Me cuidan las mujeres de mi vida

La pandemia, entre muchas otras cosas, ha significado un proceso de autoconocimiento que, aunque pesado, ha valido toda la pena por las posibilidades que me ha abierto. Como parte del mismo, un día me di cuenta de que casi todo lo que valoro en mi vida ha sido patrocinado por mujeres increíbles a las que amo y admiro profundamente. Siempre me he sabido muy afortunada por las personas que me rodean, pero es, quizá, hasta ahora —y, sin duda, gracias al feminismo— que reconozco el gran mérito que tienen las mujeres de mi vida en todo el camino recorrido y la forma en la que se la han pasado haciéndome bien, brindándome fuerza, enseñándome y acompañándome con montones de ternura y sabiduría. Por ello, en este texto quiero intentar mencionar y agradecer a todas y cada una de ellas, pues, aunque continuamente les digo lo mucho que las amo y cuánto las valoro, creo que es importante recordarlo y dejarlo establecido en palabras que todas podamos atesorar.

En primer lugar, por supuesto, las dos mujeres más importantes de mi vida: mi mamá y mi tía. Mis dos mamás, pues. Las personas que más me han enseñado sobre amor incondicional, lealtad y entrega. No conozco a seres más fuertes y amorosos que ellas y jamás podría terminar de agradecerles todo lo que su presencia ha aportado en mi vida; todos sus cuidados y, sobre todo, la enorme dosis de tiempo entregado. No quiero romantizar la cantidad de cuidados que han tenido con mis hermanos y conmigo porque sé que mucho se ha debido a la injusta distribución de las tareas del hogar y a que han estado trabajando por años para su familia sin recibir a cambio una remuneración, sin embargo, sí quiero agradecerles y hacerles saber cuánto valoro todo su esfuerzo, cansancio y cariño. De toda mi dotación inicial de vida, ellas son, sin duda, lo más bonito y me siento muy suertuda por llevarlas presente en cada pasito, por atesorar tanto aprendizaje compartido y, sobre todo, por poder seguir formando un equipo indestructible con ellas.

Mis amigas, por otra parte, podrían aparecer una y mil veces en esta lista y ni un millón de textos me parecerían suficientes para agradecerles. Su ternura, comprensión y lealtad absoluta han sido esenciales en mi crecimiento y no puedo dejar de pensar que sin su presencia yo sería alguien muy diferente que carecería de un montón de cualidades valiosas, pues ellas me han enseñado mis favoritas.

Mis amigas me han curado desde una gripa hasta un corazón roto; han estado presentes en los días más felices, pero también en los más tristes; han descubierto los rinconcitos más escondidos de mi persona y, del mismo modo, me han permitido hacer lo mismo con ellas; me han enseñado desde microeconomía, hasta responsabilidad afectiva y, entre muchas otras cosas más, me han demostrado que cualquier plan —desde una sesión de Netflix Party, hasta un viaje organizado con muchos meses de anticipación— es mejor si lo vivimos juntas. Creo firmemente que una de las formas más puras del amor se forma con ellas tejiendo redes de sororidad, hablando de cualquier tema sin miedo, acompañándonos, cuidándonos y, en general, teniéndonos presente. La amistad, como este compromiso firme de presencia y empatía, ha resultado de lo más gratificante de mi vida gracias a ellas y hoy, una vez más, confirmo que las amigas no sólo cuidan… las amigas, más allá de todo, salvan.

Vía: @ariesdestrella

Mi psicóloga, a quien le debo lo más importante de mis días actualmente: mi estabilidad emocional. Coincidir con ella es de las cosas que más agradezco en el mundo; no sólo porque me ha ayudado a poner orden, en general, a toda mi vida, sino porque lo ha hecho desde un lugar que pretende apoyarme haciéndome entender que todas nuestras acciones y decisiones tienen un contexto estructural y sistemático; que mucho de lo que vivo, siento y pienso como mujer lo hago determinado por motivos mucho más grandes que yo —como la socialización femenina y los roles de género— y que, sobre todas las cosas, mis emociones son válidas, aunque a veces ni yo misma lo reconozca.

