El verde en medio del asfalto

Hace unas semanas, después de 8 meses de vivir bajo los efectos de esta pandemia, tuve la oportunidad de regresar a la Ciudad de México —el lugar que, durante los últimos casi cinco años, ha representado todo lo que “hogar” significa y al cual he extrañado profundamente desde que inició el 2020— así que, para disfrutar la estancia y poder llevar a cabo actividades que no implicaran gran riesgo de contagio de Covid-19, me propuse salir a correr todas las mañanas en distintas zonas de la ciudad. Quería aprovechar el no poder estar en espacios cerrados para conocer más áreas verdes y, al hacerlo, me llevé varias sorpresas; por una parte, cada mañana significó una nueva forma de vivir la ciudad, de respirarla, transitarla y conocerla y, a la vez, cada salida representó también una manera más de cuestionar y entender lo urbano a partir de las estructuras sociales que lo conforman. Así, en este texto me gustaría hablar un poco sobre lo reflexionado, sobre cómo creo que, entre tanto ruido, a veces cuesta más trabajo darnos cuenta de todo lo bonito que nos rodea y, a la vez, cómo es que la desigualdad se hace presente en cada proceso que vivimos y cómo esto imposibilita el que todas las personas podamos relacionarnos con la ciudad, la naturaleza y los lugares de ocio de la misma manera.

De entre todas las cosas que llamaron mi atención, me gustaría empezar hablando sobre la gran cantidad de flores y árboles que nos rodean todo el tiempo mientras cruzamos calles de cemento y transitamos grandes obras públicas. Si bien sabía que la Ciudad de México cuenta con grandes parques, bosques y, en general, áreas verdes que son consideradas “pulmones urbanos”, pienso que muy pocas veces había tenido la oportunidad de poner atención y permitirme ser consciente de que, entre tantos edificios y carros circulando, hay raíces rompiendo el pavimento, hojas cayendo y vida, literalmente, floreciendo. Conocía algunos árboles enormes y les guardaba cariño por estar presentes en mi camino hacia el transporte público, conocía a las jacarandas con su puntualidad durante la primavera y agradecía que pintaran de morado todas las banquetas. Pero, más allá de esto, no había notado que, por ejemplo, Viaducto está lleno de lavanda y de pequeñas cactáceas; que hay calles largas que se vuelven mucho menos hostiles gracias a las florecitas que las acompañan y que, en general, entre tanto gris del asfalto, hay mucho color brindándonos oxígeno, regulando la temperatura ambiental, disminuyendo la contaminación acústica y logrando que la rutina sea más amable en esta ciudad tan grande.

Bastaron unos días para que, sólo con poner mayor atención, me diera cuenta también de cómo es que comparto espacio y rutina con muchas especies de animales más. Me propuse ir con los ojos bien abiertos y pude observar que habían pajaritos de colores muy intensos acompañándome, ardillas recorriendo árboles y cables, insectos en las fachadas de los edificios y, cucarachas que, contrario a lo que hubiera pensado cuando era niña, no estaban planeando nada malvado contra mí, sino más bien sólo compartiendo espacio conmigo y, quizá, temiéndome más a mí que yo a ellas.

Durante todos los días que salí a caminar o correr, no pude dejar de pensar en cuántas veces, por ir con prisa o por ir muy apretada en el transporte público, no pude detenerme a apreciar cómo es que la naturaleza me rodea y cómo, de haberlo hecho, quizá las dos horas que día a día gastaba en trayectos hubieran sido mucho más amenas. Y, entonces, después de reprocharme a mí misma el no haber prestado suficiente atención durante tantos años, hice una pausa para cambiar el rumbo del discurso hacia uno que pensara más de manera estructural y, entonces, pude reconocer muchos elementos de la desigualdad y de la pobreza en lo que estaba viviendo. Y es que pensando en lo largas que son las jornadas laborales en la CDMX, las grandes distancias que hay que recorrer en peseros y metros, el gasto que para muchas familias implica unos minutos de ocio y, además, tomando en cuenta el hecho de que muchas de las áreas verdes están concentradas sólo en ciertas áreas de la ciudad y que, por lo tanto, no toda la sociedad tiene fácil acceso a ellas, ¿qué tanto es que realmente podemos, en un día cualquiera de rutina, ya sea bajo los efectos de la pandemia o en nuestra vieja normalidad, relacionarnos con nuestro entorno natural sin preocupación? ¿qué tanto es que se convierte en un lujo aquella necesidad de formar vínculos más estrechos con el espacio que habitamos?

