La punta del iceberg

Los feminicidios indignan, entristecen y duelen. A pesar de esto, hay algunas personas que todavía se muestran insensibles o se niegan a reconocer la gravedad de la situación, pero independientemente de eso, la mayoría de la gente está consciente de que el asesinato de mujeres y niñas tiene que terminar. Esta es una de las principales exigencias hacia las autoridades encargadas de prevenir y sancionar la violencia, y al mismo tiempo es una de las aspiraciones más grandes en un país azotado por la muerte desde hace muchos años.

Si a todas y todos consternan diariamente las noticias y las publicaciones en redes sociales, ¿por qué seguimos igual? Si los feminicidios, después de visibilizar el caso de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, son una preocupación a nivel mundial desde la última década del siglo pasado, ¿por qué nada ha cambiado? Si México ha sido sentenciado por un tribunal internacional, obligado a legislar y adoptar medidas de tipo administrativo, presupuestario y de otra índole para atender la situación, ¿por qué no se ha resuelto el problema? La respuesta que aquí se propone (y que no es nueva) es que toda esa violencia explícita es la manifestación de una cultura de la violencia hacia las mujeres y no un problema aislado.

Cuando en el Politécnico Nacional desarrollaron el “violentómetro” dejaron claro su objetivo: crear un material gráfico y didáctico para visualizar las diferentes manifestaciones de violencia que muchas veces se confunden o desconocen, y si bien se desarrolló a partir de un estudio en relaciones de pareja, esto no debe ser entendido únicamente como noviazgos o matrimonios, sino que puede tener uso extensivo en cualquier tipo de relación entre dos o más personas. Esta herramienta enumera 30 acciones y las divide en tres escalas de diferentes colores que representan un nivel de peligrosidad, que bien podrían representar algunas de las dimensiones de violencia que van experimentando las mujeres a lo largo de su vida. En la misma lógica, Amnistía Internacional desarrolló una herramienta visual para ilustrar ciertos tipos de violencia que son comunes, pero poco visibles.

Lo anterior tiene mucha relevancia cuando lo que se busca es prevenir más muertes y desapariciones porque implica atender todas las formas de violencia posible, sobre todo aquellas que alertan menos que las formas más graves ¿Por qué? Porque como se mencionó anteriormente, el problema es que en esta cultura de la violencia, hay formas que son toleradas y acaban enviando el mensaje raíz que atraviesa a todas por igual: está bien si violentas a las mujeres.

Antes de que cualquier opinión o impresión desvíe del tema central: sí, todas las formas de violencia, independientemente del género de la persona violentada, están mal y no deben ser toleradas; pero ese no debe ser un pretexto para dejar de asumir la responsabilidad que se tiene para erradicar la violencia que sufren las mujeres y niñas, sobre todo cuando no es casualidad que la violencia que sufren tiene particularidades que en otros escenarios no se presentan, como que la violencia física siempre suele estar acompañada también de violencia sexual de algún tipo.

                ¿Hacer visible lo invisible?

A estas alturas, la violencia que sufren las mujeres ha alcanzado una situación crítica. El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) reporta la incidencia de 448 feminicidios sólo en el primer semestre del año -teniendo en cuenta de que las cifras oficiales no reflejan la realidad completa- y según la representante de ONU Mujeres en México (Belén Sáenz), 9 mujeres son asesinadas diariamente. El SESNPS también reporta que 538 mujeres han sido víctimas de violación simple y 101 de violación equiparada, mientras que la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) tiene datos de un aumento de casos de violencia sexual contra menores de 15 años, que representarían un total del 40% de los casos, es decir, casi la mitad de las supervivientes de estos delitos son niñas.

Desde luego que los datos anteriores son muy preocupantes, pero ¿Y qué sucede con las otras formas de violencia que son minimizadas? Esas mismas conductas que acaban validando otras formas de violencia. De manera enunciativa y no limitativa, se explica la situación a partir de las siguientes: i) mercantilización del cuerpo de la mujer, ii) hipererotización de mujeres y niñas, iii) estereotipos en razón de género.

En primer lugar, es necesario reconocer que existen estructuras sociales, económicas y políticas que favorecen a las figuras masculinas tradicionales que generan y refuerzan espacios de desigualdad en relación a otras y otros. Este sistema social al que llamamos patriarcado se conjunta con el sistema económico (capitalismo) para generar desventajas y necesidades; de manera que acaban ordenando todos los aspectos de la vida de las personas y así determinar dónde habitan, qué pueden hacer, a qué oportunidades pueden acceder, qué pueden comer, a dónde pueden ir y qué actividad pueden hacer para seguir formando parte de la comunidad alineada a este orden. En este contexto se propicia y fomenta que la mujer puede ser objeto de consumo.

Frecuentemente se dice que “la prostitución es el oficio más viejo del mundo”, pero esta narrativa no es la más apropiada porque dirige la carga a quien realiza alguna forma de trabajo sexual. En cambio, debería reconocer el sistema en el que opera, de modo que “históricamente se ha visto a los cuerpos de mujeres como objeto de consumo” es una declaración más apegada a la realidad, como ha explicado ampliamente Catherine Hakim. Bajo esta lógica es posible conectar la historicidad del consumo de los cuerpos que se registra desde el siglo VIII a. c en el Código de Hammurabi en la antigua Mesopotamia hasta el consumo en espacios no físicos, como el internet, en pleno 2019.

