La crisis del Internet

A propósito de estos tiempos (y de tiempos similarmente agitados) se habla de Internet como una herramienta de defensa. Creo que poco se ha pensado, habiendo pasado ya por el filtro de la normalidad, en el Internet como una crisis misma. No propongo apresurar la reflexión hacia alguna comparación reduccionista (del estilo “imagínense un mundo sin teléfonos”) para únicamente llegar a decir “sí, nuestra vida ha cambiado”. ¿De qué tipo de crisis hablamos entonces?

Hay ciertos optimistas que consideran que los momentos de crisis nos mueven a ser mejores. Es algo que a mí no me queda claro. Simpatizo más con la idea de que las crisis nos mueven a cuestionar nuestra normalidad. Pero tampoco tengo mucha certeza de qué clase de cuestionamiento debe hacerse. Es más cierto decir que las crisis, ante todo, nos mueven. La parte de pensar al movimiento llega a ser, más de lo deseado, una mera interpretación temporal, confusa y parcial de las complejas interacciones que nos rodean (¿no es por esto que nos importa la historia?). Apenas conceptualizamos una ínfima parte de la realidad y la sed de certeza nos mueve a edificar, a partir de esas migajas, narrativas y ficciones que nos proporcionen algo de lo cual agarrarnos. Este paso no es inofensivo. Estas narrativas acaban condicionando nuestro acercamiento con la realidad, así como la propia comprensión. Piénsese cómo alrededor de estas narrativas construímos gran parte de nuestra identidad. Preguntar por la identidad de alguien, es preguntar por las narrativas que le condicionan (al menos en la parte socio-culturamente condicionada de las identidades, a propósito de otro tipo de análisis). Observo que, tras los momentos de crisis, nuestras identidades se ven trastocadas por ese cambio de narrativas. 

Internet puede pensarse como un fenómeno que pone, en este sentido, en un estado de crisis constante narrativas e identidades, a través de la hiperapertura e hiperexposición de contenidos de fuentes no necesariamente consistentes.  En consecuencia, afecta nuestras percepciones sobre la realidad. Hay que advertir que todavía podríamos cuestionar qué tan homogéneas se han hecho las comunidades digitales. No obstante, frente a la ambigüedad de este resultado, podríamos darle un signo distintivo a nuestra época que nos permita abordar los problemas que surgen de esta cuestión. Al menos en este lado del mundo (recordemos que el acceso al internet siguio siendo desigual), ese signo sería el de la vulnerabilidad.

Piénsese en aquel bienestar relativo protegido por complejos sistemas de costumbres y hábitos, casi desapercibidos pero siempre operantes, en comunidades cerradas. Este bienestar relativo proviene del conjunto de maneras de abordar los problemas del día a día, dictadas por las propias reglas de un sistema funcional. Aún cuando siempre existen canales de entrada de elementos externos, capaces de reconfigurar ese sistema, un sistema así hace lo posible por mitigar su flujo. Esta es una lectura parcial que se puede aceptar con cierta facilidad sobre muchas gestas históricas entre distintas comunidades. El intento por manipular desde una dimensión moral e ideológica aquellos flujos externos ha llevado a la humanidad misma a numerosos eventos desafortunados. Lo cierto es que actualmente las limitaciones a ese flujo de elementos externos están siendo sobrepasadas por la apertura del mundo digital.

 

La vulnerabilidad por un lado viene de la ambigüedad del resultado. Existen los grupos de acción en la solución de problemas sociales urgentes, que coordinan su acción en el terreno digital, así como grupos extremistas que acaban agrupándose y organizando sus agendas. Existe también, como antes mencionaba, la marginalización y la dispersión. Algunas lecturas sociológicas encuentran que las redes sociales promueven desigualdades sexuales que pasan del plano digital al laboral a través de la capitalización del cuerpo (no creo que esta lectura peque de puritana). Yo encuentro también que en alguna medida las redes sociales facilitan la falsa consciencia de clase y formas paralelas de aspiracionalismo. Hay que decir que la vulnerabilidad se manifiesta ante todo por las contradicciones factuales y, muy importante decirlo, no ideológicas, que traen consigo la hiperapertura e hiperinteracción de Internet, aunque las ideológicas acaparan el protagonismo con más frecuencia, haciendo más confusa la conversación. En este sentido, me llama la atención que quienes son suceptibles, no necesariamente de entender sino de percibir esta vulnerabilidad, acaban volcándose a nuevas formas de fobia digital y tecnológica. Desde las agrupaciones más radicales de neoludismo hasta las más caricaturizables (tu primo que acaba de ver Black Mirror y ahora usa modo incógnito en el navegador).

I’m a bot (2020) Gwyneth Nava

Quizá existan otros ejemplos más cercanos de esa vulnerabilidad que aquí mismo puedo comentar. Antes hablaba de la relación que tenía con nuestras identidades individuales y colectivas. Las manifestaciones estéticas son más ricas de lo que se piensa en información sobre esta cuestión. El aspecto globalizante de Internet trae también un interés globalizante por cosas que no están propiamente en nuestros lugares de origen. En esta linea observo que Internet promueve dos tendencias contradictorias. Por un lado, ofrece la posibilidad de diversificación de intereses y conocimientos en un individuo más allá de su contexto. Y por otro privilegia ciertos polos culturales sobre otros, promoviendo cierta homogenización de los individuos (aunque quizá esta segunda tendencia se explica por diferencias en poder económico y tecnológico que encuentran un nuevo terreno que conquistar). Habría que replantearse si esa nostalgia por cosas que nunca se han vivido y por rodearse de personas que nunca se han conocido no es mas que la resaca de alguna serie de Netflix. Ambas tendencias, según las resonancias a las que somos susceptibles, desembocan finalmente en nuestra personalidad digital.

Se manifiesta también en la crisis de narrativas con las que se educa sobre el Internet y lo digital. Mucho se ha escrito y hablado (tanto en el terreno académico, como en mismas redes sociales, así como en el terreno artístico y creativo) sobre las fronteras entre lo “digital y lo real”. Me preocupa que se acepte la premisa, inocente, de que a partir de la frontera entre lo que se engloba con una categoría y la otra, deberíamos aceptar lo digital como una ilusión del mundo real. Las interacciones entre lo que se cree como digital y lo que se cree como real son tales que un estado de consciencia que se permita hacer tal separación, está, hoy en día, destinado a la despolitización e incomprensión de los peligros sociales y culturales actuales. Desde mi perspectiva, los centros de pensamiento creativos y artísticos han abordado mejor esta cuestión que los centros de pensamiento académicos y políticos.

Esta reflexión no es casual. La crisis provocada por el COVID-19 aceleró muchos de esos procesos. Hago esta reflexión intentando alejarme de alguna postura ideológica en particular. Si tuviera que añadirle un propósito, diría que sobre todo me parece urgente ir a la comprensión y reflexión de esas vulnerabilidades para poder comprender nuestro tiempo.

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En permanente desconfianza de las categorías. Para quien sirvan los títulos: estudiante de economía y filosofía. Busco aproximarme a la realidad con disposición crítica.

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