas para así aprender de ellas.

Me gustan los libros de fantasía y las series de ciencia ficción de los 60’s. La mayoría de mis series favoritas están subestimadas.

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