La revolución de ser

Cindy Santos Ramayo

Recuerdo la primera vez que supe claramente que mi vida sería compleja.

Estaba en secundaria, en la Agustín Vadillo, en clases de cívica y ética. Por aquel entonces, las clases de educación sexual se impartían en esta asignatura e incluían información sobre orientación sexual. Así fue como me enfrenté por primera vez a la palabra “Lesbiana”. Lo primero que llegó fue un sentimiento muy profundo de certeza como jamás había experimentado antes, en ese fugaz segundo muchas cosas tuvieron sentido; pero pronto fue opacado por un sentimiento agónico de terror, de esos que aprietan la garganta.

Nunca fui una niña “normal”, aunque la normalidad es algo que jamás he podido vislumbrar con la aparente facilidad con la que se suelta ese vocablo a modo de juicio. Lo que sí es que no encajaba en ningún lado, siempre me sentía la oveja extraña del grupo, incapaz de mantener una conversación ligera y nunca al día en las modas pasajeras. No sabía los nombres de los artistas del momento, no tenía idea de moda y estilo y tampoco tenía a un chico en mi salón (o en otro) que me quitara el aliento cuando le veía en el pasillo. Por aquel entonces, entre risas y cotilleos, parecía que esos eran los requisitos indispensables para pertenecer, y yo no pertenecía.

Crecí en una familia atípica, aunque eso lo descubrí con el tiempo. Mi abuela materna había abrazado la fe presbiteriana/cristiana y, en consecuencia, mi educación había sido bajo la misma religión. Mis recuerdos más antiguos son en los pasillos de la Iglesia Nacional Presbiteriana “El divino salvador” de la calle 66, una de las más antiguas de la ciudad y la más grande. En sus salones de “escuela dominical” aprendí a leer historias bíblicas y los domingos cantaba en el coro infantil. Mi abuela nos cuidaba por las tardes mientras mis padres trabajaban y mi hermana y yo nos entreteníamos con los cassettes de “coritos” que mi abuela nos ponía para amenizar el aprendizaje vespertino de versículos bíblicos.

Así fue como aprendí sobre los “pecados” y las consecuencias funestas de convertirse en pecador. No todos ellos tenían el mismo nivel de gravedad. Era pecado bailar en las fiestas o escuchar música pagana, pero también lo era ser infiel o robar. Eso sí, desde muy temprano en mi vida aprendí que el peor pecado era ser “desviado”, “joto” o “marimacha”. “Esos enfermos”, me decían, “Tienen problemas mentales”.

Por supuesto, no todo en mi vida fue terrible o negativo. En las casi dos décadas posteriores a esa mañana de clases tuve la fortuna de hacer cosas y vivir experiencias únicas en un privilegio del que muy pocas personas gozan. Viví en el extranjero, recorrí varias ciudades del mundo, me convertí en maestra, fui líder partidista e hice campaña política en múltiples ocasiones. Compartí mesas de trabajo con mentes brillantes, participé en proyectos sociales transformadores, estudié muchas cosas diferentes y fui diputada local. Aun así y a pesar de todas estas cosas, yo seguía sin pertenecer a ningún lugar, en ninguna parte y en ningún momento. 

En ese transitar convulso había una constante recomendación para mantener ciertas partes de mi vida en privado. Aprendí que se podía pertenecer a medias, siempre y cuando las partes de mi identidad que eran incómodas para los demás estuvieran lo suficientemente ocultas para evitar los conflictos. La voz que quería contar mis historias, compartir con otros mis experiencias y confiar a los demás mis temores, se fue apagando. Busqué consuelo en el conformarme con ser una versión de mí misma que no se parecía a mí, pero que era bien recibida en público.

Aprendí a tenerle terror a ciertas palabras. Me incomodaba mucho la palabra “homosexual”, me ofendía si me decían “lesbiana” y procuraba mantenerme lejos de cualquier cosa color arcoíris por miedo a que alguien fuera a pensar algo malo. Me enojaba mucho cuando las personas de la comunidad LGBTIQA+ usaban variaciones de esos términos para autodenominarse y aborrecía las marchas del orgullo. Las personas bien intencionadas que me aconsejaban “que no se me note” asentían complacidas con mi rechazo.

Al mismo tiempo, el sentimiento de agobio y opresión de vivir en una constante vorágine de mentiras, verdades a medias y discursos velados se mezclaba con las ganas de poder decirle al mundo que yo también era una de “esas”. Que cada vez que alguien decía comentarios homófobos hablaba de mí, que cuando mis compañeros del trabajo decían chistes sobre “puñales” hablaban de mí; cuando escuchaba que otra persona había sido rechazada en casa por ser diferente, suspiraba con alivio por no haber sido yo. Cuando una y otra vez las autoridades prohibían el acceso a derechos y libertades por razón de orientación sexual, eran mis derechos y libertades.

Así se me fue la vida sin saber cómo es caminar por los pasillos de mi escuela de la mano con la persona que me gusta, o a qué saben las comidas familiares en domingo compartiendo la mesa con mi familia y mi novia, o cómo se siente besar a la persona que te gusta en público. Aprendí formas efectivas de desviar la atención de las preguntas incómodas, el lenguaje neutral sin género para hablar de mis exparejas y la excusa de la falta de tiempo cuando alguien cuestionaba mi obstinada soltería. 

Me convencí de que todas las otras cosas buenas que pasaban en mi vida y el privilegio de poder experimentarlas eran consuelo suficiente para no quejarme.

En junio del 2019, marché por primera vez luego de que, semanas antes, el Congreso del Estado hubiera rechazado el matrimonio igualitario en un voto ilegal y secreto. Salimos tantas personas que era imposible saber dónde comenzaba y terminaba el contingente. Me encontré con amigues, compañeres del trabajo, alumnes y ex alumnes, parejas, familias, jóvenes, personas adultas mayores, personas de la comunidad LGBTIQA+ y aliades. Caminamos juntes por las calles de Mérida apretujades y acalorades, cantando, bailando, exigiendo. Vi el arcoíris muchas veces, vi manos encontrarse, abrazos improvisados, besos sinceros, sonrisas. Vi lucha.

Esa calurosa tarde de junio aprendí de elles todo: el orgullo de ser, la apropiación del lenguaje, la celebración de nuestras identidades, la provocación del cuerpo liberado, la fortaleza en el acompañamiento mutuo y la empatía en los ojos que solo puede reconocerse en alguien que ha vivido una lucha clandestina perpetua. A mis costados marchaba mi familia adquirida, amistades que me encontraron y adoptaron con los años, que caminaban celebrando nuestras existencias. En casa, las grietas poco a poco comenzaron a cerrarse.

No voy a mentir, todavía me cuesta un poco decir algunas palabras de viva voz y estoy escribiendo estas letras con la angustia de saber que en ellas desnudo una parte crítica de mi existencia y de mi alma, pero lo hago convencida de que nuestras existencias son válidas, nuestras experiencias importantes y nuestras identidades poderosas. 

A punta de tecleos me atrevo a desafiar a mis temores infundados para reconciliar mis identidades y estar en paz.

Nuestras identidades son lucha. La lucha es revolución. La revolución de ser.

Hoy soy una mujer yucateca lesbiana. Soy libre.

Esta soy yo, en mi primera marcha del orgullo.

 

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