Desmenuzando el privilegio

Aquí debería ir el texto que escribí,
hace ya mes y medio, sobre la incongruencia.
Vendrá pronto, lo prometo.

Quise escribir un texto sobre el matrimonio igualitario la quincena pasada, pero me detuvo una duda. ¿Quién era yo para hablar de ese tema? Y reconocí que no era ni mi lugar ni mi momento. Pero, Camargo, ¡tu opinión es importante! A lo mejor, pero eso no niega que yo podría ir en este momento al registro civil con Daet y estar casado en menos de 24 horas (o eso asumo, la verdad no sé cómo funciona). Eso, querides amigues, se llama privilegio y es lo que vamos a discutir hoy.

Iniciaré reconociendo las situaciones que generan mi privilegio: soy hombre, relativamente blanco, cisgénero, heterosexual, miembro de una familia de clase media/media alta, con educación universitaria, viviendo en una ciudad “segura” (esperen artículo sobre las comillas), en una vivienda formal, con acceso a servicios de salud privados, sin ninguna discapacidad y con acceso a espacios públicos donde puedo vertir mis opiniones sin ninguna resistencia.

Estas situaciones de la vida son arbitrarias. Nadie elige su contexto, es cierto, pero eso no quita que, en la sociedad, se valoren más algunas de esas arbitrariedades y que estas sean recompensadas. Esa es la clave del privilegio, la forma en la que la sociedad valoriza un contexto sobre el otro.

Ok, reconocí todas estas categorías. ¿Qué hago con esta información? Lo primero es hacerme consciente de las ventajas que representa mi privilegio. El simple hecho de que yo pueda salir a la sucursal más cercana de mi tienda de autoservicio favorita y regresar a mi casa sin miedo, la probabilidad de que me consideren para un trabajo, que no tenga que justificar por qué me gusta la persona que me gusta, tener dinero suficiente para subsistir y además ahorrar…

Luego, debo reconocer que existen contextos que no tienen los mismos privilegios que yo y, muy importante, que esto genera desigualdad. Después, uniendo las primeras dos, cuestiono el porqué de mi privilegio. ¿Por qué la gente lee lo que escribo? ¿Por qué el tipo de violencia que pudiera llegar a sufrir yo no se parece al que puede sufrir una mujer? Aquí entran todos los porqués.

Listo, ya llegué a la conclusión de que todo está del carajo y que nada va a cambiar porque, quienes tienen privilegios y no los cuestionan, siguen acaparando todos los espacios y reproduciendo los mismos discursos y valorizando los mismos contextos. ¿Y ahora? ¿Brinco del techo de la Catedral? Ahora, lo que sigue es aprovechar nuestra situación de privilegio para evidenciarlo y generar el diálogo necesario para revalorizar contextos distintos.

Mucho cuidado, no puedo hablar por otrx porque no soy otrx. Puedo evidenciar lo que vive otrx y puedo ser empático con su lucha, pero nunca voy a poder experimentar su realidad y ahí es donde debo activamente ceder mi espacio de privilegio. Para que la lucha de otrx sea escuchada. A lo mejor no podemos renunciar a nuestros privilegios porque la estructura va a seguir reconociéndolos, pero podemos utilizarlo para visibilizar sin la necesidad de reconocimiento. No somos los salvadores de las causas, somos los que se benefician de esa desigualdad. No lo olvidemos.

En este andar de cuestionamientos, me parece que lo más complicado de entender y de lograr es dejar de ser el centro. Es la primera gran enseñanza del privilegio, tú eres el centro y la medida de todas las cosas. Toca romper con toda una estructura que nos ha mantenido ignorantes ante su existencia y, al hacerlo, generar espacios para ir eliminando, poco a poco, las desigualdades.

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Licenciado en Literatura Latinoamericana. Gestor cultural. Abogado de clóset. Escribe ficción y, a veces, cosas interesantes sobre la sociedad en la que habita. Experto en nada.

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