Género no binario

-Charli Nenufar

 

El sistema de sexo-género sobre el que se estructuran la mayor parte de sociedades del mundo se basa en una división dual y binaria tanto del sexo como del género. Este sistema clasifica a las personas en categorías dicotómicas y opuestas. En cuanto al sexo, las dos categorías son macho y hembra, mientras que en lo que refiere al género, las dos opciones son hombre o mujer. De esta manera, en base a los genitales de la persona, se asigna un sexo y un género asociado a éste. Los constructos de este sistema interactúan y a les bebés que tienen genitales considerados propios de los machos se les asocia con el género masculino, mientras que a les que tienen genitales asignados a las hembras se les categoriza dentro del género femenino.  Al igual que el género, el sexo sigue siendo un constructo social, ya que, aunque las características físicas y fisiológicas de las personas sean realidades materiales y objetivas, las categorías de macho y hembra no lo son. Este vídeo realizado por el canal Difracción Transfemmenista explica y explora la construcción binaria y rígida del sexo en nuestra sociedad actual:

Las dos categorías definidas por el sistema del género binario son hombre y mujer. Cada categoría abarca una serie de roles, conductas, comportamientos, procesos mentales y emocionales, gustos y características tanto físicas como estéticas, que se consideran propias, naturales y esenciales de todos los individuos que la conforman. El sistema del género binario pretende clasificar a todas las personas en dos clases rígidas, para así mantener la dominación de una sobre otra, lo que conocemos como sistema patriarcal. Mediante estos constructos sociales, nos enseñan que nuestras formas de ser están determinadas por realidades naturales e irrevocables, que son nuestros genitales y el género asociado a ellos. Como consecuencia, se castiga a cualquier persona que rompa con las normas del sistema de género binario, y que demuestre con su mera existencia que éste es una construcción realizada en un contexto social, cultural, geográfico y político determinado.

El término trans sirve como paraguas para englobar a las personas cuya identidad de género y/o expresión de género difiere de las expectativas culturales que se esperaban en base a sus genitales. El dualismo sobre el que se basa este sistema de género limita y encasilla la experiencia humana en dos opciones únicas y opuestas: o eres hombre o eres mujer. Además, la imposición de este sistema binario y cisexista por todo el mundo ha sido producto de la colonización, el imperialismo y la evangelización europea y católica. Mediante este proceso, se ha intentado borrar las variadas formas culturales de entender y expresar el género. Han existido y existen sociedades donde los constructos del género son distintos, menos estrictos, menos determinados por la biología y, sobre todo, menos binarios. Esta página web recoge en un mapa interactivo las zonas del mundo donde han existido y siguen existiendo sistemas de género diversos y no basados en el dualismo europeo: https://www.pbs.org/independentlens/content/two-spirits_map-html/

La dualidad hombre-mujer no es natural, sino social. Hay maneras de existir sin encajar completamente en una de estas dos categorías, ya sea dentro de la región intermedia del espectro entre lo masculino y lo femenino, o directamente fuera de este espectro. En los contextos donde impera el sistema dual de género, las personas cuya identidad de género no es completa y exclusivamente hombre o mujer se agrupan bajo el término no binarie. Se trata de un término paraguas que incluye todas las identidades de género que no se sitúan de manera exclusiva en la categoría hombre o en la categoría mujer. Existen numerosas identidades no binarias y es importante respetar el término que cada persona utilice para referirse a su género. En esta web se encuentran ordenados por orden alfabético las identidades que se salen del binarismo de género por todo el mundo: https://nonbinary.wiki/wiki/List_of_nonbinary_identities

El proceso que conforma nuestra identidad de género está situado en un contexto social y cultural determinado y se basa en una relación bidireccional entre éstos y el individuo. A través de esta interacción, que se produce mediante las relaciones que establece el individuo con los elementos de su entorno, se va adquiriendo y desarrollando una autopercepción sobre el propio género. Esta es privada y personal, y puede encajar en los estándares del sistema de género de su sociedad o salirse de ellos. Es decisión de la persona asignarle un nombre específico la percepción subjetiva de su género. Aunque cada experiencia humana sea única, hay términos que se refieren a características comunes y compartidas que ayudan a comunicar nuestra identidad a les demás. Por lo tanto, para conocer la identidad de género de una persona lo que tenemos que hacer es preguntar, y no asumir e imponer una en base a estereotipos y prejuicios cisexistas.

Dentro de un sistema que considera que el género es binario, tener una identidad no binaria supone ser objeto de odio, rechazo, invisibilización y ridiculización. Algo tan esencial como nuestra identidad es cuestionado y negado constantemente. En estos contextos, todas las personas no binarias recibirán transfobia, ya que su género no coincide con el asignado al nacer. Además, las personas no binarias que habiten el espectro de la feminidad o el género mujer, sufrirán una forma específica de transfobia, la transmisoginia, violencia dirigida específicamente a las personas transfemeninas.

