Jotos, hablemos de una ética de cuidado sexoafectivo

Este artículo es escrito por mí, un hombre homosexual de 24 años que recibió, como muchos otros congéneres, pláticas de educación sexual de manera desinformada y prejuiciosa. De esto ya se ha escrito en un artículo en el Yucapost anteriormente por parte de  Alex Tejeida. Sin embargo, el tema que voy a tratar de abarcar de manera escueta, mas no por eso superficial, es la educación sexoafectiva en relaciones homosexuales entre hombres.

Aunque para las personas homofóbicas, personas del Frente Nacional por la Familia (FNF), para las y los legisladores que rechazaron dos veces el matrimonio igualitario y para todas las personas que han decidido invisibilizarnos, parece que es mejor ignorar que existimos y que también recibimos y damos afecto, la realidad es la opuesta. Yo les digo: Sí, también las personas homosexuales tenemos sexo y contamos con derechos sexuales. Es debido a que este sistema binario y hegemónico heterosexual continúa violentando nuestro derecho a recibir una educación sexual en el cual podamos aprender a cuidarnos sexoafectivamente, que quedamos vulnerados y vulnerables ante problemáticas sociales y de salud que nos afectan directamente: la crisis de salud mental, índices de depresión y de suicidio, aunado de relaciones poco saludables y machistas con otros hombres (sobre todo con quienes tienen una expresión de género no binaria o femenina).

Tuve mi plática de sexualidad con mi padre cuando estaba en primero de secundaria, y como era de esperarse, se dirigía a mí como si fuera un chico heterosexual. Incluso en ese momento de mi vida yo me suponía heterosexual. O más bien había decidido serlo para poder cesar toda la violencia que suponía ser gay a mi edad, y creo que es algo que la mayoría de los hombres homosexuales hemos experimentado. No es hasta luego de tener nuestras primeras relaciones sexuales que empezamos a aprender a cuidarnos y a darnos amor a nosotros mismos.

En mi caso personal, nunca tuve relaciones sexoafectivas antes de redescubrir mi orientación sexual. Todo era nuevo para mí, nadie me advirtió sobre la importancia de amarme a mí mismo ni de los peligros de tener una relación casual sin antes haber analizado si era realmente lo que quería, sin antes anticipar todo aquello que conlleva. En ese momento de mi vida, quería sentir, quería ser amado, quería ir a otra velocidad que no era con la que me sentía cómodo. Afortunadamente, hasta ahora no ha habido repercusiones en mi salud sexual, pero sí me causó malestar emocional y psicológico. Me ha tomado sesiones de terapia poder ocuparme de mis heridas; si bien recordar todo el viacrucis que ocasionan las relaciones sexuales sin responsabilidad afectiva ha sido angustiante, creo que un buen paso para mi proceso de sanación ha sido empezar a nombrar todo aquello que me hace daño, que no me ha permitido gozar de un autocuidado personal. Poner nombre al sentimiento y realizar un diagnóstico de todo aquel síntoma que me ha ocasionado dolor.

Una maestra de sexualidad humana, la maestra Verónica Godoy  a quien recuerdo con mucho afecto, solía decirnos que “no hay condón para el corazón”. Eso, la mayoría de los hombres homosexuales lo aprendemos una vez que nos involucramos en una relación sexoafectiva de la cual salimos afectados porque no aprendimos a que antes de tener una relación con otra persona, primero hay que ocuparnos en cuidar la relación con nosotros mismos. Es que si bien es responsabilidad de nosotros hacernos cargo de nuestra salud mental y de nuestros afectos, también es cierto que el machismo es, en gran parte, una causa de porqué los hombres nos tratamos muchas veces de forma violenta. No sabemos cómo relacionarnos, porque socializamos e interiorizamos las formas patriarcales de conducirnos y de ejercer nuestra sexualidad justo como los hombres heterosexuales lo han hecho. Sentimos vergüenza, soledad, culpa, tristeza o miedo al relacionarnos porque este sistema binario hegemónico androcentrista nos ha excluido de la posibilidad de tener deseo homoerótico y ha hecho que sintamos un odio hacia nosotros mismos y hacia otros hombres que han transgredido los estereotipos de género que hemos interiorizado.

Nos embarcamos en relaciones tóxicas en las cuales muchas veces no ponemos las cartas sobre la mesa, no ponemos condiciones ni normas de convivencia. Y ojo a esto, tampoco hay consentimiento muchas veces. El consentimiento es parte fundamental para que nos tratemos de forma digna y responsable. Cuántas veces no he escuchado en conversaciones o escuchado otras experiencias en las cuales se da por sentado que el otro está cómodo cuando las señales corporales dicen lo contrario, que se comenta entre hombres que el sexo tiene que ser “a pelo” para disfrutarse o que hay una interrupción en la penetración para quitarse el preservativo sin que la otra persona tenga conocimiento de esto.

Propongo, a nivel individual y colectivo, rehacer y reconstruir las masculinidades tóxicas que hemos ejercido. Debemos cambiar las dinámicas machistas con las que nos conducimos con otros hombres, respetar la diversidad de cuerpos y las formas de expresar nuestra sexualidad; aprender a mirar desde otra óptica, una con amor hacia las diferentes formas de ser hombre. Una que nos haga bien, que nos haga disfrutar de relaciones sexoafectivas más sanas. Así, de manera encarecida,  invito a mis congéneres homosexuales a que vayan a terapia psicológica así como también vamos a revisión médica para saber si tenemos alguna enfermedad de transmisión sexual. A nivel estructural, las instituciones gubernamentales y educativas tienen que dar luz verde para que esté al alcance de todos una educación sexual integral que tome en cuenta a la población que forma parte de la comunidad LGBTTTIQ+; que las instituciones de salud pública sean capaces de proveer atención médica y psicológica a la población de la diversidad sexual y de nuestra parte como comunidad. Les extiendo la invitación para exigir a nuestro gobierno que proteja, promueva y garantice el cumplimiento de nuestrxs derechos sexuales.

Es cierto, no hay condón para el corazón, pero tenemos la responsabilidad de informarnos, de colectivizarnos para aprender del otro cómo llevar a cabo una mejor ética de autocuidado y de responsabilidad afectiva. Llevo algo de tiempo ya en terapia, y creo que el autocuidado es una ética para relacionarnos y no una meta. Es un camino que decidí tomar, todavía sigo trabajando en ello, pero puedo decirles que una vez que nos atrevemos, la relación con nosotros mismos mejora.

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Psicólogo. Interés por la educación y consejería de la sexualidad, estudios queer y literatura latinoamericana.

Amo las películas de Yorgos Lanthimos, el jazz, la trova y leer artículos del New Yorker.

Mi libro favorito es “Los recuerdos del porvenir” de Elena Garro.

Convencido de que “lo personal es político”.

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