El acoso sexual y la salud mental en espacios universitarios: no me cuidan las instituciones

Por Paulina Macías

Las personas más inteligentes que conozco son mujeres. Aún así las veo dudando constantemente de su capacidad. Veo que los debates en clases son encaminados y guiados por los hombres. Que las opiniones son masculinizadas, que mis compañeras son interrumpidas, que los resultados muchas veces son generizados. El mansplaining es el pan de cada día: claramente nuestros compañeros saben mucho mejor que nosotras lo que queremos explicar, ¿qué haríamos si los hombres no fungieran como traductores entre mujeres-español? Muchas veces nos reímos y a modo de burla decimos que ojalá “tuviéramos la confianza de un hombre blanco heterosexual privilegiado promedio”. Quizá en el fondo lo que realmente queremos es estudiar (y trabajar) en un espacio que nos trate como iguales a ese prototipo. Quizá queremos un espacio donde no se haga una diferencia entre “niñas” y “licenciados”. Un espacio en el que no nos hagan sentir que nuestros asientos estarían mejor ocupados si se sentara un hombre: la insoportable sensación de que malgastas el lugar. Donde no me digan que la Utilidad Marginal de ser mujer es menor a la de un hombre. Donde un profesor no haga malabares con falacias naturalistas y asevere que las mujeres “corresponden a la cocina y los hombres a los libros”. Donde los profesores no hagan comentarios de índole sexual a mis compañeras a efectos de incomodar, donde mis compañeros no “debatan” sobre los derechos de las víctimas de acoso sexual. Quiero que ninguna de nosotras se vea obligada a recibir una insinuación sexual. Que ninguna de nosotras tenga miedo a ser agredida sexualmente. Que no tengamos que escuchar apologías a la violación. Y mucho menos tengamos que ser víctimas de una. Quiero una universidad donde no tengamos que entristecernos frente a un tendedero de acoso porque entendemos lo comunes y cotidianas que son las agresiones sexuales. Donde ninguna otra mujer sea objeto sexual antes que persona. Quiero que ninguna tenga ataques de pánico por ver a su agresor en clase. Que no tengamos que aprender entre acosadores y violadores. Que cuarenta denuncias por acoso contra una persona signifiquen algo.

(Sofia Probert, 2019)

El acoso universitario tiene diferentes aristas. El daño psicólogo que causa también. Sin embargo, se ha puesto poca atención a la relación que existe entre ambos y el carácter sistémico de su interconexión. Debido a una falta de conceptualización que logre dar cuenta de todas las modalidades que tiene el acoso en el espacio universitario, sigue existiendo un vacío en sus implicaciones y efectos. Para entender el detrimento en la salud mental, tenemos que entender qué es el acoso. Desde la academia se han conceptualizado las vertientes de índole sexual y sexista que puede tomar el acoso en el espacio universitario. Si bien, en términos amplios, el acoso debe entenderse a la luz de la discriminación por razones de género[1] y engloba tanto el acoso sexual como sexista, los efectos de ambas vertientes varían.

Comenzaré hablando de la vertiente menos aparente del acoso: el sexismo. Este opera mediante la creación de un ambiente hostil, la institucionalización y réplica de estereotipos de género, en aras de la preservación de la dominación masculina[2] en el ámbito escolar (y laboral). La invisibilización de las prácticas sexistas se debe a factores estructurales de índole sociocultural que permiten la institucionalización y naturalización de la reproducción de las relaciones de poder en razón de género[3].  Mediante conductas en apariencia neutrales, se crean estructuras de poder que relegan a las mujeres. Estas conductas toman la forma de asignación de deberes por debajo del nivel intelectual de las mujeres, condescendencia que infiere incompetencia, evaluaciones basadas en estándares sexistas, chistes machistas o sexistas y todo tipo de conductas que buscan desmoralizar psicológicamente e intimidar a las mujeres (https://sci-hub.st/http://www.jstor.org/stable/797337). Si la salud mental implica el bienestar emocional, psicológico y social y su relación con el ambiente, ¿cómo opera un ambiente hostil, intimidante y abusivo en las mujeres? (https://sci-hub.st/10.1177/0022146518767407)

