New Year, New… War?

Qué manera de empezar el año nos regaló el siempre controversial presidente, Donald Trump. El año apenas empezaba y Trump ya había ordenado un operativo que culminaría en la muerte del poderoso funcionario iraní, Qasem Soleimani. Las noticias, el alarmismo en medios, y hasta los memes, no se hicieron esperar; todo esto debido a la idea de que se desataría una guerra gracias al intrépido paso que Estados Unidos dio. Dedicaré esta breve columna, no a opinar a fondo sobre la crisis regional –pues no me considero preparada para ello, dado que el contexto de la región es de por sí complicado y ameritaría alguna especialidad para ser explicado–, sino a contextualizar un poco, en términos gruesos, el rumbo de la política exterior de Estados Unidos y cómo esta crisis se inserta en este camino.

Para la lectora o lector interesado en contextualizarse sobre la crisis entre Estados Unidos e Irán, recomiendo un artículo de un querido compañero y amigo, así como dos hilos en Twitter escritos por Mauricio Meschoulam (internacionalista con enfoque en terrorismo y Medio Oriente) y Yashar Ali (periodista enfocado en Medio Oriente). Para quienes quieren digerir algo mucho más rápido, recomiendo también el hilo de mi querida compañera, Karla Torres, quien acertadamente buscó también sintetizar lo que ocurría.

Dicho esto, comienzo a trazar. Primeramente, quiero sentar algunas bases sobre las que erigiré el análisis. Primero: que la crisis entre Estados Unidos e Irán debe de entenderse en el contexto de la región de Medio Oriente. Es decir, que no es una crisis únicamente bilateral, sino que en ella se encuentran conectados diversos intereses y problemas regionales. Esto, por supuesto, nos lleva a afirmar que hay más países que tienen intereses y se ven afectados por ella también (por ejemplo, Irak). Segundo: que el asesinato de Qasem Soleimani es la punta de un iceberg de sucesos que preceden al mismo Trump, y que incluso lo trascienden. Es decir, probablemente esta movida no es únicamente una estrategia electoral o para alejar el impeachment de la conversación; sino que tiene más elementos de fondo. Tercero: que el mundo ya no debe de ser analizado en términos del siglo pasado. Si bien podríamos encontrar elementos transversales, la verdad es que el paradigma de este mundo ya no se parece al de la Guerra Fría, y, por lo tanto, las respuestas de las potencias ante las crisis ya no serán iguales a las que ocurrieron durante la Guerra Fría y post Segunda Guerra Mundial. Cuarto: que la política exterior de cualquier país responde, en gran medida –pero ojo, no únicamente–, a cuestiones domésticas; y que específicamente la política exterior de Estados Unidos casi nunca es establecida únicamente por el presidente, pues hay una serie de grupos de poder al interior que también tienen injerencia en la línea de política exterior.

Con estas bases establecidas –que son totalmente debatibles; únicamente están puestas con la intención de aclarar los argumentos sobre los que analizo–, sigo. En muchos casos, la política exterior de Estados Unidos se ha caracterizado por algo que se conoce como Forever War Policy o Endless War Policy. Este tipo de política exterior se caracteriza por tener presencia militar en diversos puntos del globo, en estar entrometido –militarmente– en zonas de conflicto ya sea directamente o a través de recursos y apoyo a aliados (proxy wars). Directamente, como fue el caso de Vietnam (1955-1975) o de Irak (administración de Bush hijo); a través de aliados, como fue el caso de Siria durante la administración de Barak Obama –no se limite el lector o lectora a estos casos; son únicamente ejemplos que reflejan toda una estrategia de política exterior–. La Forever War Policy ha sido controversial al interior de Estados Unidos, pues supone un porcentaje importante del gasto público; pero, al mismo tiempo, el electorado sigue considerando necesario la presencia militar de su país en el extranjero. Recomiendo el artículo de Defense One a fin de ilustrar cómo ha evolucionado la preferencia de los estadounidenses frente a este tipo de política exterior. Entre los puntos relevantes de ese artículo, resalto uno importante: la mayoría del electorado estadounidense ya no prefiere enfrentamientos militares directos y prefieren únicamente presencia militar y lucha contra el terrorismo. En otras palabras: ya no quieren guerras, pero sí quieren presencia militar. A esto también podemos sumar que antiguas figuras que solían respaldar la Forever War Policy, como los famosos hermanos Koch y George Soros, ahora tienen otra agenda en mente.

Dentro de la incertidumbre en la que esto nos sitúa, algo es seguro: que no podemos predecir. Lo que sí podemos hacer es vislumbrar posibilidades. La posibilidad de una guerra directa entre ambos países es remota, debido al costo monetario y político que representaría en Estados Unidos y también a que Irán no tiene muchas posibilidades en una guerra directa. En un mundo tan multipolar, es difícil que un conflicto entre potencias escale a tal magnitud. Lo que sí es posible, es una serie de enfrentamientos pequeños, de atentados e incluso de apoyo a aliados en conflictos regionales ya en curso. Es decir, la respuesta que hoy las potencias dan no es la de enfrentamientos armados directos que terminan en nuevas fronteras. Hoy, los conflictos son de drones, de sistemas, de guerrillas y de grupos nacionales revolucionarios financiados por potencias tras bambalinas. Esto no es menor, pero categorizar es crucial para comprender consecuencias y alcances. Cabe también mencionar que una de las consecuencias de estos conflictos regionales en los que se intersectan problemas domésticos con intereses internacionales como lo es Siria, es la movilización de masas que se da. Hay que decirlo: la crisis de refugiados en Medio Oriente y África tiene sus raíces, entre otros factores, en crímenes de guerra que se cometen en medio de conflictos armados en los que no se respeta a la sociedad civil.

Estados Unidos cambia la forma, pero mantiene su esencia de siempre en política exterior: la potencia que busca presencia en todos lados erigiéndose como paladín de la democracia. El argumento de la geopolítica y el de la seguridad internacional opacan a cualquier otro argumento que se les contraponga. Bueno, y el interés comercial disfrazado casi siempre de geopolítica. Y mientras el electorado y los poderes fácticos juegan también un papel importantísimo para determinar los pasos a dar, la sociedad civil de los países en los que están los conflictos –porque la sociedad civil estadounidense, claro está, no–, es la que paga el precio más alto de las decisiones de Estado. Y es que, si bien la posibilidad de guerra directa es remota, la verdad es que eso no significa que las consecuencias sean menores. El problema con la política exterior no es la forma, es el paradigma. El paradigma de La Carga del Hombre Blanco o The White Man’s Burden. Este anticuado, racista e imperialista concepto del mundo. En tanto este paradigma no sea sustituido, la política exterior estadounidense difícilmente cambiará su esencia –aunque sí su forma–. Si bien, la Forever War Policy puede encontrarse en cierto declive y los enfrentamientos ya no son directos como antes, debido a los motivos ya mencionados, la verdad es que la misma negligencia que observamos en Bush Jr. en Irak, es similar a la negligencia de Donald Trump en Irán.

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Tengo 22 años, estudio Relaciones Internacionales y vivo en la Ciudad de México.

Los temas que me gustan son: democracia, elecciones, feminismos, desigualdad, relaciones Norte-Sur y América Latina. Aunque advierto que esta parte está en constante cambio.

Aquí escribo mis opiniones y mis preguntas.
“Hasta que la dignidad se haga costumbre”.

En Twitter: @noeliajmz

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