El péndulo latinoamericano

Durante las semanas pasadas, América Latina se ha visto convulsa en protestas que han llamado la atención alrededor del mundo al darse todas con cierta sincronía poco común. En primera instancia, las protestas más fuertes iniciaron en Ecuador ante las políticas económicas del presidente Lenin Moreno. Posteriormente, Chile también se vio envuelto en un conjunto de marchas que agitaron su capital y terminaron afectando al mandatario Sebastián Piñera, quien hace poco tuvo que pedir la renuncia de su gabinete ante dicha situación. Sin quedarse atrás, en Bolivia también hay un movimiento activo en contra de un potencial fraude electoral que favorezca al ya enraizado en el gobierno Evo Morales. Si a esto agregamos las ya constantes protestas venezolanas y nicaragüenses, entre otras, tenemos a un subcontinente con la gente en la calle. Lo curioso es que no parece haber un patrón, ya que las protestas se dan tanto en contra de gobernantes de derechas o de izquierdas. Sin embargo, todas tienen algo en común: luchan por un cambio de gobierno hacia el espectro político opuesto; algo como lo que ya sucedió alguna vez en el sur del continente con la llamada Marea Rosada en la década pasada.

La Marea Rosada fue el primer giro hacia la izquierda por parte de los gobiernos de América Latina tras la democratización de la región. Iniciando en Venezuela, la marea se siguió con Argentina, Paraguay, Bolivia, Brasil, Chile y Uruguay, entre otros. Gracias a una democracia robusta, impensable en las dictaduras de derechas de muchos de estos países, fue posible que Chávez, Fernández, Lugo, Morales, Bachelet y Mújica lograran llegar al poder abanderando políticas y medidas económicas de izquierda. Tal como lo establece Karen Remmer en su genial artículo The Rise of Leftist– Populist Governance in Latin America The Roots of Electoral Change, este giro ideológico hacia la izquierda fue gracias a que los ciudadanos de estos países tuvieron sus necesidades básicas satisfechas tras gobiernos de estricta política económica, permitiendo que pudieran mirar ante nuevos horizontes de cambio político y de mejora social en sus países. Básicamente: una persona con hambre no puede pensar ni exigir derechos para las minorías. En estos países se logró lo contrario.

Esta fue la promesa y eso “hicieron” estos liderazgos de izquierda que llegaron al poder. Estatizaron, distribuyeron los recursos, apoyaron a las minorías de sus países y redujeron la pobreza. Todo lo anterior a costa de un desequilibrio económico y de la dependencia de los ingresos extranjeros en divisas como principal impulso del cambio del aparato estatal-social. Ya fuese soya o petróleo, estos países obtenían recursos (sobre todo de Asia), mismos que solventaban los caros programas sociales que llevaban a cabo. El problema vino cuando el flujo de divisas se detuvo, derivando en consecuencias económicas que comenzaron a afectar a aquellos que dieron su voto originalmente a la izquierda. Salvo el caso venezolano, estos votantes decidieron traer a los políticos de derecha y de rigidez políticoeconómica, buscando una compostura de la situación financiera de sus países. Surge entonces la Marea Azul, derivando en la elección de Piñera en Chile, Bolsonaro en Brasil, Cartes en Paraguay o Macri en Argentina. El remedio salió peor que la enfermedad.

Podríamos ver estos movimientos entre izquierda y derecha como un péndulo, que se mueve de un lado a otro. Uno pensaría también que la relación es de un círculo sin fin: la derecha viene a componer el desastre macroeconómico, la población satisfecha vota a la izquierda, misma que mejora a la sociedad, pero acaba con la economía, derivando en el retorno de la derecha; lo anterior ad infinitum. Chile, por ejemplo, ha mantenido esta relación como si se estuviera siguiendo un manual: la intercalación entre gobiernos de derecha e izquierda con Bachelet y Piñera ha sido muy clara desde la década pasada. Sin embargo, algo está cambiando: la derecha no está pudiendo contener el problema económico y/o la población cree que hay otro método para hacerlo desde la izquierda. Las marchas chilenas y el triunfo de la izquierda en Argentina demuestran esto: la tesis de Remmer se tambalea ante lo que sucede hoy en estos países. Tenemos a una sociedad latinoamericana que ya no ve la cuestión en extremos, sino que busca cambios y presiones en los puntos medios. Es por ello que las protestas no distinguen entre rojos y azules, entre diestros y siniestros; sino que buscan el fin último de mejorar la vida de la población en general.