La Dra. Martha Nussbaum, filósofa estadounidense, en una de las partes de su libro “Las mujeres y el desarrollo humano: El enfoque de las capacidades” da una lista de las capacidades funcionales humanas que son necesarias para el desarrollo y —entre el vivir dignamente, el gozar de buena salud, el poder reír y otras más— menciona el poder tener una relación próxima y respetuosa con los animales, las plantas y el mundo natural, estableciendo así que, para que las personas podamos desarrollarnos de manera integral, el factor de convivencia con el medio ambiente es esencial. Recordando esto, me puse a pensar cómo es que en nuestro país, por los altos niveles de pobreza y desigualdad, la manera en la que podemos convivir con otras especies se ve altamente condicionada por la zona en la que vivimos, por el tiempo libre con el contamos y, sobre todo, por el nivel de ingreso.

Las áreas más grises en las que alcanzo a pensar son aquellas colonias que se caracterizan por tener muchas viviendas en obra negra, carreteras mal hechas, banquetas angostas, baches mal parchados, cables colgando por todos lados y parques que rara vez se caracterizan por ser verdes. Mientras que, contrario a esto, las zonas más coloridas que se me ocurren, suelen ser aquellas que cuentan con colonias que o tienen sus propios parques con grandes áreas de césped o que están mejor conectadas con los espacios más seguros y abiertos de la ciudad. Y si bien es muy claro que la zona y tipo de vivienda están correlacionadas con el nivel de ingreso, es necesario reconocer que otros elementos importantes -como el tiempo de ocio, los niveles de descanso y la accesibilidad al transporte público y privado- también lo están y juegan un rol importantísimo al momento de buscar (y, sobre todo, de lograr) relacionarnos con el medio ambiente.

Cuando hablamos sobre temas de pobreza y desigualdad, gracias a todos los prejuicios que tenemos arraigados, es común caer en la trampa de imaginarnos zonas rurales en medio de la nada y, entonces, rara vez consideramos que la pobreza urbana existe y resiste en medio de muchas de las ciudades más ricas del mundo y, así, aunque sea un fenómeno gravísimo del día a día, se vuelve difícil reconocerlo por los altos niveles de segregación que existen y por cómo están diseñadas las ciudades, actividades y maneras de socializar en la rutina diaria.

Durante la semana y media que pude volver a pasar en la CDMX, agradecí que mis piernas y mi cuerpo funcionaran para correr, que pudiera recordarme y reconocerme tan viva a través del ritmo de mis respiraciones y del sudor que podía sentir en mis brazos. Pero, más allá de todo eso, agradecí el estar en medio de una zona que tiene todo al alcance, que cuenta con parques a la vuelta de la esquina y que me permite sentirme segura incluso cuando camino sola. Pude resignificar a mi querida CDMX gracias a que la conocí de una manera distinta, fuera del metrobús y de los espacios cerrados; pude verla brillar con sus flores, árboles y animalitos que pocas veces había tenido tiempo de observar; pero, a la par de esto, pude también cuestionar y reconocer que mi experiencia de esos días fue poco representativa de la rutina que vive la mayor parte de la población en la CDMX, aquella, que, a pesar de la contingencia, no tiene variedad de opciones para transportarse, ejercitarse, entretenerse, etcétera. La desigualdad se hace presente de muchas formas y, si aspiramos a contar con un mundo más justo y equitativo, espero que cada vez tengamos más presente que éste, por lo tanto, también deberá contar con una mejor distribución de los espacios y, por supuesto, del tiempo que tenemos para disfrutar del aire fresco, de los rayos del sol, de la frescura que brindan los árboles y plantas y de todo lo bueno que sale de la convivencia con otras especies. Espero, de verdad, que aún estemos a tiempo de cambiar el rumbo.

 

Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

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