InTERFention. Am I The A**hole? (O: ¿Cómo saber si soy TERF?)

Para K. y su hermosa valentía.

Entre los debates más acalorados de la década –quizá ya ningún debate se halle exento de multiplicada vehemencia– se encuentra el feminismo, y dentro de él, una de sus más fervientes divisiones: el feminismo radical transexcluyente, o TERF, por sus siglas en inglés (Trans Exclusionary Radical Feminism). Para disipar dudas sobre mi postura al respecto, lo digo con todas sus letras: jamás estaré de acuerdo con un feminismo que discrimine a las personas trans.

El estruendo con el que actualmente resuena en los medios dicha postura se debe –aunque no únicamente– a las ya muy comentadas declaraciones de aquella escritora inglesa de libros juveniles, quien ha demostrado sólidas semejanzas con el emblemático villano de su autoría. Es por ello, y por la publicidad que no quiero aportarle en este mar cibernético, que me referiré a ella como La-Que-No-Debe-Ser-Nombrada o La Innombrable. Sucede que a La Innombrable se le hizo muy fácil acaparar la atención del universo tuitero a través de sus aparentemente controversiales opiniones en torno a las personas trans. No son controversiales: son discursos de odio. En consecuencia, no escribo con la intención de señalar por qué ser TERF es abominable, sobre ello no me caben dudas. Mi intención es conversar con la comunidad lectora de este medio algunos sesgos que nos hacen caer, a las feministas cisgénero, en deleznables vicios discriminatorios similares, o hasta idénticos, a los cometidos por La Innombrable.

En primer lugar, conviene retomar las palabras de Danila Suárez Tomé, doctora en filosofía y docente de la Universidad de Buenos Aires: “Todas las TERF son feministas radicales; no todas las feministas radicales son TERF, no lo han sido a lo largo de la historia.” La académica insiste en que el feminismo radical no es en sí mismo transexcluyente, al explicar que desde aquél fueron erigidas las bases teóricas del feminismo clásico, hacia finales de los años sesenta. Me parece una puntualización crucial, pues sospecho que muchas compañeras han sido seducidas por la palabra “radical” y otras fórmulas verbales como la idea de “abolir el género”. Ni la radicalidad ni la lucha contra la imposición de roles de género implican, ni mucho menos justifican, la exclusión de las, y les compañeres trans y no binaries. Por el contrario, la convergencia de otras características que el capitalismo blanco y patriarcal califica, como clase, edad o “raza”, permite, mediante un ejercicio de interseccionalidad y empatía, trasladar las teorías hacia la praxis viva que es su esencia, esto es, a mirar a la persona en concreto y abrazar su unicidad.

Considerar que un letrero que enuncia “personas menstruantes y gestantes” para incluir las realidades trans supone “borrar” a las mujeres es tanto necio como discriminatorio. Si bien es cierto que la opresión que sufrimos las mujeres se ejerce también en contra de nuestros cuerpos y que a partir de la genitalidad nos es asignada una serie de yugos, nuestra existencia abarca mucho más allá del cuerpo. Pensemos, por ejemplo, en las propuestas planteadas por la serie Black Mirror o la película Her sobre ser y conciencia, o recordemos cómo hemos socializado virtualmente durante el último año. La persona, y también el género, expanden sus fronteras hasta donde la mente y el lenguaje alcanzan.

Vía: commons.wikimedia.org

Uno de los más relevantes debates epistemológicos, si no es que el más relevante, que se ha articulado a partir del posmodernismo es ¿qué es la objetividad?, ¿qué implica? Consideremos que razón y objetividad han sido los estandartes de filosofías misóginas. Históricamente se han impuesto como “verdades” las meras percepciones de los sectores dominantes, narrando y calificando nuestros cuerpos y existencias. Por ello, cuando el discurso feminista se limita a las voces de mujeres blancas, cis y de clase acomodada, prevalece una ecuación opresiva que apenas modifica los rostros de sus verdugos. Así que no sorprende que coincidan con el SWERF (feminismo radical excluyente de trabajadoras sexuales, por sus siglas en inglés). El feminismo blanco, con la astucia de venderse como radical, monopoliza la realidad de “las mujeres” omitiendo la subjetividad, esto es, el específico acuerpamiento de la identidad personal, tan diversa como válida en sus infinitas singularidades. La insistencia en aplicar vanas y simplistas fórmulas pseudo lógicas es, por ende, un violento capricho.

Si abolir el género significa abolir las identidades y abolir a las personas, no cuenten conmigo.

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Mexicana. Licenciada en Derecho, Máster en Literatura y sommelier. Mamá
feminista. Filosofo y escribo desde Florencia, Italia.

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