La Niebla de la incertidumbre

En la teoría bélica, existe un concepto perfecto que sirve para denominar a la incertidumbre que reina en el campo de batalla: la niebla de la guerra. Este término fue acuñado por Carl von Clausewitz en 1983, buscando usar a la niebla como analogía de este desconcierto que existe en un combate militar. Creo yo que pocas palabras símiles representan tan bien al concepto como esta. La niebla es densa y no permite ver al otro lado. Aterroriza ante la incerteza de lo que puede surgir de ella. Nos hace dudar de nuestros sentidos y nos obliga a dar un paso, lentamente, tras otro. Pensando en la guerra previa a las tecnologías satelitales y de radar, el esperar al enemigo o lo que hay detrás de esta “niebla” retrata muy bien este nerviosismo ante lo desconocido. Menciono esto, ya que creo que hoy en día, nos encontramos dentro de una niebla igual de densa que la de la guerra; incluso más impredecible y cerrada que la militar. La pandemia actual del COVID-19 nos tiene en una constante incertidumbre, no tanto por lo que está pasando o cómo se comporta el virus, sino por cómo cambiará nuestras vidas, qué medidas tomarán quienes gobiernan y a qué nos enfrentamos de aquí en adelante.

En España ya estamos cerca del fin del confinamiento. En las últimas veinticuatro horas, ha habido 3,968 casos de contagios y 430 de muertes, mismos que no han dejado de reducirse conforme pasan los días. Los expertos del gobierno están de acuerdo: ya estamos en una fase de descenso y el confinamiento está pronto a terminar. Sin embargo, esta noticia que podría verse como una luz al final del camino, realmente es el acceso a una niebla densa muchísimo menos predecible que de la que estamos saliendo.

El mundo ha enfrentado muchas veces distintas pandemias. Ya sea el cólera, la “gripe española” o la peste negra; la solución siempre siendo la misma: confinamiento. Y la respuesta es intuitiva: si aíslas a las personas, estas no se contagian y, por lo tanto, no contagian. Podemos decir que siempre hemos sabido qué hacer ante las oleadas de enfermedades que, como seres vivos que somos, hemos enfrentado. Esto no implica niebla alguna. Es por ello que, ante la llegada del COVID-19, la receta se aplicó como de manual: todos a sus casas y, como en la edad media y con la peste, todos aislados en lo que pasa la enfermedad. Sin embargo, las consecuencias y el mundo después de la pandemia son lo que realmente es incierto. El contexto no es el mismo y las decisiones que se toman son las que realmente acaban teniendo un impacto verdadero en nuestras vidas (más allá de la enfermedad en sí). Es por eso que, en este caso, la niebla en la que nos metemos es justamente la de la postpandemia.

¿Pandemias globales? Muchas. ¿Medidas a tomar frente a la crisis económica generalizada en un mundo más globalizado que nunca? Incertidumbre total. Las medidas que vayan tomando los distintos países son esos pequeños pasos dentro de esta nueva gran niebla. No sabemos en dónde están las trampas. Desafortuanamente, esto es una cuestión de prueba y error. Las incógnitas son mucho más que las certezas: ¿Podremos ir al cine este año? ¿Se dará más importancia al gasto en salud? ¿Qué peso tiene el Estado ahora en la sociedad? Vaya, con decir que, al día de hoy, aun estando el al final del confinamiento, no sabemos bien que día acabará. Esto es algo que cambia día a día, conforme se dan los pasos en esta niebla de pocas certezas y mucha incertidumbre.

Ahora bien, no todos los países entraron en esta niebla al mismo tiempo. El primer país fue China y, gracias a ellos, podemos saber que se sale de ella (aunque aún estén un poco indecisos). Luego siguieron varios países asiáticos y europeos, para llegar a América y, finalmente, a África (que mira con más miedo e incertidumbre que nadie). ¿Qué quiero decir con esto? Muchos países tuvieron la ventaja de ver a los demás entrar e ir cayendo, viendo como cometían errores o lograban esquivar un obstáculo. Y aun así, no tomaron las previsiones mínimas para no caer en los mismos errores. La ventaja que tenía América, por ejemplo, era única. En vez de tomar medidas drásticas, aprendiendo de los errores asiáticos y europeos, dejaron pasar la oportunidad y fingieron que nada pasaba. No es raro que el foco de la pandemia esté ahora en el hemisferio occidental. Casos como el de Nueva York o el de Guayaquil eran totalmente predecibles. Se perdió una gran oportunidad de adelantarse a este evento y hoy eso representa personas muertas.

Si bien estamos entonces en una gran incertidumbre, hasta ahora, los gobiernos han sobrevivido. No tenemos casos de Estados que hayan caído a causa de la pandemia. Aquí en Europa, el desconfinamiento está pensado en iniciar entre finales de abril a principios de mayo, lo que relaja la tensión que la población ya pueda tener con su gobierno. Paso a paso, pero se va avanzando. Podrán salir a la calle los niños en ciertos horarios y algunos comercios abrir. Nos movemos lentamente, pero nos movemos. ¿Hacia dónde? Nadie lo sabe.

El mayor dilema en esta pandemia ha sido el valor que se le da a la salud y a la economía. Algunos países apostaron por darle más valor a uno que a otro, teniendo consecuencias inmediatas en salud y posteriores en su economía. Es una tétrica suma cero. Y es justo la incertidumbre respecto a las cifras lo que más me deja inquieto. ¿Cuántos empleos perdidos logran salvar a una persona? A la inversa: ¿cuántos muertos permiten que una empresa no quiebre? Yo soy un fiel creyente de que, sin salud, no hay economía y celebro que se le haya dado un gran peso en la mayoría de los países. Sin embargo, no puedo dejar de lado la terrible incertidumbre que genera el qué pasará con la economía después de todo esto. Cuando hagamos el recuento de los daños, seguiremos en una densa niebla, buscando qué hacer para reconstruir lo caído. Si tengo un consuelo, es lo que la historia siempre nos ha dicho: saldremos adelante.  La cosa es cómo y a qué costo.

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Desde muy joven he sido un apasionado de la política nacional y global, por lo que me empeñé en estudiarla a través de la carrera de Ciencia Política en el ITAM. Me encanta viajar y conocer nuevos sitios y culturas.

Soy yucateco de corazón. También soy gamer, y ávido seguidor de franquicias cinematográficas de superhéroes y ciencia ficción. Amo a los animales, apoyo la libertad del individuo y soy excesivamente una persona positiva.

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