La destrucción creativa

Alguna vez nos hemos referido al crecimiento tecnológico como exponencial. La realidad es que conforme avanza el tiempo el avance en la ciencia y en la tecnología crea esa ilusión, pero en realidad el crecimiento ha sido constante, la diferencia radica en que cada vez construimos en un nivel más alto que el anterior. Los descubrimientos en un periodo de dos décadas nos han vuelto dependientes de muchos factores como el iPhone, el big data, internet, entre otros.

Hace más de un siglo, científicos y mecánicos ya utilizaban la opinión pública como trampolín para promocionar sus más recientes descubrimientos. La electricidad, las comunicaciones y el transporte son solo unos ejemplos de los que en décadas pasadas anunciaban en eventos parecidos a lo que hoy podemos con los nuevos lanzamientos de Apple, cada uno en su respectiva dimensión. Y es aquí donde vale la pena preguntarse: ¿cuáles son los fines de tal promoción en masa?

Una vez entendido que el proceso de descubrimientos tecnológicos no ha cambiado mucho, podemos adentrarnos al fin de este artículo: la destrucción creativa. Joseph Schumpeter, por allá de la década de 1940, argumentó que todo proceso de innovación reorganiza los factores de producción, dándole oportunidad de sobrevivir a los inventos con mayor potencial y productividad, pero dejando a un lado, y con pocas probabilidades de seguir subsistiendo, todos los sectores menos rentables, es decir, con menor potencial y, por lo regular, aquellos con mayor antigüedad.

La historia de este fenómeno es tan singular y polémica como su mismo nombre. Prácticamente ha estado inmerso en toda la historia de la humanidad y sus consecuencias han servido para avanzar y para retroceder en diferentes periodos de la civilización. Tal y como lo aseveran dos grandes economistas, Daron Acemoglu y James A. Robinson, en su libro Por qué fracasan los países, la destrucción creativa es un punto de interconexión entre el poder político y el poder económico, el cual puede desembocar en un país próspero o en un fracaso.

¿Qué tiene de importante la destrucción creativa?

Bastante. Para empezar, vale la pena recuperar los primeros párrafos. Años atrás, muchos científicos se empeñaban en inventar una herramienta o mecanismo que pudiera revolucionar la industria, mejorar miles de vidas y, por último, pero no menos importante, ganarles una patente millonaria que les pudiera asegurar su estabilidad financiera por el resto de su vida. A simple vista el proceso parece sencillo, pero entonces ¿por qué estos genios tenían que llamar en cada descubrimiento a un auditorio lleno de inversionistas o público en general? La respuesta está en que es muy difícil creer y apoyar as rupturas o cambios de paradigmas si no estamos del lado ganador.

Pongamos un par de ejemplos, Cristóbal Colón nunca hubiera podido llegar a América sin el financiamiento de los Reyes Católicos quienes dudaron, pero aún así aceptaron invertir en una expedición con alta incertidumbre. Hoy en día vivimos en un periodo de automatización, el cual está desarrollando robots y sistemas informáticos capaces de reemplazar a una enorme cantidad de trabajadores. Sin embargo, nadie puede negar (y tampoco aceptar con contundencia) que tales innovaciones beneficiarán a una parte del mundo. Ambos ejemplos nos dan una clara pauta de lo temible que puede ser el cambio: la incertidumbre de estar o no del lado ganador.

Poder político y poder económico

Muchas veces la destrucción creativa aterra de más a un sector trascendental en la población: el gobierno. Cuando hay un gobierno exaltante del poder político es muy recurrente encontrar obstáculos para el proceso de la destrucción creativa. En años anteriores, varios monarcas y emperadores se rehusaron a contar con herramientas más sofisticadas y avanzadas; la razón se encontraba en que bajo esos adelantos podía esconderse una disminución en el control político.

Para explicar lo anterior supongamos lo siguiente: Un presidente llega a un país habitado por más de 120 millones de personas, de las cuales cerca de la mitad no ha podido encontrar un camino de producción y prosperidad. Este presidente llega con un gran apoyo electoral por sus promesas y su ánimo social de acabar con la pobreza, sin embargo, sus esfuerzos parecen decir lo contrario. Primeramente, el ejecutivo se rehúsa a contar con elementos tecnológicos para promover una economía moderna; en lugar de eso, opta por satisfacer a las personas dándoles trabajo para pavimentar carreteras, apoyar maquinaria cuyo motor es de un caballo (i.e. un animal) o para entregar recursos del Estado. Tal y como en siglos pasados, el representante no se entregará tan fácil a la destrucción creativa, pues el poder político parece ser más importante en muchas ocasiones.

 

Para concluir…

El último párrafo puede ser fácilmente confundido con un desprecio al apoyo a personas con escasos recursos, por ello vale la pena ser claro. Los avances de grandes economías como Estados Unidos o los Estados Nórdicos están basados en mejoras tecnológicas consecutivas, las cuales no implican necesariamente un reemplazo de trabajadores por robots, sino mejores elementos para construir infraestructuras, mejorar la burocracia, aumentar la eficiencia de los servicios públicos, etcétera. Con mejoras estructurales, la sociedad puede aumentar su capacidad de cambio en el tiempo y no solo en un periodo limitado.

Por último, para terminar de aclarar lo anterior, Apple tiene forma elemental de aprovechar la destrucción creativa. Para esta enorme compañía la barrera no es el gobierno, las inversiones o la opinión pública, sino su competencia en el mercado, la cual tiene que vencer con innovaciones constantes y con mejoras en la calidad de sus proyectos. Esta es la destrucción creativa que nos ayuda a mejorar y que es próspera para la sociedad.

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Rodrigo Núñez, 21 años.

Estudiante de economía en el ITAM y derecho en la UNAM, coordinador del área de transparencia del Centro de Estudios Alonso Lujambio y asistente de investigación del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
Escribo sobre economía, derecho e historia.

Me interesan los deportes y la política.

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