He estado empujando mis límites y no sé si valió la pena

-Sabine Santana

Redes: @santana_sabine

Hace varios meses escribí un texto en la plataforma de Utopías Posibles sobre mi postura acerca de la tolerancia. Es un texto del que hasta hoy estoy muy orgullosa y sigo apoyando la esencia de lo que busqué transmitir. Me parece muy importante ser capaz de escuchar a todes, incluso a aquelles que tienen visiones radicalmente distintas a nuestra sobre las cosas del mundo y de la vida. Sin embargo, en ese texto también hablé de otro elemento: los límites. Sin ese ingrediente, el texto entero pierde sentido. No hay nobleza en dejar que florezcan plagas que maten todo nuestro jardín. 

En general, sé dónde están esos límites cuando se trata de política. Sé que no puedo tolerar a gente que pretenda oprimir a un grupo de personas de manera cruel o violenta y mis años de estudiar la historia de la relación entre los comunistas y la socialdemocracia me ha alertado sobre los signos de un fascista. Y si en algo estoy de acuerdo es que, una vez bien conceptualizado lo que es el fascismo, al fascista no se le debate, se le combate. 

Lamentablemente, mis límites no están claros cuando se trata de las personas. En especial, de personajes trágicos que se presentan ante mí como incomprendides, marginades y atormentades. Yo misma he tenido que pasar por la infinita soledad que viene ligada a ser hija de la tragedia. Mi alma siempre está con esa persona de la que te dicen que te alejes porque yo he sido esa persona, y hubo quien se quedó conmigo y sostuvo mi mano mientras estaba acostada en la banqueta, ¿cómo no devolver el favor?

Para mi desgracia, eso ha significado tropezar con piedras similares una y otra vez. La primera que puedo recordar como tal fue uno de mis mejores amigues. Yo me sentía como si fuéramos el equipo que Taylor describe en Miss Americana and the Hearthbreak Prince, “The whole school is rolling fake dice”, solo que en este caso no eran fake dices. Con los años me di cuenta de que su patrón de citas no era normal y no era sano. Y tuve que dejarlo ir. 

Aunque las medallas no se las llevan mis amistades, se las llevan los hombres en los que he confiado a pesar de las muchas, muchísimas señales que otras mujeres con sus redes de vigilancia y protección han tratado de enviarme. Mis críticas a los mecanismos punitivistas son muchas, pero si de algo me arrepiento es de haber usado esa postura política como pretexto para permitirme ignorar durante tanto tiempo que les estaba dejando dañarme dándoles el beneficio de ser víctimas. 

Al director de cine al que le perdoné una agresión sexual “menor”, al tuitstar al que invité a una fiesta y acosó a mi amiga, al celopáta confeso al que le pasé un millón de frases hirientes, al depredador que por años me negé a llamar así. No me mal interpreten. Sigo creyendo que es crucial que ellos tengan espacios en donde puedan ser escuchados sin prejucios, porque solo así podrán comenzar procesos de cambio real y duradero, pero lo que digo es que despúes de tanto he comprendido que ni yo, ni mi corazón, ni mi cuerpo, podemos ser ese espacio. 

A ninguna de esas personas les he servido más que como balsa inflable de emergencia para navegar unos cuántos metros más. Todos ellos necesitaban ayuda que una víctima pasiva y sumisa no les iba a dar. Igual que a mí la ayuda me llegó en forma de tiempo, de psicólogos y un psiquiatra, no de aquel pobre hombre al que usé cruelmente cuando teníamos dieciséis. 

Mi punto es que el trabajo de campo no es cosa de valientes, sino de profesionales. Nadie tiene porqué poner a prueba sus capacidades de aguante para demostrar que entiende que el mundo es complejo y que la gente no nace, se hace; que todes merecemos una segunda, tercera y quinceava oportunidad. Esas cosas son problemas reales que necesitan soluciones estructurales y sistémicas: verdaderos centros de reinserción social, apoyo psicológico gratuito y universal, sistemas eficaces de protección a la infancia, etc.

Les deseo toda la suerte del mundo a esos que han pedido disculpas y que están trabajando para aceptar y corregir sus errores. Y me mando a mí misma un abrazo por todas las veces que empujé mis límites y no valió la pena. 

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