El bien morir de las personas trans

Por Muñeca Aguilar (Twitter: @MunecaAguilar)

En memoria de Licha.

Cuando hablamos de mujeres trans, siempre se nos vienen a la mente y a la memoria mujeres trabajadoras sexuales, mujeres alegres, mujeres divertidas, mujeres hermosas, mujeres con plumas y de show. Y sí, es verdad.  Porque esos son los espacios donde la sociedad y el Estado nos ha obligado a estar con su exclusión, discriminación y, además, con su cipridofobia. Somos mujeres que tenemos un valor enorme, una resiliencia increíble. Hemos sobrevivido por años a toda crueldad y violencia. Soy trabajadora sexual, una mujer trans trabajadora sexual por una necesidad particular con mi familia. Muchas de nosotras mantenemos a nuestras familias, hijes y/o mascotas, pagamos nuestras rentas y mantenemos nuestros cuerpos para consumo, porque de eso es de lo que vivimos. Sin embargo, tenemos otras habilidades; somos creativas, autodidactas y luchadoras.

Nadie piensa en que, cuando nuestro cuerpo deja de ser consumible, nos quedamos en un total abandono, preocupadas por cómo vamos a morir. Muchas vivimos solas, somos migrantes.  Ahora nuestro cuerpo sólo servirá para pobretear, para causar lástima. Marcamos nuestros caminos dando vueltas de esquina a esquina, buscando “el peso”, arriesgando nuestra vida en manos de machos violentos, misóginos y transfóbicos, a los riesgos de la infección de transmisión sexual.

Necesitamos que las putas dejemos de ser sujetos de investigación para pasar a ser sujetos políticos. Para no universalizar que todas las putas son ricas, son felices o muy bellas y para tampoco pobretear a las menos privilegiadas. Porque somos gordas, negras, sin estudios, sin privilegio de genética, etc. ¿Y quién habla de las mujeres trans mayahablantes, las mujeres trans que viven en comunidades de zonas rurales? ¿Dónde está la información sobre salud sexual, genero, derechos humanos, violencia de de género, entre otras cosas? Nuestra vida siempre termina cuando estamos solas, viejas y enfermas; preocupadas por qué será de nuestro cuerpo, de nuestra alma, de nuestros bienes (si es que los tenemos).  Porque —como putas— ya dimos la diversión el cuerpo y la cara joven. Ahora, en un camino hacia la muerte, necesitamos ser más visibles. Porque yo no quiero morir sola. Y sí, a mí lo que menos me preocupa es qué hacer con mi cuerpo, pero a otras amigas sí: a otras compañeras les angustia qué será de su cuerpo. Recordando que vivimos en una cultura en la que la muerte, y lo que viene después de ella, es muy importante.

Bueno, así que le exigimos al Estado y a la sociedad que nos hagan participantes de las actividades, que las instituciones no nos discriminen ni nos nieguen la ayuda. Porque las trabajadoras sexuales trans también pagamos impuestos; algunas manejamos sat, escuelas, cursos de estilismo, etcétera; porque no queremos seguir ahí en la clandestinidad del trabajo sexual, de tener que aguantar insultos y violencias de todo tipo, de que el estado nos siga invisibilzando y negando nuestra existencia. Yo no quiero morir en ese abandono, en esa soledad. Yo no quiero que encuentren mi cuerpo en una en una zanja o en un bote de basura. Yo quiero que las juventudes puedan vivir sin miedo; ejercer el trabajo sexual libre y por decisión y con los mismos derechos que cualquiera persona de oficio.

La putofobia existe. A la putofobia la podemos encontrar como cipridofobia y esa también nos mata. Nadie está preparade para morir. Pensamos algunas veces que la muerte es natural, pero ¿en qué clase de muerte natural voy a estar cuando llegue ese momento? ¿En un Estado de sida porque el estado opresor le niega medicamentos a las mismas trabajadoras sexuales que, desde niñas, les negaron inclusión? ¿En manos de mi cliente? ¿En una cirrosis o una sobredosis?  O como decía, ¿vieja, enferma y sola en una hamaca con hoyos sin poder recibir una asistencia médica digna? Tal vez pueda morir de una necropsis muscular o una trombosis por meterme cuerpos extraños, como aceites, biopolimeros u otros; buscando moldear mi cuerpo porque, si no soy consumible, no soy nada, no soy nadie. Porque pinche sociedad que siempre nos mete en la cabeza que los cuerpos deben competir por ser el más hermoso para abrirme puertas y hacer más servicios.  Y en la desesperación y sin dinero, acudir a esta mierda disponible entre compañeras y charlatanes. Desgraciadamente, no tenemos el dinero, como Alejandra Guzmán, para salir de ese episodio clínico.

Yo sólo quiero vivir feliz y morir en paz. Ya demasiado me ha hecho (nos ha hecho) sufrir este mundo, como para que mi destino y mi tranquilidad sobre morir con dignidad y seguridad sea un peso más y una carga más de mi día a día. Y esto no se trata de victimizarme, se trata de una realidad poco visible. Porque, además, no se nos permite doblarnos ni quebrarnos, porque las trans trabajadoras sexuales siempre debemos resistir. Y lo hacemos. Pero al llegar a casa, al quitarme la ropita y el maquillaje, dejo de ser esa puta callejera empoderada y magnífica para ser yo y mis problemas. Yo y mi verdadera realidad. Además de la taloneada, el sexo oral y una penetración dolorosa. Yo no niego que el trabajo sexual tiene sus buenos momentos, que ser puta y trans no se disfruta. Pero, gente, queremos que se deje de negar los derechos y los accesos a oportunidades de crecimiento, a vivienda segura, a salud y educación accesible y gratuita. Y quiero morir en paz y que, si deseo eutanasia o muerte asistida, eso sea posible. Quiero un bien morir.

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