¿Por qué militar desde el feminismo y no desde lo LGBT+?

Hace un par de años quizás, algunas mujeres de la diversidad sexual encontraron su primer refugio en el colectivo LGBTTTIQ+, al reconocerse o acuerparse como bisexualas, lesbianas, pansexualas, etcétera. Sin embargo, hay pocas mujeres de la diversidad que activamente participan en los frentes de las luchas desde lo LGBTTTIQ+ y es más raro aún que una de ellas sea portavoz.  Puede que muchas de las que empezaron su reconocimiento en estos espacios ahora lo hagan desde el feminismo. ¿Qué hará que las mujeres que somos de la diversidad acuerpemos la lucha desde el feminismo y no desde lo elegebeté?

Hay muchas críticas y muy diversas, quizás siendo la más común que la comunidad LGBTTTIQ+ es acaparada por hombres gay, que prácticamente deja invisible a las demás letras. Hay un secuestro de los movimientos elegebeteros por parte de una serie de identidades de la comodidad, del privilegio, capturadas en alianza con el capitalismo y complicidad con las instituciones, los partidos, los medios de comunicación; y que normalmente no sólo son hombres gays, sino que también son cis, blancos, con una cierta capacidad económica.

Todo esto choca de manera directa con el feminismo, que en su raíz es anticapitalista, pues es un modelo que sabemos de los daños que causa. Con un movimiento tan de la mano con el capitalismo, no es de extrañar que prácticas como la alquilación de vientres sea un reflejo del uso del cuerpo de las mujeres por hombres (el patriarcado también está instalado en el colectivo gay).

Algo que también es importante recalcar es que, desde que nacemos, se nos entrena en una capacidad androcéntrica de amar. Para los hombres, no es nada raro amar a otros hombres, aún si no pertenecen a la comunidad. El pacto patriarcal siempre hace que, aún siendo heterosexuales, idolatren y amen a otros hombres: deportistas, cantantes, científicos o políticos.  En cambio, la existencia —feminista, lesbiana— se hace política al ir en contra de todo esto, al habitar la experiencia del querer(se) y la experiencia del amar(se) entre mujeres, es romper con el entrenamiento androcéntrico de amar, es politizar nuestros afectos. 

No es nada raro que este pacto de amor a otros hombres también se refleje en la misoginia dentro del mundo gay, misoginia escondida en lo que conocemos como plumofobia, donde la performatividad es aceptada siempre y cuando no adopte rasgos “femeninos”. 

Creo que, en los discursos identitarios, no es raro que las mujeres que navegamos en los mares de la diversidad sexual, nos sintamos más abrazadas, escuchadas y acompañadas en el feminismo que en lo elegebeté, pues, además de liderar con el rechazo que puede conllevar ser de la diversidad, también nos enfrentamos a la opresión de ser mujeres en un mundo heteropatriarcal. Algo que el movimiento feminista ha logrado y sigue avanzando es en el abrazar múltiples diversidades y luchas: el feminismo negro, hispano, decolonial y ecológico que intenta acuerpar a las diferentes consignas y, sin embargo, siempre sigue el pensamiento de “aún no estamos todas”.  Esta es práctica que difícilmente el movimiento LGBT integre si no se cumplen con un estándar dado de pertenencia.

No es raro que muchas de nosotras optemos por donde genuinamente se lucha por nuestras vidas y no por el hito de “visibilidad” del movimiento LGBTTTIQ+, pues, para llegar a esa visibilidad, necesitamos entrar también en un pacto patriarcal, el cuál estamos luchando por erradicar.  

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