Lugares que no son nuestros y siempre lo serán

Recuerdo aquella primera fotografía que me envió, hace ya un par de años, el día que se mudó a un departamento en la Escandón y lo recuerdo a él feliz. Un silloncito blanco, una pintura de Cuba, una mesa con dos orquídeas y un nuevo comienzo era todo lo que vi, sin prestarle demasiada atención, sin detenerme a mirar a detalle, sin imaginarme qué compleja, triste y amorosa sería mi relación con ese lugar, o ese no-lugar. Porque nunca fue mío y siempre lo será.30

La primera de muchas veces que estuve aquí cenamos y empezó uno de los rituales que más repetimos: él cocinaba sin dejarme intervenir (y con mucha razón) y yo miraba desde la barra de la cocina esperando mi cena. Me presentó a estas paredes en el recorrido oficial, obligado para quien llega a una nueva casa y quiere mostrar a sus invitades que aquí está la recámara; que aquí está el cuarto de visitas, pero todavía hay que acomodar; que aquí está el baño, pero que también está este otro y puedes usar el que quieras, que si ya viste la foto de Salgado y mira mis orquídeas siempre más bonitas que las tuyas porque yo las riego con unas lagrimitas todos los días. No tardé en acostumbrarme a estar aquí, a venir cuando se me caía el mundo y a venir a que se me cayera, a llegar para juntar cachitos y a dejar dos o tres regados por ahí.

Me confronté con muchas cosas cuando un día no volvió. La encargada de desarmar todos los pedazos de una vida que vi construyéndose con toda la esperanza del mundo, fui yo, a pesar de las derrotas ya previstas. Es irónico pensar que se puede habitar un lugar intensamente mientras lo desalojas. Es irónico que desarmar un lugar te da una sensación de control aparente y, en realidad, este lugar me estaba desarmando a mí. Cuando lo visitaba acompañada no me sentía con derecho ni necesidad a reparar demasiado en lo que no era mío, aunque reparase inevitablemente en ello, como si habitar fuese únicamente mediante un contrato de arrendamiento y no mediante la convivencia. Eso es lo que tiene la fuerza de los vínculos, del estar, del espacio cotidiano, de las pertenencias de quienes queremos: que pensamos que es una mezcla de los objetos y lugares que nosotres hacemos, pero es más una mezcla de los objetos y lugares que nos hacen a nosotres. Entre nuestros objetos se esconden historias, algunas las sabemos, muchas no. Se esconde cariño, se esconden recuerdos, se esconde la cercanía de conocernos y entender las elecciones de cómo alguien quiere vivir.

Primero fueron los libros. Casi todos contenidos en un librero que yo iría después, poco a poco, llenando con acuarelas que le pintaba porque no había manera de alcanzar el ritmo al que él me daba libros a mí. Entonces le pintaba. Una de esas acuarelas fue por su cumpleaños 35, otra por el 36, el 37 fue un óleo, una fue para su padre, pero la primera de todas fue con la que volví a pintar después de años de dejarlo. Ahogada en un mar de libros y notas que sólo puede generar quien le ha dedicado una vida a leer, no lograba decidir dónde poner qué cosa, pasaba todo de un cuarto a otro, evitaba pensar que algo de eso pudiera terminar en la basura, me llevé el primer día de la mudanza un libro sobre té y terminé alojando trescientos dos. A esta le siguieron mil historias que vivían entre objetos. Las orquídeas que adopté y en las que diario he volcado mis lagrimitas sin problema. El silloncito blanco que no podía dejar a la deriva. La cobija de rayas que cura todas las gripas. El imán roto con el que jugaba mientras esperaba en la barra de la cocina y que siempre me pareció tierno y espantoso. La azotea a la que subíamos a mirar las estrellas en una ciudad sin estrellas, que en más de una ocasión escuchó mis apuestas poco meditadas sobre el futuro, como aquella vez que al escuchar la pregunta «¿crees que llegue el Covid a México?» contesté rápidamente «claro que no». Misma azotea que también nos veía desayunar chilaquiles después de una noche con las amigas. Los boletos de una exposición en el Júmex que no nos gustó pero que definitivamente me sacaron una sonrisa al encontrarlos entre papeles. Los veinte aceites de los que se reía Stephanie, las cincuenta copias que le dejaba Marta, el puñado de amigas maravillosas y eternas que me heredó. Historias así hay muchas, muchas tan suyas que desconozco, algunas tan nuestras de las que no hablaremos y unas tan mías que nunca contaré.

Tess Smith-Roberts @tesssmithroberts

Durante los últimos dos meses puede que haya pasado más tiempo ahí que en mi propia casa y una acción concreta y aparentemente sencilla —mudanza—, se tornó en una manera mía de habitar ese lugar. Una manera única, a ratos tranquila, casi en paz, pero mayormente triste, cariñosa y sólo mía. Mía con mis recuerdos, con mis dolores, con mis decisiones, con mi miedo al abandono y mi propensión a la soledad, con todo lo que hice, pero más con lo que dejé de hacer, con todo lo que se llevaba y con todo lo que me dejaba, todo lo que me enseñó y no vi y todo lo que le enseñé y no vio, con todo por lo que lloré y todo lo que no vi por estar llorando, con mis arrepentimientos y los ajenos, con mis contradicciones y mis matices, con mi imposibilidad por perder a una persona más de las que ya había perdido y con todas las personas inesperadas que gané. Con un presente que no duraba tres segundos, duraba medio y se volvía pasado mientras trataba de detenerlo. Resulta que todo eso se esconde ahí, en los objetos y los lugares de las personas que amamos y que se vuelven nuestros cuando la vida sucede. Y, cuando la vida sucede, no queda mas que entender que esa vida es más compleja de lo que parece, que no hace falta intentar separar las tristezas de las alegrías porque no pueden sino coexistir. Esa alegría que no es ni meta ni camino ni permanente ni imposible, es sólo las chispitas que salen cuando nos encontramos con las otras personas y cuando las otras personas nos acompañan a encontrarnos y cuando estamos bien con que eso sea bastante más que suficiente.

Sin tener ya a qué volver aquí, volví. Ya no queda nada, pero volví para escribir esto desde la mesa en la que lo vi amar la escritura y crear cosas maravillosas, sólo para decirle adiós a este lugar y a esta tristeza, aunque tenga poco que ver con él y todo que ver con mi relación con un lugar del que me apropié porque aquí pensé y decidí cosas. Como dice la novela de Patricio Pron, mañana tendremos otros nombres. Pero mañana ya es hoy. Esta despedida vino acompañada del ruido seco e inesperado de una puerta morada que se cierra, una coincidencia que pasa, un camino que se bifurca, un futuro lleno de miedo y esperanza. Me gusta pensar que, si volteamos un poco hacia la izquierda del tiempo, nos esperan siempre una copa de vino, una cena repleta de risas, trescientos dos libros y la complicidad y cariño de quienes se acompañaron una parte del camino.

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Soy feminista de tiempo completo, arquitecta de formación, pintora por elección, pero de grande quiero ser escritora. Me interesan las intersecciones de todo eso; el habitar, el espacio, las desigualdades, el género, puntos suspensivos. Me gusta leerlo, escribirlo e ilustrarlo/pintarlo. Mamá de tres (animalitos), me gustan los mapas y el chocomilk. Ella/Her.

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