  1. no sólo es la persona que más me ha enseñado sobre responsabilidad afectiva y amor propio (procesos que llegaron a mi vida revolucionando y mejorando todo a su paso) sino que, más allá de eso, es también quien mejor me ha demostrado que la ternura radical es posible (y necesaria) para generar cambios. No se lo digo muy seguido porque nuestra relación suele ser muy profesional, pero ella es, sin duda, de las mujeres más importantes de toda mi historia; alguien a quien admiro profundamente y quien se ha ganado todo mi cariño. Mi psicóloga es la mujer que mejor me ha enseñado a amarme y eso, sin duda, es lo más bonito que alguien ha hecho por mí.

Mi asesora de tesis, la profesora a la que más admiro y quien ha sido pilar en mi educación durante los últimos años. Aún recuerdo la primera clase que tomé con ella porque me estaba ahogando de miedo con tantos comentarios que había escuchado sobre lo estricta y dura que podía ser; su materia me aterraba de mil formas distintas, pero, ahora que veo hacia atrás, la sigo eligiendo como una de mis favoritas. A ella le debo no sólo la enseñanza dentro del aula (que fue mucha) y la pasión por ciertos temas de economía, sino, también, los largos minutos de escucha y paciencia en su oficina, pues, cuando sentía que no podía pasar ni un día más en esa universidad, ella se detuvo para interesarse por mí como persona, antes que como estudiante, y me hizo sentir sumamente comprendida en medio de tantas dudas. Así lo ha seguido haciendo hasta la fecha y, después de pasar cuatro años siendo alumna de un lugar que continuamente refuerza el terror psicológico por medio de la educación, agradezco muchísimo haber coincidido con alguien que continuamente se esfuerza por hacerme saber que está para apoyarme y no para juzgarme.

Más allá de todo lo vivido juntas como profesora-alumna y asesora-tesista, a ella le debo el constante recordatorio de que las mujeres somos MUCHO MÁS que sólo madres o esposas; que podemos ser grandes profesionistas, e investigadoras; que podemos ser mucho más que aquello en lo que nos enfrascan y, también, que somos mucho más que lo que se dice de nosotras cuando somos estrictas y duras con otras personas, pues no somos malas, ni estamos amargadas, sólo estamos estableciendo límites y, aunque nos hagan pensar lo contrario, eso no tiene nada de malo.

De manera más general, todas las mujeres que se cruzan por mi camino día a día. Aquellas a las que he conocido por redes sociales y que me han enseñado mucho en poco tiempo; con quienes comparto espacios de lectura, aprendizaje, y lucha; con quienes me he apropiado del espacio público en marchas y quienes me han acuerpado con toda la valentía y fortaleza del mundo. No podría alcanzar a describir cuánto las admiro, pero sí puedo alcanzar a reconocer que la manera en la que me inspiran es tan grande que me motiva a seguir y mejorar día a día.

Vía: @monitosfeitos

A todas ustedes, gracias. Gracias por cuidarme, por cobijarme, por sostenerme, por no soltarme y por siempre ser pacientes y amorosas conmigo. Me han enseñado una forma de amar que yo no conocía, a luchar, a hacer valer mi voz y, sobre todo, a pelear por un mundo mucho mucho más justo… Es real que en este sistema tan hostil, no hay nada que aprecie más que saberme bien acompañada y respaldada por ustedes. Qué orgullo saber que vamos contracorriente y que, a pesar de que continuamente nos bombardeen con información que pretende sembrar el odio entre mujeres, nosotras vamos sembrando comprensión, ternura y fuerza, demostrando que el verdadero enemigo de una mujer, definitivamente NO es otra mujer y que, cuando nos tenemos las unas a las otras, todo parece más ligero. Hoy más que nunca reconozco que no me cuida el Estado, me cuidan las mujeres de mi vida.

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Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

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