La Democracia en Crisis: Reconsiderando las Elecciones

Hace un año escribí un artículo sobre la ola de protestas que sacudieron a los gobiernos Latinoamericanos en donde analizaba, de forma pintoresca, las causas detrás de esas manifestaciones. Desde entonces, algunos clamores se extinguieron, otros siguen causando estruendos a lo largo de las capitales Latinas y otros nacieron en regiones lejanas.

Durante este tiempo, la idea de una “crisis de gobernabilidad” me llevó a pensar un poco más en el rol que juegan las ciudadanas y los ciudadanos en la formación y el funcionamiento de su gobierno. Y pensando justamente en los sistemas electorales y la gobernanza, me di cuenta que, normalmente, las mexicanas y los mexicanos estamos directamente involucrados únicamente en la primera parte: escogiendo a nuestros representantes.

Además, que es justo ese primer paso el que define los demás: las elecciones determinan cuántos y cuáles partidos conforman el poder legislativo y quién ocupa el ejecutivo; estos diputados y diputadas, senadores y senadoras y el presidente o presidenta establecen el rumbo que seguirá la agenda durante un tiempo, y son ellos y ellas los y las que redactan iniciativas, discuten, se agarran a golpes, negocian y votan.

La ciudadanía toma la decisión más grande, pero ¿es la más importante? ¿Dónde está nuestra aportación en la toma de decisiones? Las declaraciones del presidente y su partido en los últimos meses en contra del Instituto Nacional Electoral camino al 2021 revivieron mi interés por la democracia mexicana y nuestra expresión favorita de ella: las elecciones.

Andrés Manuel, con sus palabras, implantó una pregunta tan emocionante como escalofriante en mi cabeza: ¿Y si…? ¿Y si las elecciones no son muy democráticas? “No’mbre ¿Cómo crees?” pensé … pero ¿Y si sí? ¿Y si mejor no hacemos elecciones? ¿Podemos gobernar de otra forma? Paradójicamente, esta pregunta profundamente autoritaria en realidad me llevó a conocer más de cerca la democracia.

¿Por qué elecciones? El origen histórico del fundamentalismo electoral

Para entender esta fascinación desmesurada por las elecciones como único método válido para tener una democracia, hace falta una mirada retrospectiva hacia los orígenes de la democracia representativa.

Antes del siglo XIX, existían estados absolutistas donde el poder se concentraba en una única autoridad que dictaba leyes y gobernaba de forma unilateral sobre todos y todas dentro de su reino. La corona hacía, aplicaba e incluso era la ley.

Sin embargo, a finales del siglo XVIII, estalla el movimiento de independencia estadounidense y la revolución francesa, y la alta burguesía se separa de las coronas británicas y francesas respectivamente.

Es entonces cuando, entre los escombros de sociedades pasadas, los nuevos estados independientes se proclaman “repúblicas”, más no “repúblicas democráticas”. Guiados por una nueva concepción de la soberanía, donde “el pueblo” ahora montaba los diablitos de la bicicleta pero no la manejaba, los fundadores de los Estados Unidos y la primera República Francesa apartaron a la aristocracia hereditaria y la reemplazaron con una elegida. Esta nueva aristocracia, votada por “todos”, pero previamente seleccionada por la élite, ya no se fundaba bajo la “gracia de Dios” o el apellido; ahora su legitimidad la justificaban las elecciones.

El pensamiento detrás puede parecer tentador a los amantes de la autoridad y creyentes de la tecnocracia, pues muchos filósofos y pensadores de la época armaron un caso bastante convincente sobre por qué unos pocos deben ser elegidos para gobernar.

John Adams, por ejemplo, describió una asamblea constituida por los miembros “más sabios y nobles […] que pensaría, sentiría, razonaría y actuaría como una representación exacta de la población en general”. James Madison llevó esta idea todavía más lejos al argumentar que los gobernantes deben ser aquellos “que posean la mayor sabiduría para discernir y la mayor virtud para perseguir el bien común”. Boissy d’Anglas, presidente del consejo constituyente francés de 1795, también declaró que “debemos ser gobernados por los mejores, y los mejores son quienes han podido disfrutar de la mejor formación y más interés tienen en la aplicación de las leyes […], los propietarios de tierras”.

