Hacerse cargo

Por Emiliano Samaniego

“A mi lado nada nos separará, nadie te hará daño. A mi lado nadie te tocará, nadie se acordará de ti. Cuando no te acuerdes de nada, serás mía. Estás bajo mi control, solo yo puedo tocarte. Y puedo ahogarte en el vértigo del sadismo. No me importa morir.” Así empieza la canción “No me importa morir”, himno de la banda argentina El Otro Yo (EOY).

Canté estas palabras decenas de veces durante mi adolescencia. Disfruté su melodía y su poética fuerte pero hermosa. Canté ese tema con mi hermana, con mis amigas y amigos en muchas fiestas y con mi cuñado mientras tomábamos cerveza hasta el amanecer. También las canté en un show de la banda durante un verano que pasé en Buenos Aires. Incluso, me tomé una foto abrazando a Cristian Aldana –cantante y guitarrista de la banda– al final del concierto.

Poco tiempo después de esa foto volví a Quito. La vida universitaria no me gustaba para nada, me sentía solo y extraño. Sin embargo, tenía la música, que siempre me acompañaba. Entre las bandas que más escuchaba, estaba EOY. Luego ocurrió el desastre de Aldana.

Él había abusado por años física, psicológica y sexualmente de varias chicas –fans de la banda– cuando eran adolescentes. No era una denunciante: era una comunidad entera. Se conformaron bajo el nombre de “Víctimas de Cristian Aldana”. En mi mente de entonces, algo ingenua, no cabía la idea. No podía entender que uno de mis ídolos, cuyas canciones cantaban al amor y a la libertad y, cuya compañera de banda era su hermana, María Fernanda, fuera capaz de algo así.

Vía Posición Adelantada, http://posicionadelantada.com.ar/policiales/cristian-aldana-fue-condenado-a-22-anos-de-prision-por-abuso-sexual-y-corrupcion-de-menores/

Pero al final de mi adolescencia, aceptar que Aldana hizo lo que hizo, marcó el fin de una etapa. Me dio asco haber pronunciado sus palabras, me dolió haber escuchado y disfrutado su música. De hecho, nunca más lo volví a hacer, también la foto de la que hablo más arriba. Cuando apenas dejaba de ser un niño, perdí una parte de mí. Fue como si uno de mi mejores amigos o amigas muriera, o como si descubriera que un pariente hubiera sido un asesino, no sé… es difícil de explicar. Pero también fue el inicio de algo nuevo: poco a poco entendí que la violencia existe y que probablemente yo también había sido violento o cómplice en algún momento.

Con el tiempo me di cuenta de que, si bien no todos los hombres somos como Cristian Aldana, todos hemos tenido alguna conducta violenta o abusiva a nivel de género en nuestra vida. Todos hemos tenido acciones que violentaron a una mujer, por lo menos una vez.

Quienes hacemos este insight, tenemos un largo camino de prueba y error para eliminar al macho interno. Para ello, dejar de idolatrar a hombres violentos es un buen inicio. Debemos hablar con nuestras compañeras, parejas, amigas y hermanas sobre su experiencia en este mundo machista y violento. También debemos hablar del tema con nuestros amigos hombres. Pero, sobre todo, debemos aprender a escuchar. A abrir los ojos, hablar menos y escuchar más.

Esto no es sobre nosotros – los hombres-, pero nos involucra. Aunque sea doloroso, debemos aprender a identificar nuestros errores y nuestros patrones violentos para eliminarlos. Tenemos que aprender a pedir disculpas, a hacernos cargo, y también a seguir adelante, construyendo junto a las mujeres el mundo en el que todas y todos queremos vivir.

Psicólogo clínico, incipiente periodista.

Nací en Quito. Soy hijo de un quiteño y una tucumana. El punk siempre fue mi pasión. Creo fielmente en la palabra escrita como continente de la memoria, vehículo del alma y agente de cambio. Escribo sobre música, política y psicología.

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