La narrativa del “amor propio” como una forma de despolitización del movimiento feminista

La creciente irrupción del feminismo en el espacio público ha servido para cuestionar las opresiones hacia las mujeres en varios lugares del mundo. En México, el impulso de muchas para salir a protestar a las calles, han sido el hartazgo, la rabia, el dolor y la impotencia, todo esto por el riesgo de vivir en un país donde 26 mujeres son desaparecidas diariamente y otras 11 son víctimas de feminicidio. Por ello, las manifestaciones en contra de la violencia son más que nunca necesarias.

Feminismos hay muchos. La lucha feminista se entiende, se vive y se organiza de distintas maneras. Es en la cotidianidad donde se configuran estrategias, formas de accionar y donde se gestan discursos y narrativas. En este texto me ocupo de indagar brevemente una de las narrativas recurrentes en los últimos años: la exaltación del “amor propio” como si fuese un eslogan feminista, receta o pócima mágica contra el machismo y el patriarcado.

El “amor propio” como noción se ha posicionado como eje central de la configuración de subjetividades debido, en parte, a la difusión mediática y a la publicación de best sellers donde voces autodenominadas expertas y, por tanto, incuestionables, lo ubican como la “base de la estabilidad emocional”. A pesar de la difusa connotación del término, parece ser que les coaches de vida, psicólogues, terapeutas o guías espirituales están de acuerdo en considerar que la meta del tan anhelado amarse a sí misme se consigue siempre y cuando se cubran una serie de pasos.

En consecuencia, este trabajo personal -como suelen denominarle- requiere de un esfuerzo constante por parte de las personas para autoconocerse, autoaceptarse,  autovalorarse y así, finalmente, lograr una “buena autoestima”. Lo llamativo de esto es la constante  referencia al prefijo auto como si tratara de un proceso que atañe a la persona en sí misma, aislada de las relaciones sociales y del contexto donde se desarrolla, lo cual es sumamente problemático por los efectos producidos. Con todo esto, el interés que despierta este tema es abrumador y para ello se dispone de toda una industria para cultivar el amor por sí mismes, en la cual -quienes tienen- invierten su dinero en talleres, diplomados, retiros espirituales, seminarios, cursos, terapias (de todo tipo), meditaciones, yoga, etcétera.

La legitimidad de la que gozan estas narrativas las hace tremendamente seductoras por lo que fácilmente se insertan en diversos espacios, inclusive en los movimientos sociales. En mi opinión, el problema es el contenido ideológico que supone la inclusión de esta narrativa en el caso de los grupos feministas, pues a mi parecer contradice una de las consignas más importantes del movimiento, la de lo personal es político. Pues si a algo alude esta frase es precisamente a la necesidad de romper las dicotomías entre lo que históricamente se ha concebido como “lo privado” y “lo público” para comprender que las interacciones sociales están atravesadas por relaciones de poder y por tanto, son políticas. Politizarse entonces, implica cuestionar las estructuras sociales que posibilitan las opresiones en las relaciones entre los géneros y organizarse para buscar soluciones a los problemas en conjunto. En este sentido, me interesa destacar dos de los efectos que la narrativa antes señalada produce al interior de ciertos grupos feministas sobre todo en los denominados hegemónicos:

El primero de los efectos, es el supuesto de que el malestar subjetivo de las mujeres derivado de las violencias de las cuales fueron objeto se debe a una falta de amor propio. Desde esta perspectiva, se asume que las causas de la violencia de género se hallan en la repetición de patrones familiares violentos, la falta de límites en las relaciones, inseguridad personal, dependencia, codependencia, entre otras. Como consecuencia, el “no amarse lo suficiente” parece desentrañar el motivo por el cual “se permite la violencia en las relaciones”. Para “superar” esta situación que se concibe como una suerte de deficiencias personales y no en razón de aspectos estructurales se sugiere a las mujeres asistir a terapias psicológicas como la vía para cultivar el “amor propio”. El inconveniente de este modo de proceder es que concibe la violencia de género como un asunto referente a comportamientos individuales o de relaciones interpersonales. Si bien, algunas terapias pueden contribuir en algunos aspectos, en el contexto mexicano urgen también otros mecanismos para combatir las problemáticas originadas por una cultura profundamente machista.

Ilustración de Carolina Elías

El segundo efecto refleja la interiorización exacerbada de la narrativa del “amor propio” y se refiere a cómo algunas feministas asumen su activismo al interior del movimiento: aquellas que, de tanto amarse a sí mismas y guiadas por la trampa del empoderamiento femenino terminan por reproducir relaciones patriarcales con otres. Este es el caso de algunas mujeres que tras asumirse y autonombrarse como “activistas feministas” obtienen una serie de ventajas capitalizables mediante las redes sociales donde más que difundir las demandas del colectivo promueven una imagen personal bajo la etiqueta de activismo y cuyo interés está más centrado en los likes y en la fama por ser la más feminista que en la lucha colectiva. La misma dinámica de visibilidad mediática impulsa una especie de ídolas feministas y, por tanto, estimula la necesidad de crear seguidoras. Inclusive, para expresar su admiración hacia estas mujeres les suelen llamar diosas, como si de una religión se tratara. Reproduciendo así una lógica jerarquizante entre mujeres, pues claramente hay quienes obtienen beneficios de esta forma de visibilización a título personal que no apunta hacia una representación en colectivo.

Este casi fanatismo impide percibir entre otras cosas, distintas dinámicas de poder, pues en algunos casos estas “activistas” motivan discursos de odio, narrativas racistas, clasistas, capacitistas, transfóbicas hacia otras mujeres y hacia otros grupos. Sin duda, hoy en día el feminismo es una de las principales trincheras de lucha para exigir un alto contra los feminicidios, las desapariciones y las múltiples violencias. Sin embargo, es necesario  tener una visión crítica frente a lo que algunes entienden por feminismo para desmontar la propagación de narrativas que inciden en la despolitización del movimiento.

Para contrarrestar las lógicas patriarcales entre las mismas mujeres es indispensable apostar por la creación de espacios feministas autogestivos, horizontales y asamblearios donde se pongan en el centro las problemáticas que aquejan a todas. Con ello, se podrá hacer frente a las narrativas mercantilizadas al servicio del capital como la del “amor propio” que centran toda la atención en cultivar aspectos individualistas y no en las demandas del colectivo.

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Me encantan las Ciencias Sociales. Me inquieta aprender sobre disidencias sexuales, feminismos (no transfóbicos), producción de subjetividades, corporalidades, opresiones, desigualdades sociales, entre otros temas. Odio la injusticia. Cuestiono lo “normal”. Para mí, “lo personal es político”. Escribo en el blog para compartir reflexiones y opiniones desde un conocimiento situado, no intento generalizar.

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