Identidad condicional

Por Lorena Blanco

Nadie sabe quién o qué es realmente. Es por eso que hacemos representaciones de lo que alcanzamos a percibir o interpretar de ese eterno inconsistente que somos. A esas representaciones de la realidad –como si se tratase del mito de las sombras en la caverna de Platón- le llamamos identidad. Podemos analizarla desde puntos de vista simbólicos, sociales, históricos y psicológicos, así como desde casi cualquier disciplina. Pero abordarla desde el punto de vista legal tiene especial repercusión en nuestro día a día. Sobre todo para nosotras, las personas trans.

Tu identidad no solo es un proceso y una serie de signos, memorias e interacciones. Es también un permiso jurídico para transitar por el mundo en el que mandan los Estados, los sistemas bancarios y las leyes. De la misma forma en que una persona blanca difícilmente se dará cuenta en su día a día de las repercusiones que tiene el color de la piel, o en que un hombre puede obviar en su paso la protección que porta por no ser una mujer, las personas cisgénero pueden en la mayoría de los casos ni siquiera notar el impacto que tiene el poder ejercer su derecho a la identidad –aclaro, en la mayoría de los casos-. Las personas trans no somos ni quien dice el Estado que somos, ni somos del todo quienes sabemos que realmente somos. Cuando no se tiene aún el reconocimiento legal de tu nombre y sexo-género, las situaciones más cotidianas pueden ser producto de constante tensión.

Tu credencial para votar; tu licencia de conducir; tu pasaporte; tu título universitario y otros certificados de estudio; tu registro ante el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) o ante el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE); tu contrato laboral; tu contrato de arrendamiento o tu título de propiedad; tu acta de nacimiento; tu registro de antecedentes penales; tus cuentas de redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, entre otras) y de aplicaciones (Uber, Rappi, Didi, etc); tus archivos en la nube; tu línea de telefonía; tus servicios públicos (Comisión Federal de Electricidad, agua y recolecta de basura) y privados (internet, servicio de cable y servicios de plataformas en streaming); tu registro ante la Secretaría de Administración Tributaria (SAT); tus cuentas bancarias; tu credencial de algún supermercado; tu registro ante algún partido político; colegio profesional o asociación; tu acta de defunción. No importa si todas estas situaciones, la mayoría o algunas aplican a tu situación particular. Son apenas algunos ejemplos de los múltiples espacios que exigen una coordinación y consenso acerca de quién eres.

Las personas trans que no tenemos aún nuestros documentos en orden –ya sea porque no hemos podido y/o porque nuestro estado no nos lo permite- vivimos el tedio de vivir entre dos identidades que no terminan de concretarse en una. No somos ninguna de las dos personas que aparecen dependiendo del espacio en el que nos encontramos. No somos, aún.

El derecho a la identidad está reconocido en el artículo 4 de la Constitución de México y la personalidad jurídica está reconocida en el artículo 3 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos. Mientras en redes sociales la gente cis discute si debe o no validarnos, si somos personas enfermas o no, si somos parte de una conspiración del “libro negro de la nueva izquierda”, o sobre por qué es importante lo que Laura Lecuona decidió sobre nosotros, las personas trans sin personalidad jurídica reconocida no somos quien somos. Porque otras personas decidieron que no.

El reconocimiento jurídico de la identidad trans no es visto como una prioridad para las personas que no saben lo que es conquistar ese derecho que toda su vida han dado por obvio. Si la identidad es la forma en la que se manifiesta simbólicamente lo que somos, negar el reconocimiento de las identidades trans es equivalente a una condena de silencio vivencial. Y mientras este existencia condicionada nos genera momentos de incomodidad, estrés, retardos, discusiones, enojos prescindibles y heridas, los fundamentalistas del bautismo aseguran que las víctimas son ellos porque –aunque en nada les afecta, nada les quita y menos les importa- tuvimos el arrebato de querer habitar una identidad y no dos incompletas.

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