De casas y nombres

Un nombre encierra muchas cosas. Lo que no se nombra, no existe. Algunes se nombran una vez y con esa vez les basta. Muches transitamos de un nombre a otro. Otres adoptan por nombre la misma ausencia del nombre. Y, sin embargo, todos los nombres –o no-nombres– que nos damos nos han sido dados ya. Tal vez cuando nos nombramos como sea –hombre, mujer, no binarie, gay, bisexual, lesbiana, pansexual, asexual…– Nos reconforta la idea de que es un proceso de adentro para afuera, que le asignamos un nombre a nuestra experiencia individual y subjetiva y nombramos solamente esa individualidad. La realidad es otra: los nombres tienen un pasado y al dárnoslos entramos en diálogo con ellos. No hablo de los nombres propios, sino de todo aquello de lo que los llenamos. Las palabras con las que nos identificamos son los cuartos y los muebles de las casas que habitamos porque somos. No vienen nunca vacíos: los metemos, sacamos y movemos con todo su peso y un poco agregado. No hay nada fijo. Nadie está exente de la influencia ajena. Todes nos dejamos huella. Los nombres son lucha, son enfrentamiento y son diálogo. Son como nos relacionamos con el mundo y como el mundo se relaciona con nosotres.

Yo salí del clóset –o más bien, comencé a hacerlo– a los quince años. Me volteé con quien en aquel entonces era mi mejor amiga y, entre luces de estrobo y reggaetones, les dije a ella y al mundo por primera vez que me gustaban los hombres. Nos abrazamos, cantamos y bailamos. “No vayas a dejar que me vuelva de esos,” le dije; ella sabía perfectamente a lo que me refería. Se nos habían subido un poquito los tequilas y yo me sentía un poquito más libre. Opté por nombrarme en negativo. No era más de lo que era. Sobre todo, yo no era para afuera más de lo que era para adentro. No soy todas esas cosas que alguna vez han dicho –y dirán– sobre mí. Soy cómodo, soy dócil: no soy de esos. Tenía que probarle al mundo que yo no era así. En la lucha de los nombres, llevaba las de perder. Mi sexualidad no me define, solemos cantarnos en las noches para convencernos de que podemos ser todo lo que se supone que debemos ser. Nos hacemos mimos y decimos que los lentes rosas no vienen en nuestra talla. Cuánto dolor, cuánta rabia y cuánta tristeza nos cuesta el darnos cuenta de que no nos los podemos quitar, ni los rosas ni ningunos otros.

Gay, lesbiana, bisexual; lencha, joto, desviade: ninguno de estos nombres es solamente una referencia a nuestra orientación sexoafectiva. Ninguno habla solamente de con quién nos acostamos. Todos llevan detrás una historia de la que no podemos deslindarnos, una cultura y una manera de ser y experimentar que se nos ha dado, en parte, ya construida. Con estos nombres nos asignan un lugar en un mundo construido por y para gente distinta de nosotres, y no son sino una dimensión en la jerarquía en la que estamos inmerses. Nadie se escapa de ella. Vivimos en constante diálogo e interacción con todo lo que nos rodea. Habitamos sistemas y comunidades y es en torno a ello que nos construimos y nos construyen.

Durante algún tiempo me llamé y me presenté gay. No fue sino hasta después, habiéndome empapado de la ¿vida? con ese nombre, que lo comprendí como me fue dado: un término aspiracional, normativo, una guía y un objetivo. Después, me llamé –y me llamo todavía– bisexual. Ese es el nombre que le pongo a mi atracción, a cómo decido con quién vivo mi sexualidad, con todo lo que ello conlleva y encierra. Sin embargo, antes que yo decidiera nombrarme así, ya se me había nombrado de otras formas: joto, maricón, delicado, amanerado. Poco le importó a quien me llamó así por primera vez, cuando niño, quién me atraía. Tampoco le importó a mi mejor amigo cuando, a los doce años, se burló de su amigo el gay con su prima en redes sociales. Menos les importa a quienes, hoy, me siguen nombrando así. Nunca dejaré de ser todas esas cosas para el mundo. Sin saberlo, se me sumó a la larga lista de jotos y maricones que, con ese nombre, han ido quedando relegades a un cajón en un cuarto en el enorme complejo arquitectónico que es el mundo.

Cuando me preguntan por mi sexualidad, sin dudarlo y con una mano en la cintura les diré que soy bisexual –entendido en sentido amplio, más allá del binario hetero-homo y hombre-mujer que está en el fondo y centro de muchas opresiones. ¿Nací así o me volví así? Tal vez nunca lo sepa, y tampoco me importa mucho saberlo. Cuando me preguntan qué soy, cómo habito en el mundo, con la misma seguridad les diré que soy joto. Soy todo eso que se me dijo que no debía ser, y me pongo con todo el orgullo del mundo todos esos nombres que se me dieron antes de que yo tuviera la oportunidad de nombrarme a mí mismo. Maricón me hice y maricón me hicieron. Cada vez que me asumo como tal, lo hago con todo su peso. Yo he sobrevivido ayudado por los muchos privilegios que me respaldan. Al autonombrarme todas esas cosas, espero poder nombrar también a todes aquelles que no lo han hecho, a todes a quienes hemos perdido y nos han sido arrebatades.

Mi lucha no va por nuestro derecho a amar ni a tener sexo, sino por nuestro derecho a ser, a existir, a ser reconocides en toda nuestra humanidad. Mi identidad sexual es también mi identidad política. Ese nombre me trasciende; al habitarlo, espero acuerpar también a todes cuya vida es invivible porque se les ha secuestrado en él. También espero hacerlo para aquelles que ya no tienen vida que vivir. Al nombrarme, les nombro también. Cada paso que doy lo doy siguiendo un camino que ya ha sido comenzado por elles. También nombro a todes aquelles que no se han podido nombrar, a quienes han tenido que nombrarse en negativo, no siendo más que siendo.

Mi casa está llena de muebles prefabricados y cuartos de catálogo. Las paredes y los pisos tienen todas las marcas de las cajoneras y los estantes que me han sido legados. Es mía y la habito solo yo, pero no la he construido yo solo: está llena de otres, está llena de todo lo que me ha pasado y todo a lo que le he pasado. No a todes les agrada; muchas veces, a mí tampoco. A veces me encantaría poder haberla construido de cero y por mí solo. Agradezco mucho el no poder haberlo hecho. Agradezco mucho el no vivir solo y no vivir solo para mí mismo. Este mes –y todos los demás de mi vida– se los dedico a todes aquelles con quienes habito, a quienes habito y quienes me habitan. Me enorgullezco de todes nosotres. Hoy más que nunca, soy joto. Soy –somos– todes les jotes.

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Chilango apasionado y chavito bien empedernido. Me gusta mucho la política y creo que a veces un puro es solamente un puro pero también a veces no. Me gusta irme a dormir con más dudas que con las que me desperté y despertar con más que con las que me fui a dormir. A veces cuestiono más de lo que me gustaría.

Una respuesta a «De casas y nombres»

  1. Me impresionó demasiado como te describes a ti mismo y como cuenta tu historia, me encanta tu manera de expresarte y de expresar quien eres. No me gusta suponer cosas ya que muchas veces me e equivocado, pero presiento que no me voy a equivocar al enamorarme de ti.

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