Así, ya sea por elitismo, interés propio, o un ingenuo idealismo, los líderes revolucionarios vieron en la representatividad un procedimiento formal, una herramienta de gobierno, que consensuaba ideologías nacionalistas y democráticas con un arreglo de las oportunidades políticas a su favor.

Lo que sigue, fue una consolidación del modelo representativo electoral como la norma. Primero, los partidos políticos surgen a mediados del siglo XIX para personificar y formalizar líneas de fractura – liberalismo vs. conservadurismo, federalismo vs. centralismo, trabajadores y trabajadoras vs. empleadores y empleadoras –, transformando las elecciones en una lucha de grupos de interés por el apoyo del electorado.

Después, en la época de postguerra, se crea un sistema estable a base de partidos de masa con gran fidelidad – piensen en el PRI o el PAN –, una sociedad civil organizada y organizaciones mediadoras como los sindicatos.

En los 80s y 90s, en el auge del neoliberalismo, el libre mercado releva a la sociedad civil como agente estructurador del espacio público y los medios de comunicación convierten las elecciones en un “combate mediatizado” (Van Reybrouck, 2017). En México, las últimas décadas del siglo XX son también cuando la población empieza a cuestionar la legitimidad del partido hegemónico y las elecciones se vuelven el medio para interrumpir su continuidad.

Del 2000 en adelante, las redes sociales y las crisis económicas nos llevan a cuestionar de forma seria, quizás por primera vez, la efectividad de las elecciones como método democrático. Como en los años 30s, con la desilusión revive el populismo, la tecnocracia y el antiparlamentarismo. La cobertura continua y la respuesta inmediata vuelven la campaña política un evento permanente y el gobierno, a la vista todo el tiempo, mide su credibilidad con likes – de aquí que surge la mañanera y las redes sociales del gobernador Vila.

Se levanta el telón y la verdad sale a relucir: las elecciones son el combustible fósil de la política. La democracia representativa es un modelo vertical en un siglo XXI cada vez más horizontal (Van Reybruck, 2017).

Rally to Restore Sanity
Elecciones por sorteo: una alternativa tan vieja como Aristóteles

¿Y qué si les digo que existe una opción tan antigua que parece no existir en nuestro recorrido histórico hacia la pluralidad y el sufragio universal?

Tras las decepciones de Brexit y la elección de varios líderes populistas en los últimos 5 años, algunas personas trazaron contrastes entre los referéndums modernos y la democracia ateniense de la antigua Grecia. La idea es que las poblaciones actuales son muy grandes o muy ignorantes (o ambas) para participar de forma directa en el gobierno. Sin embargo, solemos olvidar las otras dos características que definían la democracia Ateniense además de ser directa: las decisiones más importantes las tomaban grupos grandes de personas, y la mayoría de los funcionarios griegos eran elegidos al azar. He aquí un viejo amigo de la democracia: el sorteo.

La democracia en Atenas hace más de 15 siglos, si bien era compleja, la definían cuatro instituciones principales.

 La Asamblea Popular (AP) era el corazón de la sociedad ateniense, donde todos los individuos con derechos a ciudadanía podían inscribirse y presentarse, teniendo voz y voto. La Asamblea votaba leyes, declaraba guerras y elegía algunos funcionarios. El Consejo de los 500 era la mente detrás de la Asamblea: los 500 miembros, elegidos al azar por medio de sorteo entre los ciudadanos y representando las 10 tribus atenienses, redactaban las leyes y preparaban la agenda de la Asamblea, recibía a diplomáticos y controlaba a los magistrados. Juntos, la Asamblea Popular y el Consejo de 500 conformaban el Poder Legislativo. Los Tribunales Populares, encargados de administrar la justicia y revisar las decisiones adoptadas por la AP, tenían entre 200 y hasta 6000 miembros dependiendo del juicio, y los jurados eran elegidos por sorteo también. Por último, los magistrados, encargados de ejecutar las decisiones del Legislativo, eran elegidos en su mayoría por sorteo entre los ciudadanos y unos cuantos elegidos por la Asamblea Popular. El azar definía la democracia cuando aún era joven.

Lo que más llama la atención de este sistema político es, tanto su habilidad para mantener un balance entre los tres Poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), como su equidad: el sorteo y la brevedad de los cargos significaban que más de la mitad de los ciudadanos habían tenido o tendrían un puesto gubernamental, neutralizando así la influencia individual y minimizando la brecha entre los gobernantes y los ciudadanos y ciudadanas.

