¿Cultura mexicana de la corrupción?

Fue en mayo del 2015, cuando el entonces presidente Enrique Peña Nieto pronunció las siguientes palabras que despertaron una ola de críticas: “el tema de la corrupción es un asunto de orden, a veces, cultural”. ¿Cultural? Veamos.

La corrupción tiene mil caras: la vemos en todas partes y con los gobiernos de todos los partidos y sus burocracias. También la percibimos en las y los funcionarios públicos de todos los niveles, o sea, en el clientelismo político, en el nepotismo o a través del mundo jurídico mediante delitos del orden federal: malversación de fondos públicos, cohecho, peculado, abuso de funciones, soborno, etc.

No es nada nuevo afirmar que el fenómeno de la corrupción en México es de suma gravedad. O como dijo la actual Secretaria de la Función Pública, Irma Eréndira Sandoval Ballesteros, “es un problema estructural que permite y fomenta diversas formas de corrupción, que se sustentan en elementos culturales de tolerancia de dichas prácticas y cuya solución requiere de una actuación coordinada tanto del aparato estatal como de la ciudadanía, de la comunidad internacional, las empresas y corporaciones”.[1] Entonces, ¿cultura de la tolerancia de la corrupción?

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha señalado, en su reciente Informe (diciembre 2019) sobre “Corrupción y Derechos Humanos”, que no solamente existen factores institucionales que hacen fomentar la corrupción, sino que también existen factores culturales que permiten y fomentan que la corrupción se haya instalado en nuestros países, guardando relación con una cultura de tolerancia frente a la corrupción y, particularmente, una cultura de la ilegalidad, donde el respeto de las leyes, de las instituciones, de la confianza depositada por la ciudadanía en los gobiernos, es desvalorizada socialmente.

Creo que a veces nos indignamos socialmente cuando vemos formas de corrupción que implican delitos graves. Ejemplos: La Estafa Maestra, la casa blanca de Peña Nieto, la omisión de investigar irregularidades de funcionarios públicos como Manuel Bartlett Díaz, entre otras. Sin embargo, a título personal, considero que en la medida en que normalizamos las diversas formas de corrupción en menores escalas, estamos fomentando su tolerancia social, lo que dificulta erradicar prácticas corruptas, que lógicamente, pueden luego realizarse a gran escala.

No estoy diciendo que “el cambio está en uno mismo”, ni mucho menos. De hecho, odio esa frase. Pero, sí considero que podríamos voltear a ver lo que como sociedad estamos haciendo y exigiendo para erradicar este fenómeno complejo llamado corrupción.

No se trata de exculpar a ningún corrupto al decir que la corrupción se da en todos lados. Simplemente pienso que mientras exista esa doble moral que solamente ve errores en el otro, el problema estará cada vez más lejos de resolverse.

Así que, o asumimos que se trata de un hecho generalizado y sistémico que permea en la sociedad mexicana o seguimos acusando a otros —siempre a otros—, mientras nos damos hipócritas golpes de pecho y nos hacemos los indignados. De seguir así, la corrupción en México seguirá imperando, así estén en el poder el PRI, el PAN, el PRD o Morena.

[1] Sandoval, Irma. Enfoque de la corrupción estructural: poder, impunidad y voz ciudadana. Revista Mexicana de Sociología, 2016, vol.78, n.1, pp.119-152, https://bit.ly/2Uj78vf.

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Abogado, servidor público, activista en derechos humanos y fan del rock ochentero.

Escribo mis inquietudes personales y jurídicas en este blog.

2 respuestas a «¿Cultura mexicana de la corrupción?»

  1. En la corrupción cobra vigencia el refrán: tanto peca el que nata a la vaca, cómo el que le agarra la pata.
    A propósito de doble moral: cuantas veces preferimos dar “para las aguas”, en lugar de exigir que se tramiten correctamente loa asuntos.
    Jerónimo: excelente reflexión!

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