Los eventos estresantes, como el sexismo y la discriminación, tienen un costo emocional y psicológico en las personas, modificando patrones de salud. (https://sci-hub.st/10.1177/0022146518767407). El ambiente hostil y la constante reproducción de conductas sexistas opera como un factor de estrés nocivo adicional que requiere de procesos y respuestas neuroendocrinas concretas. El espectro es amplio: Klonoff, Landrine y Campbell (https://sci-hub.st/10.1111/j.1471-6402.2000.tb01025.x) comprobaron que los factores estresantes específicos de género (entendidos como expresión y materialización del sexismo) explican las diferencias de género para síntomas depresivos, ansiosos y somáticos (https://sci-hub.st/https://doi.org/10.1111/j.1471-6402.1995.tb00086.x).

Por su parte, el acoso sexual en sentido estricto suele ser encuadrado a la luz de una conducta de índole sexual no deseada y no recíproca (https://poseidon01.ssrn.com/delivery.php?ID=389082074026093006122110108003091087049011003078061021028123003100004068112100107025033007120040011005124114008125092064102006048087029051118001082107082125019001053082004026076030114081075001081091122107011119106026004114024114097091022080029098&EXT=pdf). De esta forma, las manifestaciones de la violencia sexual en el espacio universitario son múltiples. Desde la psicología se ha generado una importante línea de investigación que busca dar luz sobre el daño psicológico que la violencia sexual genera. Se ha encontrado que la agresión sexual es una de las formas más graves de trauma, manifestándose como trastorno de estrés postraumático, depresión, ansiedad, sensación constante de miedo, ataques de pánico y pensamientos suicidas (https://sci-hub.st/https://doi.org/10.1177/1524838009334456). Cohen y Roth (https://sci-hub.st/https://doi.org/10.1521/jscp.1987.5.4.525) señalan algunos de los efectos que provoca la violencia sexual: dado el elemento transgresor que lacera la integridad, el control personal y disloca la estabilidad de la persona, esta provoca daños severos en la autoestima e identidad. Paralelamente, suelen generarse sentimientos de culpa y vergüenza, que se ven agravados por insumos socioculturales que promueven y justifican la cultura de la violación. En un mundo que nos dice que fue nuestra culpa, ¿cómo nos reconstruimos? Las relaciones interpersonales también se ven afectadas: la dificultad en la adaptación social y laboral son comunes. La violencia sexual es un problema que muchas veces se vive en la soledad: las aristas privadas de los efectos aíslan a las víctimas y promueven el deterioro de la salud mental. La sociedad no ayuda a revertir esto: ante la violencia sexual, el silencio suele ser la respuesta más común; la victimización, la constante. La condición estructural discriminatoria y las relaciones de poder institucionales crean una percepción colectiva de que las alumnas tienen responsabilidad en la agresión sexual por considerar que ellas provocan o aceptan las conductas sexuales (https://books.google.com.mx/books/about/An%C3%A1lisis_situacional_de_la_juventud_en.html?id=GgeaAAAAIAAJ&redir_esc=y).

(Sofia Weidner, 2018)