Desde que empieza nuestra socialización, nos enseñan que solo hay dos géneros válidos y reales. Esto supone que crecemos sin entender nuestra identidad, ya que difiere de la norma cis y binaria, y no tener ningún referente alimenta el sentimiento de soledad y de no pertenencia. Las expresiones de género disidentes son castigadas desde el momento en el que nos enseñan que son desviaciones de la “normalidad” y esto se refleja a nivel estructural. Cuando nacemos, antes de que se comience a construir nuestra identidad de género, ya se nos asigna una legalmente. Además, en la mayoría de los países del mundo no existe una categoría legal ni administrativa para las personas que no encajan en uno de los dos géneros binarios. Y en un mundo donde el género es uno de los primeros datos que se pretenden identificar en las personas, esto supone un recordatorio constante de que no encajas en él. Una de las consecuencias de que un sistema que te impone constantemente un género que no es el tuyo, y que te recuerda mediante diversos mecanismos que no encajas en el modelo de referencia de éste, es la aparición de disforia, que puede ser corporal o social.

El sistema sexo-género se sostiene mediante la clasificación de las personas en una u otra categoría y no es capaz de digerir que haya personas que no pertenecen a ninguna de ellas. Por ejemplo, a la hora de acceder a una transición médica, solo se considera que este proceso sea válido y esté justificado si pretendes pasar de un extremo del espectro del género (y el físico asignado a éste) al otro. Si eres una persona transfemenina, se espera que busques un físico que se asemeje lo más posible al modelo de mujer cis, mientras que si eres transmasculino la expectativa es que quieras un físico lo más similar al modelo de hombre cis. Esto resulta violento tanto para las personas trans no binarias como para las binarias que no aspiran a estos modelos cisnormativos. Es importante analizar la raíz social y estructural de la disforia, que se impulsa por esta insistencia en categorizar y “normalizar” nuestra apariencia, pero nunca hay que caer en culpar a las personas trans por aspirar a físicos más cisnormativos.

Ser percibides como una ambigüedad nos dificulta el acceso al empleo y a espacios institucionales. Los espacios marcados por una segregación binaria del género también nos obligan a elegir entre uno u otro. El uso de un aseo público pasa a ser violento. Ya sea por entrar a un aseo que no corresponde con nuestro género, donde nos podemos sentir incómodes, como por entrar en el aseo que sí corresponde con éste y exponernos a violencia transfóbica por no encajar en los cánones cis. Además, casi nunca hay una opción para las personas no binarias, que nos vemos forzadas a elegir uno de los dos, exponiéndonos a distintas violencias. El problema es que haya agresiones de cualquier tipo en los baños y hay que abogar por conseguir esto. Que los baños sean seguros tanto para las mujeres, para la comunidad trans, y para todas las personas que formen parte de ambos grupos, no es incompatible.

Ilustración de Alison Czinkota

La realidad es que tanto el miedo a sufrir violencia externa como el malestar provocado por un sistema que no nos tiene en cuenta y que nos trata con un género que no es el nuestro nos llevan a evitar muchas situaciones. Los espacios sociales como los bares, lugares de trabajo, los hospitales o centros educativos son sólo algunos de los sitios que a menudo evitamos. En muchas ocasiones, ocultar nuestra verdadera identidad, esconderla y disimular ser cis es la única manera que tenemos de acceder a dichos espacios y evitar violencia tanto verbal como física. Considerar que al hacer esto dejamos de sufrir opresión, invisibiliza todos los malestares internos que resultan de ser trans en una sociedad transfóbica. Estar segures nos obliga a escondernos, a aislarnos y a reprimirnos. La violencia y la discriminación, así como la precariedad derivada de éstas, daña la salud mental. El rechazo se puede vivir tanto en la familia como en la escuela o lugar de trabajo, tanto en los espacios públicos, como en los privados.

Y esta se presenta de muchas formas desde el momento en el que nos imponen un sistema de género que nos clasifica contra nuestra voluntad, que posteriormente nos patologiza y nos margina. Tanto a les que son castigades por su disidencia desde la infancia, como les que viven toda su vida sin poder expresar o entender quiénes son, tienen una vida marcada por la transfobia. En el caso de las personas trans que además somos no binarias, la falta de reconocimiento por parte de la sociedad, de la cultura y de las instituciones, y todas las consecuencias que esto conlleva, aumenta nuestra dificultad para entendernos y para ser respetades. Toda esta discriminación, cuando intersecciona con otras opresiones como el racismo, el clasismo, el machismo, el colonialismo, el capacitismo o la gordofobia, supone un crecimiento exponencial de la estigmatización, la marginación, la violencia y la invisibilización.

Muchas opiniones consideran que los géneros no binarios son una invención millenial que despolitiza la lucha LGBT+ y que refuerza estereotipos de género. Esto es mentira ya que, aunque el término surja en un contexto occidental más actual, a lo largo de la historia y en distintos contextos socioculturales han existido formas de entender el género ajenas al binarismo occidental. Además, la existencia de personas no binarias evidencia cómo el género es un constructo social, que, por mucha imposición y adoctrinamiento binario y patriarcal, no es una realidad natural. La experiencia humana es compleja y tratar de encasillarla en dos extremos polares tiene como objetivo la dominación de unas personas sobre otras.

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