Ahora, queda claro que un gobierno como el ateniense a duras penas funcionaria en un mundo con poblaciones y territorios enormes, con una participación ciudadana mucho menos limitada que en los siglos V y VI, y con una aparente inestabilidad permanente en la política nacional e internacional. ¿Cómo reconciliamos ideas tan antiguas con la modernidad?

¿Sistemas postelectorales? Democracias deliberativas, renovaciones democráticas e instituciones populares

En su libro “Contra las elecciones”, el historiador David Van Reybrouck, aparte de inspirar este texto, nos ofrece variasalternativas contemporáneas al sistema actual. Yendo de menos a más complejo, podemos empezar con los sondeos deliberativos propuestos originalmente por James Fishkin en 1988. La idea, según el Centro de la Democracia Deliberativa, es reunir una muestra aleatoria y representativa de una población para que los ciudadanos y las ciudadanas tengan un diálogo informado sobre un tema en específico con un grupo de expertos y expertas y sus representantes políticos.

En los sondeos realizados hasta la fecha, los temas a deliberar han ido desde políticas ambientales (Texas), elecciones supranacionales (Unión Europea), comunidades marginadas o minoritarias (Bulgaria), prospectos de unificación (Corea) y hasta qué hacer con un estadio de fútbol (Polonia). Las discusiones pueden ser transmitidas por la tele o a puerta cerrada, y los resultados pueden ser desde reportes y resúmenes de trabajo, hasta propuestas de reformas y políticas públicas.

Llevando la idea de los sondeos un poco más lejos, en países como Irlanda e Islandia, al igual que las provincias de Ontario y Columbia Británica en Canadá, han optado por crear proyectos con mandatos oficiales y presupuestos gubernamentales que utilizan el sorteo para elegir un grupo representativo de ciudadanos y ciudadanas para redactar reformas electorales y constitucionales. Los y las elegidos y elegidas recibieron un sueldo para trabajar por varios meses, mano a mano con sus compañeros y compañeras, y hacer recomendaciones vinculantes que terminan siendo sometidas a referéndum.

 Otros autores y autoras han propuesto de plano deshacerse de ciertas cámaras de sus parlamentos o agregar una más, siendo todas éstas conformadas por ciudadanos elegidos únicamente por sorteo, no votados. Desde tener una Cámara Representativa (Representative House) en vez de la actual Cámara de Representantes en Estados Unidos, reemplazar la Cámara de los Lores en Reino Unido por una Cámara de los Pares (House of Peers), hasta agregar una tercera cámara al parlamento francés llamada la Tercera Asamblea (Troisième Assemblée), todas buscan reformar el ejercicio de la democracia. Imagínense desaparecer la Cámara de Diputados en México e instalar una “Asamblea Representativa” donde tú o yo podamos servir como representantes por un período limitado y con el apoyo de expertos para legislar sobre los temas que más apremian al país. ¿Y si en vez tuviéramos tres Cámaras parlamentarias? Las opciones son muchas.

Por último, no puedo dejar fuera la propuesta del politólogo Terrill Bouricious, publicada en la Revista de Deliberación Pública en el 2013. En resumidas cuentas, Bouricious se tomó la tarea de diseñar un sistema de gobierno democrático que conciliaba los retos más grandes en el oficio de gobernar y lo hizo concibiendo un poder legislativo compuesto por seis instituciones, de las cuales sólo una no es elegida por sorteo. Aquí pueden ver gráficamente la idea del sorteo multi-orgánico.

Conforme nos adentramos al proceso electoral 2020-2021 en México, este texto es una invitación a que nos replanteemos qué es lo que esperamos de nuestra democracia. ¿Es suficiente elegir a alguien en la boleta? ¿Qué otras opciones podemos imaginar para mejorar nuestro sistema político? Atrevámonos a reimaginar la participación ciudadana.

Reybrouck, V. D. (2017). Contra las elecciones: Cómo salvar la democracia. Penguin Random House Grupo Editorial.

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Estudiante de Ciencias Políticas y Derecho Internacional en un Programa de Doble Titulación entre L'Institut d'Études Politiques de Paris (Sciences Po) y the University of British Columbia.

Obsesionado con el estudio del poder, me dedico a interpretar, evaluar y explicar eventos, patrones y estructuras de política.

Yucateco primero. Lo único que me gusta más que una buena conversación es un buen café

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