Sin llegar a profundizar, debido a la seriedad, las voces y espacio particular que requiere el tema para abordarse, es factible afirmar que la prostitución ha dado lugar a explotación sexual de mujeres y niñas, múltiples formas de violencia y condiciones prologadas de maltrato porque existe un mercado. Mientras haya personas dispuestas a pagar, existirá un entorno propicio para la explotación porque así lo dicta el capitalismo.

Este escenario puede ser fácilmente trasladado a espacios que no requieren un contacto directo (y la exposición) de quienes consumen: webcams sexuales y pornografía. La industria de la pornografía no necesita presentación. Inició en medios impresos y luego se trasladó a medios audiovisuales; el negocio de las webcams es más reciente y se basa fundamentalmente en transmisiones de “modelos” que realizan actos eróticos o sexuales en vivo. El mercado está tan inmiscuido en estos espacios que se puede tazar el “precio” de los cuerpos de mujeres y niñas; la lógica de explotación está tan presente que no hay entornos de bienestar físico y mental, condiciones para desarrollar un proyecto de vida favorable; y en la mayoría de los casos, no se tiene oportunidad de decidir, ya sea por factores internos o externos como amenazas o falta de oportunidades de empleo digno y educación.

Con todo este panorama, no es de extrañarse que en la televisión, la prensa, la radio, la música, el cine y la literatura se replique el mismo mensaje, a veces de forma más sutil y a veces de forma muy explícita.  No obstante, también se replican otros que, aunque en el mismo sentido, tienen orientación distinta. Por ejemplo, que el cuerpo femenino sirve para la contemplación y el placer. De ahí que se tenga (1) innumerable cantidad de musas pero pocos espacios para las autoras, (2) roles femeninos con poca relevancia en los arcos argumentales de las historias, (3) publicidad que cosifica a las mujeres, (4) desnudez e hipersexualización que bien podría estar ausente, y finalmente (5) sobreexposición de niñas y niños a mensajes sexuales.

También en ese contexto, se reproducen una serie de estereotipos y roles de género vinculados tradicionalmente a las mujeres, que por sí mismos ya son mensajes. Los más comunes están relacionados con (1) la asociación de las mujeres a las labores domésticas y la crianza, (2) modelos heteronormados de las relaciones sexoafectivas, (3) listas de actividades que sí están socialmente aceptadas, y (4) reniego de la autonomía, independencia y voluntad propia de sí mismas.

Generaciones enteras han crecido y sido educadas con estos mensajes, entonces no es raro que se sigan replicando hasta ahora, pero es importante reconocer que varios movimientos y sus luchas, así como el contexto actual, hacen indispensable un cambio profundo. Porque puede parecer inofensivo un estereotipo, hasta que provoca que cientos de asesinatos y desapariciones de mujeres jóvenes no sean investigados porque el funcionario encargado de realizar actos de investigación creció pensando que “si hubiera estado en su casa, haciendo labores domésticas, no le hubiera pasado nada”, o también que por esa misma razón, once mujeres fueran torturadas sexualmente por policías en Atenco en 2006. Lo peor de todo, es que distintas autoridades, de diversos niveles, que intervinieron en su búsqueda de justicia durante los procesos legales, incluso los jueces encargados de hacer justicia, hicieron un calvario de la vida de todas ellas, sólo por creer y validar estereotipos.

                Hablemos claro…

Nadie está exceptuado de ser participe las dinámicas que se describen anteriormente porque las reglas (del patriarcado y el capitalismo) lo hacen difícil. Pero en los espacios de decisión, que generalmente corresponden a los hombres, hay mucho que hacer. Es momento de hacerse responsable, porque a pesar de que se socializa a todas las personas para alinearse esa una visión de vida, los espacios de disidencia también están permitidos. Por eso urge reconocer, con la debida seriedad, que concentrarse sólo “en la punta del iceberg” no es la solución y se requiere un trabajo más amplio.

A las personas que aún no lo hacen, deben saber que hay que reconocer la dignidad y autonomía de las mujeres, no solamente porque son madres, hermanas, amigas o compañeras, sino porque son personas que merecen respeto. Parece algo obvio y ni siquiera debería ser necesario recordarlo, pero a estas alturas lo es. Hay que cambiar la forma de relacionarnos con ellas. Hay que aprender a respetar todos sus espacios, sobre todo en los que ellas se sienten seguras. Hay cambiar la educación, la cultura y las artes; hasta que también reconozcan, en condiciones de igualdad y sin lugar a excepciones, su dignidad como personas. Hay que hacernos conscientes de lo que vemos, escuchamos y leemos. Pero sobre todo, hay que reconocer que cualquier pensamiento o acto, podría estar promoviendo esa cultura de violencia que las invisibiliza, las cosifica, las denigra, las mata y las desaparece.

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Miembro de la Red Peninsular de Apoyo al Litigio Estratégico a favor de los pueblos indígenas y comunidades campesinas en los estados de Campeche, Yucatán y Quintana Roo, y de la Red Juvenil "Valiente” para defender la tierra, el territorio y el medio ambiente.

Escribo sobre política, sociedad y medio ambiente con perspectiva de derechos humanos.

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