Escuchar mi propia voz

Por: Mayela Canto (psicóloga)

Cada ciclo escolar, en mis libros de texto de la primaria me encontraba con la lección del cuidado de la Salud. Entre zanahorias, lechugas, frijoles y pescados, la clase de la sana alimentación terminaba con la enérgica voz de la maestra diciendo: “No coman dulces, es malo”. Sin entender razones, más de une nos sentimos culpables por comer dulces, finalmente ya nos habían dicho que eran “malo”.

También había la clase de la salud bucal, cepillos de dientes por aquí y por allá, canciones divertidas para hacer llevadero el ritual de la lavada de dientes, pastas con sabor a chicle y una larga fila de niñas y niños esperando por recibir flúor para entonces poder tener unos dientes más bonitos. De nuevo la voz enérgica de la maestra: “Nunca se duerman sin lavarse los dientes” y entonces trato de enumerar vergonzosamente las noches que me he dormido sin lavarme los dientes.

Sin embargo había una clase que era sólo para el grupo de 5to de primaria, sobre esa clase no se sabía mucho, sólo se cuchicheaba en los pasillos, había inquietud, pues sabíamos que era algo especial porque estarían papás y mamás con nosotres y que sería en un horario diferente al habitual de clases: la clase de Educación Sexual.

Así, a mis 10 añitos aparecieron “Ovocito” y “Espermatocito”, que eran la representación animada de un óvulo y un espermatozoide y las bien intencionadas sugerencias de usar la abstinencia como método anticonceptivo y como señal inequívoca de adolescentes responsables, con moral y que honran la educación que les ha dado su familia. Esa noche la recuerdo bien, había un montón de voces enérgicas y ya no era la del maestro al que le tenía confianza y cariño, sino la de la señora y el señor desconocido que no tenían ni la más remota idea de quiénes éramos, qué pensábamos y qué sentíamos, mucho menos qué necesitábamos.

En aquella plática se habló de amor, de “amor verdadero”. Ese amor que es romántico, heteronormado, subyugado a las creencias religiosas y al servicio del patriarcado. Vaya “amor verdadero”, vaya lista interminable de exigencias sociales sobre la salud, vaya oportunidad la de hoy, la de compartirme en letras y cuestionarme todo.

Escribiendo un poco sobre mis recuerdos me doy cuenta que por mucho tiempo el cuidado de mi salud ha estado lleno de voces enérgicas que no son la mía, pero hoy aquí levanto mi voz y comparto que estoy segura que podemos repensar el concepto de Salud, mirarlo de una manera más integral y redirigir el camino, siguiendo una sola voz: la de cada quien.

Las organizaciones que se consideran autoridades en el rubro de la salud dicen que la salud mental abarca una amplia gama de actividades directa o indirectamente relacionadas con el componente de bienestar mental incluido en la definición de salud que da la OMS. Dice que la Salud es “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.

Fuente: https://qicenter.es/2017/04/10/psicologo-malaga-importancia-escucharse-uno-mismo/

Es aquí donde comienza a dibujarse la idea de la importancia de la Salud Mental, aunque sigue quedando en entredicho el vínculo con la vida sexual placentera y satisfactoria.

La Salud Mental y la vida sexual placentera y satisfactoria parecieran distantes, pero hoy al mirar de manera integral el concepto de salud, queda claro que éstas viajan de la mano a lo largo de mi vida, de nuestras vidas. Creo que no existe una sin la otra y tan inseparables son que comparten un velo oscuro tejido con prejuicios, tabúes y creencias limitantes que no permiten que tengamos acceso libre y directo a ellas, que se hable en voz alta y no sólo con cuchicheos.

En el marco del Día Mundial de la Salud Mental celebro escribir y escribirme al respecto e intentar articular reflexiones que involucren la sexualidad y el placer porque entonces resulta que me encuentro en mis letras y que quizá alguien más se encuentre también.

Mi familia ha decidido trabajar en la promoción de la Salud Mental desde hace 17 años como resultado de una experiencia dolorosa que vivimos. En mis andares personales decidí estudiar la maestría en Consejería y Educación de la Sexualidad, que me permitió comprender en profundidad las razones por las cuales tener acceso a una vida sexual placentera y satisfactoria es necesario para gozar de Salud Mental.

Es por eso que en lo cotidiano estoy al pendiente de mi disfrute, de mis placeres, de lo que me distancia de la vivencia plena de mi sexualidad y de lo que me acerca a ella, de cómo aquella clase de educación sexual marcó mi historia, pero también el cómo es que hoy deconstruyo mis aprendizajes para construir unos nuevos.

Ha sido un compromiso profundo, ha sido mi propia voz, ha sido mi proceso terapéutico, han sido mis transformaciones, mis batallas y mis imperfecciones lo que me ha llevado a descubrir que al hacerme cargo de vivir mi sexualidad plenamente también cuido de mi salud mental y me siento orgullosa de que así sea.

Me dedico todos los días a trabajar para que una y otra continúen caminando de la mano, para que el velo oscuro que las ha cubierto durante muchos años vaya desapareciendo y para que con curiosidad genuina nos acerquemos a explorarlas y descubramos que con sólo poner atención escucharemos la voz enérgica de nuestro ser, esa que es nuestra propia voz.

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