Manifiesto de lucidez en tiempos de polarización

De fifís a chairos, de conservadores a neoliberales, de izquierda a derecha, de feministas a feminazis y de hipócritas a porristas. No importa quien seas o como seas, probablemente ya fuiste etiquetado o etiquetada con alguno de los adjetivos y te han colocado en la cadena de producción llamada “desacreditación”, para luego exhibirte en un escenario público llamado redes sociales o en su caso “las mañaneras”.

Históricamente nuestro país ha intentado instaurar y superar un proceso de reconciliación y armonización entre las clases socioeconómicas para potenciar nuestras capacidades económicas, sociales, culturales e incluso políticas. Sin embargo, hoy México se encuentra más polarizado que nunca, esto debido a los sesgos de opinión, machismo, descalificaciones, violencia, la soberbia de poseer la razón o, en otras palabras: ser dueños del santo grial del conocimiento y sobretodo un presidente que encabeza el discurso de odio.

Como he dicho en artículos anteriores, nuestro presidente ha decidido utilizar desafortunadamente las conferencias mañaneras para denostar y etiquetar a todo quien se cruce en su camino, que muestre oposición o que no comparta su moralismo cristiano. El discurso presidencial lleno de todos los adjetivos a los que hice mención en el primer párrafo ha sido para muchas personas, el insumo suficiente para esparcir a diestra y siniestra un ambiente tóxico en el debate público y entorpecer nuestra reconciliación con las diferentes creencias o clases sociales.

Me han dicho chairo, fifí, conservador, liberal, hipócrita, y quizás muchas cosas más de las que aún no me entero. Siempre de gente que no me conoce y que tampoco le importa hacerlo, así funciona la desacreditación, las falacias ad hominem, el desdén y los discursos de odio basados en estereotipos. Como yo, muchos. Y todo empieza por el desconocimiento, por el empleo de palabras cuyo significado probablemente ignoramos y por la falta de empatía para comprender que cada persona tiene una historia que desconocemos y que probablemente estamos juzgando equívocamente.

No repliquemos el desafortunado modelo político presidencial. Utilicemos las redes sociales o cualquier otro espacio de debate para exponer nuestros argumentos sin la necesidad de desacreditar, juzgar y etiquetar a los adversarios. Dejemos de creer que conocemos a las personas por sus publicaciones, por un puñado de posturas que hemos escuchado por ahí o por como luce físicamente. Una feminista no es una feminazi, un clase medierono es un fifí y un crítico del gobierno no es un conservador. No le pongamos etiquetas a lo que no conocemos y no queremos entender.

Utilicemos nuestros ojos con la capacidad de ver desde diferentes tipos de ópticas. Recordemos la diversidad de nuestro país. Un fifí para alguien en situación de pobreza extrema puede ser un joven promedio que va a la universidad -porque en nuestro país la educación superior es un privilegio-, para ese joven lo es su compañero de universidad que utiliza transporte privado y para este otro, lo es alguien que estudia en una universidad prestigiosa y particular de su ciudad y para este último lo puede ser alguien que estudia en la Anáhuac Norte y vive en un departamento en Polanco y para otras puede ser el mismísimo Carlos Slim.

Los privilegios son variantes, son perspectivas que van en aumento dependiendo del comparativo que decidas establecer. Lo importante es ser conscientes del privilegio o los privilegios que se tienen y partir de ahí para que en una deconstrucción de ellos puedas contribuir al cambio del status quo. Yo, desde mis privilegios como hombre no indígena, proveniente de una escuela privada puedo ser consciente de las necesidades de la otredad que no tiene acceso a los mismos privilegios que yo, pero la clave es la conciencia, saber cuales son tus privilegios, deconstruirte y partir de ahí para formular una opinión crítica que pueda contribuir seriamente al debate público.

Estamos enfermando al país con etiquetas tóxicas y estereotipos determinantes. No andemos con una yerra marcando a la gente con la que no estamos de acuerdo. Cambiemos los discursos, rompamos estereotipos, resignifiquemos las palabras y omitamos adjetivos que no contribuyan al debate público sano. Que el peso y la discusión esté centrado en las ideas o los argumentos y no en las personas. El estatus socioeconómico no determina tu calidad como persona, tu capacidad analítica o es un factor que te puede dar o no permiso para opinar sobre tu país, no son mutuamente excluyentes. Dejemos los discursos ignorantes como los de presidencia, hagamos amplia nuestra capacidad analítica, reflexiva y empática. México no es el país de una persona, es el de muchas.

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Tengo 23 años y estudio derecho. Escribo de lo que me transita desde los derechos humanos. Me interesan los temas de justicia distributiva, políticas públicas y derechos de las personas LGBT+. Lo más importante para mí en este blog, es ofrecer un espacio seguro para todas las personas históricamente discriminadas a las que nunca nos han escuchado.

Considero que es importante cuestionar todo desde el aprendizaje empático y en compañía de una taza de café.

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