El desafío de la bici

Durante los primeros meses del confinamiento, a mediados del 2020, el uso de la bicicleta aumentó en un 600% en la ciudad de Quito, en Ecuador. La completa restricción inicial al transporte publico masivo y la probabilidad del contagio que este suponía fueron factores importantes. Esa temporada, en la que los automóviles particulares solo podían circular una vez por semana, las calles de la ciudad eran un paraíso para andar en bici. Sin embargo, con la “nueva normalidad”, se quitaron paulatinamente las restricciones y la circulación todo volvió a ser como antes.

En Ecuador, casi una vez al mes hay noticias de que una persona que iba en bicicleta perdió la vida por un atropellamiento o choque con un automóvil. Con cierta frecuencia son ciclistas profesionales quienes mueren en este tipo de accidentes, pero las personas que utilizan la bicicleta como modo de transporte urbano son las más expuestas. En cinco años de utilizar este medio de transporte, yo he tenido la suerte de tener un solo accidente, del que yo salí golpeado, pero ileso y mi bicicleta levemente averiada. Realmente, pudo ser mil veces peor.

Entonces empecé a preguntarme, ¿por qué es tan arriesgado moverse en bicicleta por la ciudad? Hasta ese momento no había pensado a nivel consciente que siempre que iba en bicicleta sentía hostilidad, insultos o “encerrones” por parte de la gente que iba en auto. Es irónico, porque las personas que viajan en carro suelen quejarse de que las sendas de bicicleta les quitan espacio y son subutilizadas, pero también se quejan de que les ciclistas ocupan la calle y andan por donde les parece. No obstante, cuando se inaugura una senda exclusiva para bicicleta, parece que no pueden resistir la tentación de estacionarse ahí o utilizarlas para rebasar. Cuando pasan a tu lado, “¡ponte a la derecha!”, “¡Muévete!” son gritos que se escuchan a diario. También son comunes los bocinazos o la clásica mirada amenazadora cuando pasan con su auto a menos de medio metro de ti.

Ilustración de Paula Gómez @paulamari.a

Sin embargo, hace poco que empecé a escuchar con frecuencia gritos mucho más hostiles y violentos, “¡lloran cuando los atropellan!”, “¿¡Después, por qué muere un ciclista!?”, o la peor: “¡Su vida no vale nada!”. ¿Por qué el ciclismo genera tanto rechazo? ¿Ir en auto y encontrarse con alguien que va en bicicleta es suficiente motivo para atropellarla? ¿Realmente, nuestra vida no vale nada? Pese a que, en sí mismo, el ciclismo no es una propuesta política, renunciar al poder y al confort que brinda un vehículo motorizado, acercan a la persona que lo practica a una realidad mucho más vulnerable y le dan otro contacto con la realidad.

Pienso que ir en bicicleta y decidir sacrificarse un poco, agitarse, hacer esfuerzo físico, sudar, etc., pero disfrutar del trayecto, desafía al status quo. Les automovilistas se sienten desafiades, porque no pueden entender esa libertad. Me recuerda al rechazo que el vegetarianismo o el feminismo generan en mucha gente. En realidad, muchas de las personas que los critican, no tienen nada en contra de las ideas, pero se sienten interpeladas en su comodidad, pasividad. Se dan cuenta de que los límites de su estilo de vida no eran reales, sino imaginarios. Además de ser una alternativa eficiente en términos de tiempo, la bici es ecológica, económica y saludable. Pero, por sobre todas las cosas, es un estilo de vida, sinónimo de libertad y de autonomía.

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Psicólogo clínico, incipiente periodista.

Nací en Quito. Soy hijo de un quiteño y una tucumana. El punk siempre fue mi pasión. Creo fielmente en la palabra escrita como continente de la memoria, vehículo del alma y agente de cambio. Escribo sobre música, política y psicología.

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