El caso argentino es claro respecto al rompimiento con esta tendencia. Los Kirchner llegan al poder tras períodos de opresión militar a fines de los noventa y gobiernos democráticos, pero de derechas neoliberales, mismos que estrujaron los bolsillos de la sociedad argentina en aras de mantener una macroeconomía robusta. La izquierda encontró en Néstor y, posteriormente, en su esposa Cristina, a los paladines del cambio histórico hacia la izquierda en el país argento. Entre políticas nacionalistas, estatización de la economía, cierto populismo y medidas de igualdad; lograron mantenerse en el poder durante mucho tiempo, hasta que la economía no dio más. La presión fue tal que los argentinos decidieron aplicar la receta y devolver a la derecha al poder para encarrilar de nuevo al país. Macri siguió el manual aplicado previamente y “logró” mantener la economía a flote, pero no lo suficiente. La población sentía la carestía y claramente estaba en contra de lo que el presidente de derechas promovía. Este mismo gobernante acaba de perder las elecciones, regresando el previo bloque de izquierdas de nuevo al poder ante una sociedad desgastada y una economía desganada. Se castigó a la derecha por no lograr su cometido.

En México tuvimos alternancia el año pasado y, al menos formalmente, un giro de derecha a izquierda. ¿Podríamos decir que nos alcanzó entonces la marea rosada de forma tardía y en versión mexicana? La respuesta es no. Como siempre, nuestro país se ha movido a su propio compás y en disonancia al resto de América Latina. No creo que vayamos a tener a un Bolsonaro en el gobierno en 2024 a consecuencia de lo que el presidente López Obrador haga o deje de hacer. Tampoco veo que la economía se desfonde tal como ocurrió en el sur del continente con los gobiernos de izquierda. Nosotros nunca hemos estado en ese juego del péndulo como Chile, Argentina o Brasil sí lo han estado. Sinceramente, nos hemos movido siempre en un rango de derechas y, en este caso, no es la excepción. Tener a un presidente que se compara con Jesucristo nos lleva a notar que es imposible que este sea considerado de izquierdas, por más redistribución que busque hacer su gobierno. La marea rosada aún está muy lejos de México y seguimos, desde el siglo pasado, bajo una constante marea azul con distintos tonos e intensidades.

El péndulo del juego derecha e izquierda en América Latina se ha roto. Lo que deberían hacer unos ya no lo hacen y, a los otros, ya no los votan por las mismas razones. ¿A qué se debe lo anterior? Difícil saberlo. Sin duda que es un tema que deberá estudiarse a fondo conforme pase el tiempo. Lo cierto es que la misma robustez democrática de la mayoría de los países americanos permite castigar y premiar a sus políticos, sin falta alguna y sin distinguir entre orientación política. La gente está cansada y marchará contra los azules o los rojos, contra los rosados o colorados. El pueblo latinoamericano está despierto y exigente. La sociedad está convulsa, cambiando el juego del péndulo por el de una impredecible pirinola.

 

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Desde muy joven he sido un apasionado de la política nacional y global, por lo que me empeñé en estudiarla a través de la carrera de Ciencia Política en el ITAM. Me encanta viajar y conocer nuevos sitios y culturas.

Soy yucateco de corazón. También soy gamer, y ávido seguidor de franquicias cinematográficas de superhéroes y ciencia ficción. Amo a los animales, apoyo la libertad del individuo y soy excesivamente una persona positiva.

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