Cuando desperté, mi diagnóstico todavía estaba ahí

Por Axel R. Bautista (Twitter: @axelrbautista )

Fue un 22 de enero de 2014, poquito después de mediodía, cuando una de las consejeras de la Clínica Condesa me dijo: “Rodrigo, las pruebas dicen que se ha encontrado algo en tu sangre. Tenemos que hacerte una segunda prueba para confirmar los resultados”. Quedé helado. En shock. No sabía qué hacer, ni qué pensar. Fueron unos segundos que se sintieron como horas y, cuando reaccioné, lo primero que hice fue preguntar “¿me voy a morir?”

Alcancé a ver de reojo la hoja de resultados y vi que decía “reactivo”. No supe qué significaba eso, así que antes de que la consejera me sugiriera ir al laboratorio para que me tomaran una segunda muestra de sangre y confirmara el resultado, le pregunté: ¿Eso significa que ya vivo con VIH? ¿Tengo VIH? ¿Eso es lo mismo que “positivo”?

“No sabemos, Rodrigo (insistía en llamarme por mi segundo nombre), por eso tienes que hacerte una segunda prueba, para confirmar o descartar el resultado”. Y mientras la consejera me decía esto, yo por dentro me desmoronaba y sentía un vacío tan grande dentro que no entendía cómo, a mis 21 años, había llegado a una situación así.

Era la primera vez que me hacía una prueba rápida de VIH —y la última— porque, después de ese 22 de enero, mi vida dio un giro de 180 grados donde no supe cómo empezar a moverme sobre un terreno que desconocía por completo: vivir con VIH.

Me empezaron a llover dudas y dudas y más dudas; que si el tratamiento, que si las consultas médicas, que si tenía sida o no, que cuánto tiempo me quedaba de vida. ¿Y mi familia? ¿Cómo les iba a decir? ¿Les tenía que decir? ¿Y qué iba a pasar con la Universidad? No tenía ganas en lo absoluto de ir a clases; me sentía fuera de mí y no podía creer que apenas “comenzaba a vivir” y ya estaba enfrentándome a estos problemas.

Ya pasaron siete años y medio después de mi diagnóstico y, aunque sigo sintiendo un dejo de tristeza al recordar aquel día en la Clínica Condesa, también me da nostalgia y algo de cariño. Sí, cariño, porque a pesar de lo complicado que fue para mí procesar esa noticia, también ha representado un cambio que me ha llevado a construirme como el Axel de hoy: más resiliente, más empático, más curioso y con más ganas de querer hacer cosas sabiendo que nada me puede detener.

Ya sé, ya sé… suena a manual de autoayuda o filosofía barata de Sanborns que puede sentirse como inútil o que no sirve para nada; sobre todo porque, para muchas personas, la experiencia de vivir con VIH sigue siendo una realidad que duele y que encarna un conjunto de prejuicios y estigmas que nos limitan a desarrollarnos plenamente con nuestres amigues, nuestras parejas, nuestros padres y madres, nuestres hijes, etcétera.

Pero dicen por ahí que de las adversidades siempre se abren nuevos caminos y horizontes y se aprende a reconstruirse. A nuestro ritmo, claro, a veces más lento, a veces más rápido; a veces con dos pasos adelante y a veces con un paso atrás. No importa el tiempo que tome, lo realmente importante es no dejarse consumir por un diagnóstico que no nos define como personas ni nos condiciona en su totalidad. Vivimos con VIH, sí, pero somos más que eso.

Hoy en día, tengo la oportunidad de hacer consejería y detección de VIH y otras infecciones de transmisión sexual en Inspira Cambio A.C., una organización en Ciudad de México donde nos preocupamos por la salud sexual y la prevención, sobre todo en personas de la comunidad LGBTIQ+ y de las poblaciones clave de la epidemia de VIH. Para mí ha sido un reto profesional muy grande, pero sobre todo un camino de aprendizajes y autoconocimiento que me ha hecho pensar y repensar constantemente mi propia experiencia de vivir con el virus.

Recuerdo la primera vez que di un diagnóstico reactivo a VIH. Sentí que todo el curso de Primeros Auxilios Psicológicos que había tomado y la capacitación habían sido en balde. Temblaba por dentro y me sentía incapaz de poder guiar y orientar a la persona en lo que sería una de las noticias más impactantes de su vida. Sin embargo, tuve que auto-controlarme y mostrar la mayor sensatez y calma en un momento donde me vi reflejado en esa persona.

Se agarra confianza y experiencia dando resultados reactivos y aprendiendo a dar contención y apoyo psicológico. Es necesario e importante, pues como consejero no sólo se debe mostrar seguridad, sino también ser el sostén psicológico inmediato que la persona puede necesitar en ese momento.

Sin embargo, eso no quita el impacto emocional que se siente por dentro al verse reflejado en las emociones de otra persona. La consejería es empatía e implica un acompañamiento hasta donde la persona lo necesite y quiera. Es escuchar y al mismo tiempo resolver. Es comprender y hacerle sentir a la persona que no está sola, porque no lo está y, a pesar del dolor, la culpa, el enojo, la frustración o la tristeza que se sienta en ese momento, es hacerle saber que, a pesar de todo, las cosas pueden estar mucho mejor de lo que a veces se piensa y mucho mejor de lo que nos dicen.

Cuando desperté, mi diagnóstico todavía estaba ahí. Así fue un día después de aquel 22 de enero, así fue un año después y así ha sido hasta ahora. Aquí sigue, y posiblemente seguirá mientras no haya una cura. ¿Y? ¿Me voy a morir? Seguramente, pero no creo que sea por el VIH. Con tanta crisis ambiental, les aseguro que el VIH se queda corto, pero muy corto frente a todo eso. Pero bueno, ya mejor ni le toco porque eso sí me deprime.

¿Debo odiarme, culparme o rechazarme constantemente de algo que ya está? No lo creo, aunque cada quien asume su diagnóstico como quiera. Yo, personalmente, decidí tomarlo como un nuevo reto en la vida, como un nuevo piso desde donde empezar, como una oportunidad para darle sentido a lo que hago, a lo que escribo y a lo que tuiteo. Le dio sentido a mis estudios, a mi tesis de licenciatura, a mi trabajo, a mis fotos de Instagram, a las consejerías que doy y, definitivamente, a mi filosofía de vida.

Antes creía que haber sido diagnosticado con el virus a los 21 años era una atrocidad. Lo peor que me pudo haber pasado. Ahora, a mis 28, teniendo casi todos mis veintes recorridos y marcados por la experiencia de vivir con VIH, puedo decir que sí, soy VIH positivo y muy orgulloso. No le tengo miedo a la serofobia y nadie me va a decir cómo vivir, significar y enfrentarme a la vida con este diagnóstico.

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Una respuesta a «Cuando desperté, mi diagnóstico todavía estaba ahí»

  1. Es muy cierto lo que comentas, nadie está preparado para este tipo de noticias, sin embargo es muy importante el sentido que la persona le de a su diagnóstico, pero como comentas, sin nuevas oportunidades de deconstruirte y probablemente de formar una mejor persona.

    Felicidades por tu trabajo, seré honesto, solo he ido una sola ves a una ONG y mi experiencia no fue tan agradable, sin embargo es loable tu trabajo y lo que haces por las personas.

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