Naomi Osaka: un puente hacia la modernidad de Japón

“Teníamos que ser vistos, porque no podíamos ser escuchados.” Tommie Smith, 1968

 

Adicional a su factor heróico-competitivo, los Juegos Olímpicos han sido un evento que, debido a su exposición, ha resultado ser la plataforma de diversas protestas y movimientos que buscan visibilizar un reclamo desesperado tanto de las y los deportistas, como de la sociedad que los hospeda. La bandera irlandesa que izó O’Connor cuando tuvo que competir bajo la bandera de Gran Bretaña en Atenas 1906; el Black Power Salute de México 68; las protestas de Liberación del Tíbet en Beijing 2008; o el etíope Feyisa Lilesa cruzando sus muñecas en alusión a la población Oromo en Río 2016, han sido algunos de los llamados al cambio en materia de derechos humanos. A una semana de su inicio, Tokyo 2020 ha mostrado acciones con reclamos feministas y otras que buscan reivindicar la salud mental como prioridad; sin embargo, desde el momento en que se incendió el fuego Olímpico existe otro movimiento que fue impulsado desde una figura gubernamental y muy al estilo japonés: de manera tan sutil como poderosa.

Naomi Osaka es una jugadora de tennis profesional de madre japonesa y padre haitiano. Nació en Osaka, Japón y a los tres años se mudó a Valley Stream, en Nueva York, donde desarrollaría sus habilidades tenísticas. Osaka es la primera persona Asiática en ser rankeada como No.1 en su rama profesional de tennis y es la primera Japonesa en ganar un Grand Slam. En toda Asia, donde existe una cultura de meritocracia y se enaltece el esfuerzo desde una dimensión social, Naomi Osaka es verdaderamente una superestrella altamente respetada. Por esta razón, el hecho de que fuera portadora de la antorcha olímpica podría entenderse como un derecho inobjetable; pero el que se le haya otorgado el honor de  encender el pebetero de los Juegos Olímpicos de Tokio, engloba un significado mucho más amplio.

Osaka, ante el pebetero, en la inauguración de los Juegos. REUTERS

No es ningún secreto la noción que el mundo tiene acerca de lo hermético de la cultura japonesa. En mayor o menor grado, es cierto que ante una nación de bagaje espiritual tan profundo, el público foráneo -especialmente occidental- no tiene más remedio que asomarse e interpretar lo inmenso para tratar de entender sus múltiples manifestaciones. En cuanto a su tradición histórica, también es cierto que Japón guarda una estrecha relación con el sakoku, que reduciría al mínimo las relaciones comerciales y culturales con otras naciones y evitaría cualquier contacto con personas extranjeras. Si bien fue una política de estado en el S.XVII, no fue hasta la Era Meiji (1868-1912) que dejó de ser ilegal para las y los japoneses abandonar Japón, control que fue factible gracias a que el país en cuestión es una isla. Ante este contexto político, geográfico y espiritual, es natural la baja exposición y escasa mezcla cultural que los habitantes han tenido con otras naciones, y la decisión del Comité Olímpico Japonés de hacer de Naomi Osaka la imagen de sus J.O. no puede ser más que revolucionaria: esta decisión valida su nueva realidad y dota de pies a la cruzada por identidad interracial* en Japón.

Con un gesto elegante, silencioso y definitivo, calló abruptamente el ruido que acosa repetidamente a miles de Osakas alrededor del mundo: “¿Esa chica negra, se supone que es japonesa?”,  “¿de dónde eres realmente?”, “No pareces japonesa” , “No lo creo”. Transformó una lucha individual en una colectiva, donde cualquier resolución requiere fundamentalmente de un replanteamiento y revalorización menos obvia de lo que conforma la identidad nacional.

Aun cuando el conflicto de identidad es cada vez más presente en un mundo con mayores conexiones tecnológicas, personas migrantes y reclamos contra la discriminación, lo que es realmente impresionante del caso Japonés, es que el estándar a seguir en materia de derechos humanos provenga desde una posición de poder, e invita a la reflexión del verdadero rol de un gobierno: aquel que debe ser capaz de habitar su historia y trazar una clara trayectoria hacia el futuro. Japón nos recuerda que la capacidad de resguardar la dignidad de sus ciudadanos, conforma la grandeza de una nación, y los próximos meses y años evidenciarán si la población respondió al llamado a la modernidad.

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Hola! Soy Ingrid, mucho gusto. Soy del 97, estudio economía en el ITAM y estaré trayéndoles temas deportivos.

Aún cuando el tennis es el gran amor de mi vida, le he dedicado al fútbol buena parte de ella. Soy admiradora de Federer, Nole y del polémico Kyrgios. Disfruto estar al aire libre con mis plantas o perros y me apasiona aprender historia y cultura de otros países, en particular de Asia Oriental.

Realmente espero que en mis artículos encuentren algo nuevo o que provoque en ustedes curiosidad, inconformidad o cualquier elemento que podamos discutir. Ansío conocerles y platicar con ustedes!

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