Lo peor está por llegar

El 21 de marzo pasado, el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, daba su segunda comparecencia ante los españoles en televisión abierta desde la declaración del Estado de Alarma a causa del COVID-19. En ella, además de agradecer la primera semana de confinamiento y de enunciar las nuevas decisiones tomadas, anunciaba de una forma muy seria y clara lo siguiente: “Lamentablemente, los casos diagnosticados y los fallecidos van a aumentar en las próximas jornadas y van a llegar días muy duros. Lo peor está por llegar”. Los jefes de gobierno deben tomar justamente el rol de líderes del país, cosa que creo Sánchez está haciendo. Esto incluye las buenas, pero, sobre todo, las malas noticias. Aquí en España estamos apenas en la segunda semana de cuarentena y, efectivamente, se está cumpliendo el pronóstico del presidente: comienza la parte más difícil al ver el incremento exponencial de número de muertos. Los datos dejan de tener esa frialdad numérica para pasar al terreno de la realidad y el sentimiento humano. Ya no es hay mil o dos mil muertos. Es Juan José acaba de morir o Pedro perdió a su madre y su abuela ayer tras estar días en terapia intensiva. Se nos vendió al coronavirus como una oleada de muerte. No nos mintieron.

Hace veinte días, concretamente el cuatro de marzo, celebraba mi cumpleaños. Fui al cine con mi novia, compramos unos audífonos y estuvimos caminando por un atascado centro comercial (como suelen estar normalmente por las tardes). En las noticias veíamos que en la cercana Italia las cosas parecían graves, pero aun así la situación se sentía distante. Las universidades aún funcionaban y la vida seguía con su normalidad. Todo hasta justamente el fin de semana siguiente a mi cumpleaños.

El primer paso fue cerrar las escuelas. Todas. Después, ante el inminente reflejo proyectado desde la península itálica, el gobierno español decidió decretar el Estado de Alarma, mismo que le otorga facultades concretas y extraordinarias ante un caso como en el que nos encontramos de emergencia sanitaria. En cuestión de horas, la vida de todos cambió a un confinamiento estricto en donde únicamente se permite la salida por causas justificadas y concretas. Es importante mencionar que el nivel de incredulidad era general. Sentíamos la reclusión como algo importante, pero, a la vez, sin justificación palpable. Había casos, sí, pero no lo suficientes como para permear en la sociedad en conjunto. La ciudadanía tomó su rol e inicio la cuarentena.

La primera semana siempre es, como todo cambio de hábito, la más contrastante. Cuando te resguardas al acercarse un huracán, lo haces sin pensarlo. Cuando es por causa de un virus invisible a simple vista y con muertes no tangibles, es más complicado. Estamos ahora en la segunda semana y, difícilmente, hay alguien que no sepa de un caso o, peor aún, algún conocido muerto. Un vecino, un compañero de la universidad, un colega laboral o simplemente un rumor de barrio. La muerte, tal como lo dijo Pedro Sánchez implícitamente, comienza a caminar de la mano del COVID-19 por España.

Para ejemplificar un poco lo anterior, y por no querer hacer alusiones a casos cercanos míos, mencionaré dos casos concretos que, honestamente, me calaron y aterrizaron a la realidad en la que estamos.

El primer caso es en realidad un conjunto de hechos en los que el ejército español se ha encontrado residencias de ancianos con muchos de ellos muertos y abandonados. Un poco de contexto. En España, las residencias de ancianos pueden ser públicas, privadas o concertadas (mixtas). Obviamente, existe un mayor control sobre las públicas que sobre las otras dos. A causa del Estado de Alarma y de la rápida expansión del virus en estas residencias, el gobierno asignó al ejército español el control de todas ellas, incluidas las privadas y concertadas. Citando a la Ministra de Defensa: “El Ejército se ha encontrado a ancianos abandonados e incluso muertos en sus camas”. Dejando de lado las negligencias que pudieran siempre haber tenido estas residencias, claramente, la pandemia las ha desbordado y está afectando a los más débiles: los ancianos. Tenemos entonces una situación en la que personas que han pagado impuestos por más de cincuenta años, entre otras cosas, para tener una vejez decente, están muriendo en las garras de un virus. Y no solo morir, sino morir sin dignidad alguna. Es muy difícil no pensar que, entre los muertos, podría estar nuestra madre, abuela o tía.

El segundo caso me llegó a través de uno de los mejores medios de contacto entre la sociedad en esta cuarentena: Twitter. Al estar revisando la red social, me apareció un video en donde una anciana relata que su marido está muy enfermo en el hospital por coronavirus. Sin embargo, y con una alta desesperación, explica de las carencias que hay en el hospital y de lo desbordados que están. Su esposo estaba esperando sitio para entrar en terapia intensiva (Unidad de Cuidados Intensivos en España), pero fue relegado en favor de una persona mucho más joven y con más posibilidades de sobrevivir. El esposo murió. La angustia de la señora cala fuertemente y nos devuelve a una realidad que solo puede detenerse con la colaboración de cada uno de nosotros.

Bien, estamos ya a la mitad de la segunda semana y la marea de la muerte nos alcanza. Estamos acercándonos a los fatídicos números de Italia y comenzamos a vernos al espejo frente a ellos. Al momento de escribir este artículo, hay 3,434 muertos en España y la cifra aún no da muestras de detenerse. Estamos en un período en donde cuesta creer lo que está pasando, pero a la vez da un sustento fuerte para seguir haciéndolo, con la esperanza de percibir una débil luz al final del túnel.

Según el Banco Mundial, España tiene 3 camas de hospital y 3.80 médicos por cada mil personas. Estos son los datos someros de las barreras que tiene el país para enfrentar al virus invasor. Si bien me preocupa el contexto desolador que me rodea, no puedo evitar el tener temor por lo que podrá suceder en México. Ahí tengo a familiares ancianos a los que quiero muchísimo y de los cuales temo realmente su muerte a causa del COVID-19. Mi temor está cruzando el Atlántico, en un país con 1.6 camas de hospital y 2.09 médicos por mil personas. En el mejor de los casos, los detentes presidenciales y sus estampas alejarán al virus y no habrá muertes que llorar. En el peor, el COVID-19 caminará con facilidad a través del resquebrajado bloque sanitario mexicano y llevará a México a esta oleada de muerte que hoy recorre España. Lo peor está por llegar.

Extra:

Como medida frente al COVID-19, autoridades mexicanas están apoyando a la población laboral mayor de sesenta años para que dejen de trabajar temporalmente a causa de su predisposición frente al virus. ¿Y si en vez de hacerlo temporal, cambiamos lo necesario del sistema para que los ancianos dejen de trabajar en la vejez de una vez por todas? 🤷‍

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Desde muy joven he sido un apasionado de la política nacional y global, por lo que me empeñé en estudiarla a través de la carrera de Ciencia Política en el ITAM. Me encanta viajar y conocer nuevos sitios y culturas.

Soy yucateco de corazón. También soy gamer, y ávido seguidor de franquicias cinematográficas de superhéroes y ciencia ficción. Amo a los animales, apoyo la libertad del individuo y soy excesivamente una persona positiva.

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