Euroefecto Biden

La semana pasada fue histórica. Sin duda alguna, cuando se revise a retrospectiva, la historia será benevolente con el suceso que todos hemos visto, con asombro o terror, que ocurrió a la democracia ejemplar de nuestro mundo: la estadounidense. Hemos visto la conclusión de uno de sus episodios más oscuros; el cierre de este capítulo, en el cual las instituciones forjadas hace décadas fueron puestas a prueba de forma empírica. Funcionaron.

La llegada de Joe Biden a la presidencia de los Estados Unidos de América (EUA) implica, con seguridad, únicamente una cosa: el fracaso del proyecto de Donald Trump como presidente y de todas sus políticas populistas. Quien afirme hoy lo que hará o no Biden al asumir su cargo puede pecar de especulador, ya que no es lo mismo ser borracho que cantinero. Sin embargo, si se tiene certeza plena de que, por las buenas o las malas, Trump ha perdido y se tiene que marchar. Y por si no fuese suficientemente relevante por sí mismo este suceso, creo yo que estamos ante la caída de lo que él mismo fomentó y apoyó a traer: gobiernos basados en un líder populista que impulsa un nacionalismo irracional y alienta el odio hacia las minorías. Con su marcha, entramos en el tercer y último acto de estos ejemplos, en donde se cierran ciclos bastante vergonzosos para muchos países. Afortunadamente, Europa no es ajena a esta debacle populista que se avecina.

Durante le era Trump, los EUA miraron hacia su interior, dejando de lado el protagonismo mundial que durante mucho tiempo buscaron obtener hasta lograrlo. Uno de esos vacíos globales fue el que dejaron en Europa. Desde la Segunda Guerra Mundial, EUA ha caminado junto al viejo continente buscando reforzarlo, levantándolo. Sucesos como la caída del muro de Berlín o la recuperación de países a través del Plan Marshall apuntalan esta idea. Sin embargo, con la política nacionalista de Trump, los EUA dejaron de lado su cooperación con Europa, distanciándose de cualquier trabajo en equipo como se venía haciendo (ver el Tratado de París, por ejemplo). Los últimos cuatro años, Europa ha estado sola, con lo poco bueno y mucho más malo que eso conlleva.

Al no meter la mano en asuntos de la esfera europea, los EUA dejaron el espacio para que otros países de la periferia comenzaran a reforzar sus posiciones autócratas y de dominio en la región. No se entienden los ejercicios de guerra por parte de Turquía en el Mediterráneo sin la ausencia de presiones estadounidenses. Tampoco la sombra cada vez amenazante de Rusia frente a sus vecinos o el conflicto en el Alto Karabaj entre Azerbaiyán y Armenia. ¡Y no olvidar el BREXIT! Este proyecto se ha sostenido en una mayor dependencia entre británicos y americanos a expensas de la desafiliación europea. Si bien Europa no depende de EUA, sí han sido un apoyo que ha evitado y acotado la maniobra de otros países que buscan aumentar su influencia autoritaria en la región.

Euroefecto Biden
Imagen vía Laszlo Balogh en Reuters

Sin embargo, no todo ha sido negativo para este continente. El bailar a un ritmo distinto al que se ha tocado por décadas ayudó a despertar esos liderazgos más fuertes dentro de la Unión Europea (UE). La bandera de la libertad y la democracia pasó de Washington a Berlín o París. La Unión se ha reforzado y ha sabido salir adelante sin esa ayuda que tanto le ha servido: es como andar ya en bicicleta sin ayuda de las ruedas pequeñas de soporte. Europa ha resurgido como una potencia en sí misma que puede hacer frente a las amenazas turca o rusa por su cuenta (bueno, más o menos) y esto es algo que sin duda nos beneficia a todos. Esta parte es la que se debe mantener frente al gobierno de Biden: Europa ya no se mueve al son americano. Hemos aprendido a bailar por nuestra cuenta. Podemos hacerlo juntos, sí, pero ya no a su compás.

Otro beneficio para Europa es que, con la salida de Trump, La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) sale más que reforzada, ya que los EUA retomarán con seguridad su rol de gendarme, si bien tal vez no global, sí de la región europea (por lo menos en lo que se conforma un posible euro ejército a futuro). Los países bálticos pueden respirar tranquilos sabiendo que ya hay quien les respalde ante una injerencia rusa. Turquía se la pensará dos veces antes de meter mano en Chipre o Grecia. Ese escudo llamado OTAN tendrá vigencia de nuevo tras cuatro años de disminución por parte de su creador. Hoy ya hay respaldo de nuevo.

Ahora bien, de todos estos beneficios o cambios, con el que me quedaría sin duda es que, en los países occidentales con instituciones robustas, los gobiernos populistas pueden ser derrotados tal y como llegaron al poder: mediante el voto. Me explico: con el triunfo de Trump, este impulso nacionalista-populista recorrió Europa, permitiendo llegar al poder a sujetos insignificantes con Boris Johnson en el Reino Unido o a mantener a otros mucho más dañinos como a Viktor Orbán en Hungría o a Mateusz Morawiecki en Polonia, en donde los niveles de represión a minorías con tintes autoritarios y nacionalistas han escalado como nunca en el continente. Qué decir la cantidad de partidos políticos de extrema derecha que se han subido a esta ola generada por la elección estadounidense de 2016 para enarbolar esa bandera en sus propios países. Bueno, con la salida de Trump, esto acaba. Este oxígeno y este impulso termina y tengo la esperanza de que estos movimientos, al igual que Trump, irán cayendo uno por uno a través de las mismas urnas que les alzaron al poder.

La relación entre los EUA y Europa siempre ha sido fraterna (e injerencista). El que el gobierno de Trump se distanciara de esa ya típica tradición estadounidense de caminar junto a Europa fue realmente sorprendente. Esto permitió a Europa crecer y hacer frente a muchos de sus retos por sí misma, demostrando toda la capacidad que tiene. Hoy EUA comienza a retomar el camino del que se desvió en 2016. Ya no son los mismos, ni Europa es la misma. Sin embargo, el ir separados únicamente fortalecerá a aquellos regímenes que buscan la intolerancia y el fracaso de la cultura occidental, junto con los valores que todos tenemos en común: la libertad y la democracia. La victoria de Biden es una muy mala noticia para los autócratas de Europa y regiones cercanas. Lukashenko, Putin, Erdogan y Orbán hoy tienen un futuro cada vez más incierto. Estas son buenas noticias para Europa y para el mundo.

Desde muy joven he sido un apasionado de la política nacional y global, por lo que me empeñé en estudiarla a través de la carrera de Ciencia Política en el ITAM. Me encanta viajar y conocer nuevos sitios y culturas.

Soy yucateco de corazón. También soy gamer, y ávido seguidor de franquicias cinematográficas de superhéroes y ciencia ficción. Amo a los animales, apoyo la libertad del individuo y soy excesivamente una persona positiva.

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