Sin embargo, las universidades son ciegas u omisas al respecto. Sin tomar en cuenta los efectos profundos que las agresiones sexuales tienen en las mujeres en el ámbito universitario, las instituciones someten a una victimización secundaria del trauma inicial. Procesos largos, falta de capacitación en perspectiva de género para las personas que intervienen y resuelven, la obligación de firmar acuerdos de confidencialidad que se asemejan a cláusulas mordaza: denunciar un caso de acoso dentro de las universidades es un camino tortuoso. Desde la psicología se ha analizado que las víctimas que pueden acceder a servicios de atención psicológica, que cuentan con redes de apoyo y un ambiente que les muestren empatía y solidaridad, pueden ver facilitados sus procesos de recuperación. Por el contrario, la carencia de estos servicios y la insensibilidad acrecientan los sentimientos de impotencia, vergüenza y culpa. (https://connect.springerpub.com/content/sgrvv/14/3/261). Frente a protocolos contra acoso sexual incompletos o ineficientes, procesos victimizantes y la carga del estigma social, las víctimas no cuentan con la infraestructura necesaria para que se haga justicia, pero tampoco para el cuidado de su salud mental. Ante un vacío institucional que no logra atender el problema del acoso sexual y que tampoco proporciona herramientas de cuidado de salud mental, la colectivización y el cuidado mutuo entre mujeres se presenta como un medio alterno. Navegar el trauma de violencia sexual es diferente para cada persona: algunas mujeres necesitan espacios para expresar y externar sus sentimientos en aras de recuperar el poder y control sobre su experiencia (https://psycnet.apa.org/record/2020-20388-001). Nuestras historias nos pertenecen, nuestras experiencias también, pero ¿dónde podemos externarlas? ¿cómo podemos entenderlas?

La recuperación y cura del trauma, entendidas como el proceso de resignificación de la experiencia de agresión sexual, han sido estudiada a la luz de la colectivización feminista y la creación de redes de apoyo. Swanson y Szymanski (https://psycnet.apa.org/record/2020-20388-001), mediante una revisión a la literatura sobre los efectos del activismo en víctimas de agresión sexual, encontraron que involucrarse en el activismo no solo fomenta el crecimiento personal, la conexión interpersonal y mitiga los efectos de la discriminación sistémica, también implica mejoras en la auto aceptación y la agencia personal. Además de los efectos generales del activismo, el feminismo permite la incorporación de la perspectiva de género y la concepción del acoso sexual como una problemática sistémica al establecer patrones de operación de los sistemas socioculturales machistas y la naturalización de los roles de género. Adentrarnos nos permite ver el carácter sistémico del acoso sexual: no fuimos nosotras, no fue nuestra culpa. Dejar de ver el acoso a la luz de un problemática aislada e individual y reconceptualizarlo como una agresión estructural nos permite redefinir la percepción sobre la violencia sufrida. La creación de espacios seguros para hablar sobre la violencia que nos atraviesa y que en otros espacios es minimizada, nos permite entenderla y entendernos. Pero el acuerparnos y abrazarnos va más allá de lo que se puede teorizar.

Frente a instituciones que dudan de nuestras vivencias, nosotras te creemos. Frente a la falta de mecanismos para exigir justicia, nosotras pondremos tendederos y marcharemos contigo. Frente al vacío institucional, nos tenemos nosotras. A mí me salvan los espacios autogestivos para abrazarnos, compartir(nos) y encontrarnos. Los abrazos y las miradas sinceras de otras mujeres que me dicen que no estoy sola. La movilización para buscar apoyo psicológico feminista, la contención psicológica con perspectiva de género. A mí me salvan Los Círculos de Lectura de El Segundo Sexo. Me salva la sonrisa y cuidado de una desconocida en una marcha, el abrazo de una compañera enfrente del tendedero. Me salvan mis amigas. Hasta que no contemos con medios institucionales para lidiar con el acoso sexual y sus implicaciones en salud mental, contamos con nosotras.

(Sofia Weidner, 2019)

[1] Es importante mencionar que entran en juego la intersección de diferentes sistemas de opresión que confluyen, dado que el género no es el factor unidimensional para la ocurrencia del acoso. De esta forma, la discriminación de género y el acoso sexual se entrelazan con el origen étnico, la identidad sexual, la orientación sexual, la condición social, y otras desigualdades https://sci-hub.st/10.1177/0022146518767407

[2] La masculinización del espacio también se relaciona con la existencia de violencia específica hacia los hombres que no cumplen con el mandato de masculinidad hegemónica.

[3] Para efectos del presente, se tomará la conceptualización de género acuñada por Risman y seguida por Harnois y Bastos. De esta forma, se entiende el género como una estructura social jerárquica que atraviesa todos los niveles de la vida social, organizando las instituciones sociales, las interacciones interpersonales y las identidades y expectativas individuales (https://sci-hub.st/10.1177/0022146518767407).

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